EL PELIGRO DEL CONOCIMIENTO TEOLÓGICO

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El título de este artículo, a priori, puede ser confuso. ¿Cómo el conocimiento teológico podría ser peligroso? ¿No sé supone más bien que este conocimiento es beneficioso e imprescindible? ¿No reside el verdadero peligro en la falta de este conocimiento teológico en las iglesias? Ciertamente, la falta de conocimiento bíblico y teológico es uno de los grandes males que afecta a muchas iglesias cristianas, dando lugar a toda clase de herejías, sectas y prácticas vergonzosas. En otro contexto, el profeta Oseas escribió: «Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento» (Oseas 4,6). El conocimiento es indispensable. El apóstol Pablo oraba por sus hermanos en Colosas para que fuesen: «llenos del conocimiento de su voluntad» (Colosenses 1,9). Pero tal conocimiento no es un fin en sí mismo, sino que es un medio que persigue un fin mayor: la transformación integral de nuestras vidas a la imagen de Jesucristo, de modo que nos convirtamos en verdaderos adoradores del Dios verdadero. De modo que cometemos un craso error cuando en nuestro deseo de combatir la falta de conocimiento bíblico, convertimos el conocimiento en un fin y no en un medio. Y sí, este es un peligro real que amenaza a la Iglesia en Occidente.

Sabemos que el conocimiento teológico se ha convertido en un fin cuando los Seminarios Bíblicos y Facultades Teológicas pierden su dimensión práctica y se enfocan únicamente en el conocimiento; cuando se evalúa el conocimiento del estudiante, pero no su carácter o vida devocional; cuando el estudio de la Palabra de Dios te lleva a hincar los codos, pero no a hincar las rodillas en actitud de adoración; cuando las iglesias miden el grado de madurez de sus miembros por su conocimiento de los conceptos teológicos de la Sagrada Escritura y no tanto por su piedad o poder espiritual, cuando nos es fácil aprender teología, pero nos resulta complicado vivirla.

Debería resultarnos aleccionador el hecho de que los mayores conocedores del Texto Sagrado en tiempos de Jesucristo –fariseos, escribas y doctores de la Ley–, fuesen los que recibiesen las críticas más duras por parte de Jesús (Mateo 23,13-33). ¿De qué les sirvió su conocimiento? Sus vidas giraban en torno al estudio e interpretación de la Ley, pero sus vidas no habían sido afectadas por la misma. Y algo anda mal, muy mal, cuando puedes pasar horas de estudio alrededor del texto bíblico, pero su mensaje no te conmueve de manera personal y auténtica a cada momento. 

En resumen, es imposible crecer en la vida cristiana sin conocimiento. De hecho, el nuevo hombre creado en Cristo Jesús es aquel que: «se va renovando hasta el conocimiento pleno» (Colosenses 3,10). Aquellos cristianos que minusvaloran la importancia del estudio bíblico, ya sea de manera autodidacta o por medio de Institutos Bíblicos y Facultades Teológicas, en aras de una falsa espiritualidad anti-intelectual, viven un pseudo-cristianismo. Como bien dijo el teólogo y reformador francés, Juan Calvino: «Es un pecado contra la Gloria de Dios la mediocridad intelectual, porque a la Gloria de Dios debe consagrarse lo mejor que un hombre pueda alcanzar ser». No obstante, este conocimiento no debe reducirse a lo meramente teórico o académico –lo cual es otro peligro real–. El conocimiento teológico, cuando no transforma el carácter de la persona que lo posee, no sirve en absoluto sino para endurecer el corazón del individuo.

El apóstol Pablo, en su carta a los Colosenses, subraya tanto la importancia del conocimiento como el propósito de este, cuando escribe: «…que seáis llenos del pleno conocimiento de su voluntad…para que andéis como es digno del Señor, con el fin de agradarle en todo» (Colosenses 1,9-10).

El verdadero conocimiento no es cuestión, al menos únicamente, de acumular información bíblico-teológica en la cabeza, sino de transformar todo nuestro ser a la «Imago Dei» (imagen de Dios), para vivir de una manera coherente y agradable a Dios en todas las áreas de nuestra vida.

Te dejo con algunas preguntas de reflexión personal:

  • ¿Cómo el estudio de la Palabra de Dios está transformando tu manera de ser y de pensar?
  • ¿De qué forma tu conocimiento bíblico está transformándote a la imagen de Jesucristo? ¿Es algo que perciben los demás?
  • ¿Cuándo fue la última vez que la lectura o el estudio de la Biblia te quebrantó y te llevó a una actitud de adoración a Dios?
  • ¿Sientes que el estudio de las Escrituras te hace más humilde y cercano al prójimo o más engreído y superior a los demás?
  • ¿Te sientes tentando a pensar que eres más maduro que otros creyentes solo porque tienes más conocimiento que ellos?

No permitas que el conocimiento bíblico y teológico se conviertan en un fin en sí mismo para tu vida. No permitas que tu cabeza engorde mientras tu corazón se seca. No permitas que tu vida devocional mengüe. No permitas ser engañado creyendo que tu madurez depende más de tu conocimiento de la Biblia, que de tu carácter y piedad. No lo permitas.

Por José Daniel Espinosa Contreras.

 

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40 preguntas para los cristianos que ahora levantan banderas de arcoiris

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Deseo compartir en esta ocasión un artículo redactado por Kevin DeYoung, bajo el título: “40 preguntas para los cristianos que ahora levantan banderas de arcoiris”.

Si te consideras un cristiano creyente de la Biblia, un seguidor de Jesús cuyo mayor propósito es glorificar a Dios y disfrutar de Él por siempre, hay preguntas importantes que espero que consideres antes de levantar tu bandera y apoyar la revolución sexual.  Estas preguntas no pretenden ser sarcásticas o simplemente retóricas. Son preguntas sinceras, que si bien son directas, espero que hagan que mis hermanos y hermanas que publican imágenes de arcoíris se detengan y reflexionen sobre la bandera que están levantando.

1. ¿Por cuánto tiempo has creído que el matrimonio gay es algo que debe celebrarse?

2. ¿Qué versículos de la Biblia te llevaron a cambiar de opinión?

3. ¿Cómo demostrarías, a partir de las Escrituras, que existe algún caso positivo en el que la actividad sexual entre personas del mismo sexo sea una bendición que se debe celebrar?

4. ¿Qué versículos usarías para demostrar que un matrimonio entre dos personas del mismo sexo puede representar adecuadamente a Cristo y la iglesia?

5. ¿Crees que Jesús habría consentido el comportamiento homosexual entre adultos mayores de edad que mantienen una relación de compromiso?

6. De ser así, ¿por qué Él reafirmó la definición de Génesis de matrimonio entre un hombre y una mujer?

7. Cuando Jesús habló en contra de porneia, ¿cuáles pecados crees que Él estaba prohibiendo?

8. Si algún comportamiento homosexual es aceptable, ¿cómo entiendes el “intercambio” pecaminoso que Pablo subraya en Romanos 1?

9. ¿Crees que pasajes como 1 Corintios 6:9 y Apocalipsis 21:8 enseñan que la inmoralidad sexual te puede mantener fuera del Cielo?

10. ¿A cuáles pecados sexuales crees que se estaban refiriendo los versos anteriores?

11. Al pensar en la larga historia de la Iglesia y la reprobación casi universal de la actividad sexual entre personas del mismo sexo, ¿qué piensas que entiendes acerca de la Biblia, que Agustín, Tomás de Aquino, Calvino y Lutero no notaron?

12. ¿Qué argumentos usarías para explicarle a los cristianos en África, Asia y Sur América que el entendimiento de ellos sobre la homosexualidad es bíblicamente incorrecto y que tu nuevo entendimiento del homosexualismo no está condicionado por la cultura?

13. ¿Crees que Hillary Clinton y Barack Obama fueron motivados por antipatía e intolerancia cuando, durante casi toda su vida, definieron el matrimonio como una relación de pacto entre un hombre y una mujer?

14. ¿Crees que a los niños les va mejor con una madre y un padre?

15. Si no es así, ¿qué investigación puedes citar para sustentar esa conclusión?

16. Si tu respuesta es sí, ¿tiene la iglesia o el estado algún rol que jugar en la promoción o el otorgamiento de privilegios al convenio que coloca a niños con un papa y una mamá?

17. ¿Es el fin y propósito del matrimonio apuntar a algo más que la satisfacción emocional y sexual de un adulto?

18. ¿Cómo definirías el matrimonio?

19. ¿Crees que a los miembros cercanos de la familia se les debe permitir casarse?

20. ¿Debería el matrimonio limitarse a solo dos personas?

21. ¿Sobre qué base, si existe alguna, le impedirías a adultos de cualquier tipo de relación y número de personas, contraer matrimonio?

22. ¿Debería haber un requisito de edad en los Estados Unidos para la obtención de una licencia de matrimonio?

23. ¿Consiste la igualdad en que cualquiera que desee casarse debe poder tener una relación significativa que se defina como matrimonio?

24. Si no, ¿por qué no?

25. ¿Debería permitírsele a sus hermanos y hermanas en Cristo quienes están en desacuerdo con la práctica homosexual ejercitar sus creencias religiosas sin temor al castigo, pena o coacción?

26. ¿Hablarías a favor de tus consiervos cristianos cuando sus trabajos, sus acreditaciones, sus reputaciones, y sus libertades son amenazadas debido a este asunto?

27. ¿Hablarías en contra de los que avergüenzan y oprimen de distintas maneras, a los gays y lesbianas o a los evangélicos y católicos?

28. Ya que la iglesia evangélica no ha tomado con seriedad los divorcios no bíblicos y otros pecados sexuales, ¿qué medidas tomarás para garantizar que los matrimonios homosexuales sean saludables y de acuerdo con los principios bíblicos?

29. ¿Deben las parejas homosexuales en relaciones abiertas estar sujetas a la disciplina de la iglesia?

30. ¿Es un pecado para las personas LGBT participar en la actividad sexual fuera del matrimonio?

31. ¿Qué harán iglesias abiertas y reafirmantes para hablar proféticamente en contra del divorcio, la fornicación, la pornografía, y el adulterio donde sea que se encuentre?

32. Si el “amor gana” ¿cómo definirías el amor?

33. ¿Qué versículos usarías para establecer esa definición?

34. ¿Cómo debe la obediencia a los mandamientos de Dios dar forma a nuestra comprensión del amor?

35. ¿Crees que es posible amar a alguien y estar en desacuerdo con las decisiones importantes que esa persona tome?

36. Si apoyar el matrimonio gay es un cambio para ti, ¿has cambiado alguna otra cosa en tu comprensión de la fe?

37. Como evangélico, ¿En qué manera tu apoyo al matrimonio gay te ha ayudado a incrementar tu pasión sobre aspectos evangélicos distintivos como el enfoque en el nacer de nuevo, el sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz, la confiabilidad total de la Biblia, y la necesidad urgente de evangelizar al perdido?

38. ¿Cuáles iglesias abiertas y reafirmantes puedes nombrar, en las cuales las personas se están convirtiendo al cristianismo ortodoxo, en donde los pecadores están siendo advertidos sobre el juicio y llamados al arrepentimiento, y los misioneros están siendo enviados a plantar iglesias en medio de pueblos no alcanzados?

39.  ¿Esperas estar más comprometido con la iglesia, más comprometido con Cristo, y más comprometido con las Escrituras en los años por venir?

40.  Cuando Pablo, al final de Romanos 1 reprende a “los que practican tales cosas” y los que “dan su aprobación a los que las practican”, ¿qué pecados crees que tiene él en mente?

Alimento para el pensamiento, espero. Por lo menos, algo que masticar antes de tragar todo lo que el mundo y Facebook ponen en nuestro plato.


PUBLICADO ORIGINALMENTE EN THE GOSPEL COALITION. TRADUCIDO POR GABRIEL GARCÍA.
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Teología “arrodillada” vs. Teología “sentada”

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En Occidente, la teología cristiana está perdiendo su dimensión contemplativa, espiritual y práctica. Hemos academizado la fe, hasta el punto que medimos el grado de madurez de un creyente por su conocimiento de los conceptos teológicos de la Sagrada Escritura y no tanto por su piedad o poder espiritual. Hemos dado lugar a un nuevo tipo de gnosticismo en la iglesia.

Muchos seminarios bíblicos y teológicos fomentan el ejercicio intelectual de sus estudiantes –lo cual, no me malinterpreten, es indispensable–, pero relegan a un segundo plano, cuando no lo olvidan por completo, el carácter práctico de la teología. De esta forma se engendran «cabezones teológicos», pero con corazones secos y faltos de poder espiritual.

No es extraño encontrar hoy a “teólogos” profesionales del discurso, que se envuelven en una retórica intelectual y hacen alarde de sus muchos saberes. Como acertadamente señala Tripp: «Cosas malas suceden cuando la madurez se define más por saber que por ser». El resultado es un inevitable empobrecimiento de la teología y un enfriamiento de la iglesia.

Los teólogos no deben convertirse en profesionales del discurso carentes de unción espiritual. El quehacer teológico debería desarrollarse más en actitudes de adoración, contemplación y experiencia espiritual. Los seminarios deben abogar por una «teología arrodillada» y, no tanto, por una «teología sentada». Las iglesias no necesitan la aridez intelectual de los estudiantes, sino ministros de la Palabra sumergidos en el conocimiento de las Escrituras, pero que buscan la unción espiritual por encima de cualquier otra cosa.

Algo anda mal cuando puedes pasar horas de estudio alrededor del texto bíblico, pero su mensaje no te conmueve de manera personal y auténtica a cada momento. Siempre trato de recordarme a mí mismo el lema que había pegado en aquella pared de la clase, donde los estudiantes pasábamos horas diariamente estudiando teología. Decía algo así como: «Si tu teología no sirve para transformar tu carácter y hacerlo más semejante al de Jesucristo, tu teología no sirve para nada». Pues eso…

José Daniel Espinosa Contreras

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CUIDADO CON EL “DIOS ME DIJO”

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En nuestro contexto actual, expresiones como «Dios me dijo» o «siento de parte de Dios» se usan como «muletillas» para expresar en realidad lo que nosotros humanamente, cuando no carnalmente, sentimos y deseamos. A menudo, Dios nada tiene que ver con esto, pero muchos creen que, usando en el nombre de Dios, sus opiniones particulares gozarán de mayor autoridad o serán más escuchadas. Pocas cosas están haciendo más daño a la verdadera fe cristiana que el uso indiscriminado, blasfemo y abusivo de estas expresiones.

Esta práctica tan recurrente en nuestros tiempos no es nada novedosa. En realidad, fue frecuentemente condenada en las Escrituras hebreas. Veamos algunos ejemplos:

Deuteronomio 18:20 «Pero el profeta que se atreva a hablar en mi nombre y diga algo que yo no le haya mandado decir, morirá…».

Ezequiel 13:2-3 «Hay profetas que anuncian a Israel mensajes que ellos mismos inventaron [de su propio corazón]. Por eso, ve y diles de mi parte lo siguiente: “¡Pobres profetas, qué tontos son ustedes! Yo no les he dado ningún mensaje. Ustedes inventan sus mensajes…”».

Ezequiel 13:6-7 «Todo lo que ustedes anuncian es mentira; es sólo producto de su imaginación. Aseguran que hablan de mi parte, pero eso es mentira: yo nunca les he pedido que hablen por mí. ¿Y todavía esperan que se cumplan sus palabras?».

Isaías 8:20 «¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido».

Jeremías 23:28-32 «… ¡Pero que se dejen de cuentos! Estoy cansado de sus mentiras. ¡Y todavía se atreven a decir que hablan de mi parte! Estoy en contra de esos profetas que dicen haber recibido mensajes de mi parte, pero yo no les he comunicado nada. Esa clase de mentiras no le hace ningún bien a mi pueblo; al contrario, lo conducen al error».

Lo que normalmente hay detrás de la expresión «Dios me dijo» es un desviamiento de la única fuente de revelación firme y segura, «a la cual hacéis bien en estar atentos» (2 Pe 1,19), y que no es otra que la Sagrada Escritura.

Nos haría mucho bien seguir el consejo paulino de «no ir más allá de lo que está escrito» (1 Co 4,6). De hecho, este fue el ejemplo que nos dio el Señor Jesús, quien constantemente citaba las Escrituras como la autoridad final e infalible: «Escrito está» (Mt 4,4.6.7) o «¿No está escrito […]? (y la Escritura no puede ser quebrantada)» (Jn 10,34-35).

Por supuesto que Dios sigue hablando actualmente –y lo hace principalmente a través de su Palabra– (He 1,1) y puede hacernos sentir impulsos internos –deseos y emociones– (Fil 2,13), pero evitemos a toda costa recurrir a estas peligrosas expresiones –usadas a menudo en las sectas religiosas–. Hablar en nombre de Dios cuando Él no ha hablado es un grave pecado que no quedará impune.


José Daniel Espinosa Contreras.

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No todos los pastores “predican”, ni todos los que predican son “pastores”

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Aclaremos esto. Todo pastor/anciano [1] debe estar calificado para la enseñanza bíblica. Así lo señala el apóstol Pablo en 1 Timoteo 3:12 «Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, APTO PARA ENSEÑAR». La implicación es que los ancianos/obispos/pastores son los responsables de la enseñanza en la iglesia local y tienen la autoridad dada por Dios para «exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen» (Tito 1:9). A fin de cuentas, se les ha encomendado una importante misión: «Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hechos 20:28; cf. Hch. 20:29-30).

Es innegable que el ministerio pastoral está estrechamente unido con el ministerio de enseñanza, hasta el punto que Pablo hace referencia a los pastores en Efesios 4:11 como «pastores maestros», «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, PASTORES Y MAESTROS». Si analizamos este versículo en el griego notaremos que los «pastores» y «maestros» comparten aquí un mismo artículo definido, lo que indica que son un mismo grupo. En otras palabras, la expresión «pastores y maestros» no se refiere a dos roles distintos –al menos no en este versículo–, sino a un solo rol, el de «pastor-maestro». La conclusión es obvia, los ancianos deben participar en el ministerio de enseñanza –aunque posteriormente veremos que en la Iglesia Primitiva esto no siempre fue así–. Pero, ¿implica esto que solo los ancianos pueden/deben participar en el ministerio de enseñanza y de predicación? Absolutamente no.

Hemos visto que una de las funciones pastorales es la enseñanza, pero la enseñanza no está limitada a los pastores/ancianos. La palabra «maestro» también designa un ministerio específico y reconocido dentro de la comunidad de fe (cf. Hechos 13:1; 1 Corintios 12:28; Santiago 3:1). Leamos un ejemplo: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas» (1 Corintios 12:28).

El teólogo Ernesto Trenchard, en su obra Estudios de doctrina bíblica, escribe: «Maestros o doctores son los enseñadores de la Iglesia, que se dedican al estudio de las Escrituras en profundidad, teniendo el don de aclarar a otros lo que han recibido del Señor por la Palabra» [2]. Resulto llamativo que para defender la pluralidad de pastores en una congregación suele usarse el argumento de que este vocablo siempre que aparece en el Nuevo Testamento en referencia al cargo de anciano/obispo lo hace en plural, es decir, «pastores». Del mismo modo, el término «maestro», en el contexto de iglesia local, siempre aparece en plural. De la primigenia iglesia de Antioquía se dice: «Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros…» (Hechos 13:1).

Así mismo, el ministerio de enseñanza es mencionado por el apóstol como un don que Dios a ciertos creyentes, sin que necesariamente estos sean pastores:

Romanos12:6-8 (NVI) «Tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado. Si el don de alguien es el de profecía, que lo use en proporción con su fe; si es el de prestar un servicio, que lo preste; si es el de enseñar, que enseñe; …».

Reservar el ministerio de enseñanza o de predicación exclusivamente para los pastores es un error. Por supuesto que los pastores deben ser los responsables y supervisores de la enseñanza que recibe la congregación en que Dios los ha puesto por obispos (supervisores), pero ello no implica la negación del ministerio de enseñanza a otros hermanos a los que Dios les haya concedido la misma gracia (don). De hecho, si un creyente que no ostenta el cargo de anciano tiene el don de enseñanza, los pastores de esa iglesia local tienen la responsabilidad de potenciar el desarrollo del don de ese hermano, «a fin de perfeccionara los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:12-13). El vocablo «perfeccionar» (gr. katartismós) tiene la connotación de completar, preparar y hacer apto. ¿A quién? A todos los santos. ¿Para qué? Para que cada uno; esto es, cada miembro, pueda ejercer su ministerio y rol.

Cuando los ancianos predican semana tras semana, año tras año, pero no otorgan oportunidades o no invierten tiempo y esfuerzo en entrenar y capacitar a otros para el ministerio de la Palabra, están fallando en su llamado, que es el de «perfeccionar» y «preparar» a otros que han recibido de Dios el mismo llamado. Traemos a la memoria del lector las palabras del apóstol Pablo a Timoteo, que bien podrían y deberían hacerse extensibles a todos los pastores actuales: «Lo que me has oído decir en presencia de muchos testigos, encomiéndalo a creyentes dignos de confianza, que a su vez estén capacitados para enseñar a otros» (2 Timoteo 2:2).

En relación a lo anterior, el teólogo Benjamin L. Merkle escribe: «Por desgracia, los pastores están demasiado ocupados o demasiado inseguros para ser mentores y discipular a otros hombres dotados en la iglesia. De modo que esta tarea de los ancianos es, quizá, la más descuidada y, por tanto, una en la que debe hacerse hincapié en la iglesia local» [3].

La pluralidad de «maestros» laicos en las iglesias del Nuevo Testamento era una realidad. De hecho, en algunas iglesias abundaban y abusaban. Santiago, en su epístola, advierte: «Hermanos míos, no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues, como saben, seremos juzgados con más severidad» (Santiago 3:1 NVI). Aunque es cierto que en algunas comunidades había un abuso o exceso de maestros que debía ser corregido, textos como este demuestran que en las primeras comunidades cristianas había «maestros» más allá de los ancianos/pastores.

Y decía al comienzo de este artículo que no todos los pastores predicaban en la iglesia, porque en aquellas comunidades donde existía pluralidad de pastores/ancianos, a menudo los ancianos desarrollaban distintas funciones; unos dedicados a las funciones administrativas o de gobierno y, otros, más enfocados en la enseñanza y la predicación. «Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar» (1 Timoteo 5:17), por lo que indudablemente había otros ancianos que no trabajan en predicar y enseñar. El Comentario Exegético y Explicativo de la Bibliade Jamieson, Fausset y Brown apunta: «Esto da a entender que los presbíteros gobernantes eran de dos clases: los que trabajaban en la palabra y enseñanza, y los que no». Además, de todos es sabido que hay pastores que sobresalen más por sus capacidades de enseñanza que por sus capacidades pastorales (visitación, consejería, etcétera) o viceversa. No todos los pastores son buenos predicadores. Por ende, cuando hay pluralidad pastoral en una iglesia local –lo cual es el ideal bíblico–[4], no todos los pastores deben desempeñar las mismas funciones ni hacerlo de la misma manera.

Por todo lo referido anteriormente, me preocupan aquellas iglesias en las que solo predica o enseña el pastor. Sé que en algunas lo hacen por necesidad, puesto que son comunidades nuevas y numéricamente pequeñas, donde todavía no se ha reconocido en nadie ninguno de estos ministerios docentes. Lo realmente alarmante son aquellas iglesias en las que, habiendo un considerable número de miembros y siendo que llevan muchos años establecidas, solo predique el pastor. Y lo que es aún más deplorable es cuando toda la comunidad asume este proceder como algo normal, común y bíblicamente correcto.

He tenido muchas conversaciones con pastores que se sorprenden (¡negativamente!) de que en la congregación que pastoreo haya pluralidad de maestros y predicadores aparte de los ancianos, donde semanalmente rotamos para que todos tengan la oportunidad y el enorme privilegio de ejercitar el don que el Espíritu de Dios nos ha entregado. Automáticamente, ¡saltan las alarmas! Dicen: «Y si otro predica mejor y ya no quieren escucharte a ti»; «Y si enseñan algo distinto a lo que tú piensas o consideras que es la sana doctrina»; «y si no predican tan bien como tú lo haces», «pero tienes que guardar tu imagen como pastor, la gente debe verte»; «pero si dejas de predicar perderás autoridad», etcétera. Señores, hay remedio y prevenciones para todas estas inquietudes, algunas legítimas y otras absurdas. No los “juzgo”, entiendo que, si llevan años procediendo de esa manera, para ellos lo singular se haya convertido en habitual; lo extraño en normal y lo excepcional en usual.

Afortunadamente, somos una congragación con abundancia de creyentes capacitados bíblica y teológicamente, dotados por Dios para el sagrado ministerio de enseñanza; eso sí, cada uno con su particular estilo y modo de predicar y afrontar la docencia, diferente al de los demás. Y en esa variedad hay enriquecimiento, pues unos nos complementamos a otros y llegamos a lugares donde el otro no llega. ¿Y quién soy yo para negar el ministerio a un hermano al que el Señor y dueño de la Iglesia ha capacitado espiritualmente? Nadie. Si Dios me ha tenido por fiel poniéndome en el ministerio pastoral, es para que yo contribuya al crecimiento y perfeccionamiento de los dones y ministerios del resto de hermanos de la congregación, y para que ellos, en el ejercicio de sus funciones y dones, potencien también mi crecimiento espiritual. No podría ser de otro modo.

Lo extraño e inaudito sería lo contrario, que en una iglesia local de más de 30 años de su fundación solo predicaran el pastor o los pastores. Desgraciadamente, conozco muchas iglesias así. Los resultados, en muchos casos, son: pastores extremada y peligrosamente agobiados y cansados, por asumir una excesiva carga que no les corresponde llevar solo a ellos; creyentes atrofiados que viven una religión consumista –potenciado, por supuesto, por el insano proceder del pastor–, enterrando los dones que Dios un día les regaló con el fin de ejercitarlos; pastores soberbios que creer tener el monopolio de la sana doctrina y de la única enseñanza fiable, que temen que otros hermanos prediquen y lo hagan “mejor” que ellos, iglesias acomodadas y acostumbradas a que uno lo haga todo, mientras el resto se sienta cómodamente y disfruta del “evento”. Por supuesto, debo reconocer que no en todos los casos los resultados son tan negativos, pero es que el resultado tampoco determina lo acertado o correcto de una praxis.

En resumen, el pastor no puede convertirse en una gran boca y la iglesia en un gran oído. Recordemos las palabras del apóstol y grabémonoslas en el corazón: «Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? […] Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? […] Pero ahora son muchos los miembros…» (1 Corintios 12: 17, 19 y 20).

Habría mucho más que añadir, matizar y aclarar, pero por motivos de espacio terminaré aquí. El fin que persigo con este artículo es que despierte en el lector una chispa de interés en profundizar y repensar la perspectiva novotestamentaria y, sobre todo, ¡que se recupere! Para la gloria de Dios.

«¿Qué concluimos, hermanos? Que cuando se reúnan, cada uno puede tener un himno, una enseñanza, una revelación, un mensaje en lenguas, o una interpretación. Todo esto debe hacerse para la edificación de la iglesia» (1 Corintios 14:26).

Por José Daniel Espinosa Contreras

Notas:

[1] A lo largo de todo este artículo mencionaré a los «pastores», «ancianos» y «obispos» como sinónimos, debido a que este es el uso aceptado mayoritariamente dentro del protestantismo –aunque no todos los protestantes aceptan este uso–. No obstante, considero que lo más adecuado es no usar el término «pastor» como título nominativo, mientras que sí es adecuado usarlo con «anciano» u «obispo». El ministerio pastoral, por tanto, sería la función que llevan a cabo los ancianos/obispos.

[2] Trenchard, Ernesto. [Estudios de doctrina bíblica. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 1976, pp. 357-358.

[3] Merkle, B. L., Preguntas y respuestas sobre ancianos y diáconos. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 2012.

[4] Siempre que en el Nuevo Testamento se hace referencia a los ancianos/obispos como cargo eclesiástico lo hace en plural (Hechos 15:4; 14:23; 20:17; Filipenses 1:1; Tito 1:5; 1 Pedro 5:1; Santiago 5:14; etc.)

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“DIOS TIENE UN PLAN MARAVILLOSO PARA TU VIDA”

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El profeta Isaías fue perseguido y aserrado con una con una sierra de madera hasta ser partido en dos. El profeta Jeremías fue perseguido constantemente y apedreado por el pueblo. El profeta Ezequiel fue asesinado por sus compatriotas. El profeta Zacarías fue apedreado y asesinado por el rey Joás. El profeta Miquéas fue despeñado por su propio hijo Jorán. Muchos de los profetas del Antiguo Testamento experimentaron la soledad, la desnudez, el rechazo, la persecución y la muerte violenta.

Juan el Bautista fue decapitado. Jesucristo, nuestro Maestro y Señor, fue azotado y crucificado. Esteban, el diácono, fue arrastrado fuera de la ciudad y apedreado. Simón el Zelote fue despedazado. El apóstol Pedro fue crucificado cabeza abajo. El apóstol Pablo fue decapitado en Roma. El evangelista Mateo murió a espada. Judas Tadeo fue crucificado. Bartolomé fue duramente azotado y crucificado. Al evangelista Lucas lo colgaron en un olivo. El apóstol Tomás fue atravesado con una lanza. Al evangelista Marcos lo arrastraron y despedazaron en Alejandría. Matías, el sucesor de Judas fue apedreado en Jerusalén y luego decapitado. ¿Seguimos?

No tengo ningún problema con el cliché: «Dios tiene un plan maravilloso para tu vida», si se explica que en ese plan maravilloso están incluidos los sufrimientos y enfermedades por vivir en un mundo caído (Juan 16:33), las persecuciones que sobrellevarán quienes quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús (2 Timoteo 3:12), los padecimientos por causa de Cristo (Filipenses 1:29; Hechos 5:41; 1 Pedro 4:13), las pruebas a las que será sometido el cristiano (1 Pedro 1:6; Santiago 1:2), el aborrecimiento y el vituperio del mundo (Lucas 6:22) y las constantes tribulaciones y aflicciones (2 Corintios 4:17).

De alguna manera, para quienes por la fe están en Cristo, todos estos sufrimientos contribuyen al maravilloso plan divino de formar en nosotros la imagen de Cristo (Romanos 8:29). Este, sin duda, es un maravilloso plan desde la perspectiva de un Dios Eterno, que tiene un feliz propósito más allá de la vida en el aquí y el ahora. Por esta razón, el apóstol Pablo pudo expresar: «Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12:10). Pero quienes utilizan la equívoca frase: «Dios tiene un plan maravilloso para tu vida» como si el ser cristiano implicara la solución a todos los problemas financieros o sentimentales, a las enfermedades, pruebas o sufrimientos, están tergiversando peligrosamente el Evangelio. Están predicando otro “evangelio” —por supuesto, falso— que nada tiene que ver con el Evangelio de Jesucristo. Sinceramente, no sé qué Biblia están leyendo.

Huye del falso evangelio de la prosperidad; que promete un camino al cielo sin pasar por la Cruz; que cambia diametralmente el enfoque Cristo-céntrico del Evangelio, por uno eminentemente antropocéntrico —donde el ser humano se convierte en el centro de todo—; que te lleva a buscar a Jesucristo con una motivación egoísta y equivocada. Quienes siguen este “evangelio” están más preocupados en sus intereses materiales que en sus decadencias espirituales. ¡HUYE!

José Daniel Espinosa Contreras
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La blasfemia contra Espíritu en la actualidad

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La llenura del Espíritu no se trata de que nosotros tengamos más de Él, «pues Dios no da el Espíritu por medida» (Juan 3:34). El Espíritu se tiene o no se tiene (1 Juan 4:13; Romanos 8:15; 1 Corintios 6:19); pero no se tiene en mayor o menor cantidad, pues no es un líquido, sino una Persona. La llenura del Espíritu consiste, más bien, en que Él tenga —controle— más de nosotros; más de nuestros pensamientos, de nuestras decisiones y de cada área de nuestra vida.

La «llenura» está relacionada con el «control». Si uno se llena de vino, será controlado por el vino. Si uno se llena de ira, su comportamiento será controlado por la ira. Si uno se llena del Espíritu de Dios, será controlado por Dios (Efesios 5:18; Gálatas 5:25; Romanos 8:14). Con todo, la llenura del Espíritu no debe confundirse con un éxtasis que nos hace perder el control de nuestras funciones corporales violentando nuestra libertad como individuos. Quienes confunden la llenura del Espíritu con la algarabía, con trances místicos y con movimientos incontrolados deberían recordar aquello de que: «los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas; pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz» (1 Corintios 14:32-33). Tampoco deben olvidar que parte del fruto del Espíritu en nuestra vida es, precisamente, «el dominio propio» (2 Timoteo 1:7). Tengamos sumo cuidado con atribuir al Espíritu obras que solo son fruto de la carne, de pasiones humanas. ¡Tengamos más temor de Dios!
En tiempos antiguos, la gente cometía la blasfemia contra el Espíritu Santo atribuyendo las obras del Espíritu Santo a las del diablo (Mt. 12:22-37). En los tiempos modernos, la gente comete la blasfemia contra el Espíritu Santo atribuyendo las obras del diablo o de la carne a las del Espíritu Santo. Algunos cristianos hablan mucho de Él, presumen estar llenos de la presencia del Espíritu, pero sus vidas no dan le fruto de Él (Gálatas 5:22-23). Solo son ruido, emociones desbocadas, sentimentalismo exacerbado al extremo. El Espíritu Santo nunca va a producir algo que es contrario a la Palabra que Él mismo inspiró. Por tanto, todas nuestras experiencias espirituales deben ser pasadas por el tamiz y el filtro de las Sagradas Escrituras. Y aquello que no concuerde con la revelación divina, debe ser desechado, aunque haga llover milagros todos los días. Recordemos las palabras de Jesús hacia aquellos que se jactaban de su espiritualidad personal, de las obras portentosas, milagrosas y carismáticas que, según ellos, hacían por el poder Dios:
«Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?” Entonces les diré claramente: “Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!”» (Mateo 7:22-23).
No en vano, Jesús continuó hablando acerca de la importancia de oír y poner en práctica sus palabras (Mateo 7:24-27). La autoridad a la que debemos someternos los cristianos es a la Palabra inspirada de Dios.
Soy cristiano y trato de vivir cada día en continua dependencia del Espíritu. Busco la llenura del Espíritu (Efesios 5:18). Soy consciente de su obra transformadora y santificadora en mi vida. Sé muy bien del poder del Espíritu que actúa en mi cuando entrego mi vida al servicio de Dios. Veo los resultados de la obra del Espíritu en la iglesia local a la que pertenezco. Por eso, me es insoportable y molesto escuchar y ver ciertos movimientos carismáticos y pseudocristianos, que se autodenominan evangélicos, y que pretendiendo tener una relación más íntima con el Espíritu hacen ver al Espíritu como un “payaso” y a sus “iglesias” —llamarlas así me parece un insulto a la esposa de Cristo— como un circo. Han confundido el santo mover de la Tercera Persona de la Trinidad con un falso espectáculo atestado de emocionalismo irracional.
Soy cristiano, protestante y evangélico, pero no quiero que JAMÁS me confundan con esas pseudo-iglesias del evangelicalismo moderno. JAMÁS. No tienen nada que ver conmigo, ni con el Espíritu de Dios revelado en las Sagradas Escrituras.

José Daniel Espinosa.

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El severo amor de Dios

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Que «Dios es amor» (1 Juan 4:8, 16) significa que su amor se expresa en todo lo que Él dice y hace.
Pero esta verdad no debe llevarnos a pensar, como a menudo sucede en nuestro tiempo, que el amor de Dios es una blandura indulgente, divorciado de toda consideración moral. Debemos tener cuidado de no confundir las modernas, románticas y sentimentales ideas del amor de esta sociedad contemporánea con el amor de Dios.

No hablamos de cualquier «amor». Hablamos del «amor santo» de un Dios Santo (Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8). Es su amor lo que le lleva a amar la justicia (Salmos 11:7) y, por ende, a aborrecer la iniquidad y el pecado (Deuteronomio 25:16; Salmos 5:5; Habacuc 1:13; Hebreos 1:9). Por su amor santo es que Dios quiere que sus hijos vivan en santidad (1 Tesalonicenses 4:3) y, precisamente por su amor santo, nadie verá al Señor si en esta vida no ha buscado la santidad (Hebreos 12:14). Por su amor santo es que el Dios revelado en las Sagradas Letras no es el “dios políticamente correcto” que desearía esta sociedad; un dios que pasa por alto el pecado y la injusticia del individuo, acogiendo a todos por igual. ¡Todo lo contrario!

Por su amor es que: «El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo… para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad… (Hebreos 12:6-11). Sin duda, su amor es todo lo contrario a un amor blando y tolerante que permite al pecador sentirse cómodo con su pecado. Su amor ciertamente es un refugio para pecadores sinceramente arrepentidos (Salmos 147:3), que dan frutos dignos de arrepentimiento (Mateo 3:8); pero nunca será un refugio para aquellos que pecan deliberadamente, pues precisamente porque su amor santo es santo y ama la justicia, la Escritura enseña que «de ningún modo tendrá por inocente al culpable» (Números 14:18; Nahúm 1:3).

Pensar en el amor de Dios debe ser un auténtico bálsamo y refugio para los que sinceramente buscan la santidad; sin embargo, para todos los que viven cómodos con su pecado, el amor de Dios nunca constituirá un refugio, sino el principal motivo de su divino juicio contra el pecado.

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Fe o regeneración: ¿Qué es primero?


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El auge de ciertos movimientos neo-calvinistas en nuestro tiempo ha traído consigo una oleada de artículos respecto a la doctrina de la regeneración. Escribo este artículo no porque este sea un tema novedoso, todo lo contrario, se ha dicho y escrito mucho al respecto en épocas anteriores y, en la nuestra, la Era Digital, no dejamos de encontrarnos con todo tipo de publicaciones sobre este asunto en las redes sociales.

Escribo este artículo porque veo cómo muchos de los jóvenes cristianos contemporáneos, calvinistas o no, supeditan la exégesis bíblica a sus sistemas teológicos particulares. Cuando uno hace esto, consciente o inconscientemente, no leerá lo que la Biblia realmente dice, sino lo que –según sus ideas o sistema teológico preconcebido– le gustaría que la Biblia dijese. Interpretamos la Sagrada Escritura de tal forma que nuestro sistema doctrinal quede a salvo. La línea es muy fina y pocos se percatan de ello.

Cuando hablamos de «regeneración» nos referimos al «nuevo nacimiento» o «nueva creación», obra en la que Dios cambia la naturaleza esclava y pecaminosa de la persona, tornándola en una nueva naturaleza que es guiada por el Espíritu de Dios. Todos estamos de acuerdo que nadie puede entrar en el Reino de Dios sin haber experimentado este nuevo nacimiento (Juan 3:3). También es bien cierto que la regeneración no es fruto del esfuerzo humano, sino una obra de Dios (Juan 1:13).

Hasta aquí todo bien. El punto de controversia se encuentra en la siguiente pregunta: Qué es primero, ¿la fe o la regeneración?

Los textos bíblicos, interpretados en su sentido más básico y natural, no dan lugar a dudas de que la fe es una condición “sine qua non” para la regeneración o nuevo nacimiento.

Efesios 1:13 dice: “En él también vosotros, (1) habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y (2) habiendo creído en él, (3) fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,

Quien no ve el orden lógico en textos como este, no ve nada en absoluto.

Santiago 1:18 “El, de su voluntad, nos hizo nacer POR la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”.

El motivo de nuestro “nacimiento” espiritual es haber creído en “la palabra de verdad”, por tanto, la fe es previa a la regeneración.

1 Pedro 1:23 “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, POR LA PALABRA DE DIOS“.

¿Cuál es el medio que Dios usa para nuestra regeneración? La Palabra de Dios. Pero la Palabra de Dios no obra en el hombre de forma mecánica, sino a través del entendimiento, la confrontación y el ejercicio de la fe consciente por parte del individuo.

1 Timoteo 1:16 “como ejemplo de los que habrían de creer en Él PARA vida eterna“.

No recibimos vida eterna PARA poder creer en Jesús, sino que creemos en Jesús PARA recibir vida eterna. La preposición “para” indica el propósito de la fe. Note que el orden natural de todos estos textos es: 1º Creer (fe) y 2º Regeneración.

Y es menester recordar que, fe y arrepentimiento, siempre van de la mano. Son las dos caras de una misma moneda. Nadie puede decir que cree o tiene fe en Jesús si no da evidencias de un verdadero arrepentimiento. Y nadie estará verdaderamente arrepentido hasta que tenga fe en Jesús. Por tanto, es significativo encontrar otra serie de textos que, interpretados en su sentido más básico y natural, enseñan que el arrepentimiento también es previo a la regeneración.

Hechos 1:18 “Al oír esto, se callaron y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios el arrepentimiento PARA vida!”.

En el Evangelio del apóstol Juan, capítulo 3, Jesucristo enseñó que la regeneración o nuevo nacimiento es una obra del Espíritu Santo, que viene a habitar en la persona que está muerta en sus delitos y pecados, infundiéndole vida espiritual. Pero, ¿cuándo enseñan las Sagradas Escrituras que una persona recibe al Espíritu Santo? Las Sagradas Escrituras hablan claro al respecto:

Gálatas 3:2 “Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?“.

Hechos 11:17 “Por tanto, si Dios les dio a ellos el mismo don [referencia al Espíritu Santo] que también nos dio a nosotros después de creer en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poder estorbar a Dios? “.

Inequívocamente, el recibir a Cristo por la fe es una condición previa para ser hechos hijos de Dios (nacidos de Dios). El apóstol Juan lo expresaría así: “Mas a todos los que le recibieron [CONDICIÓN], a los que creen en su nombre [EXPLICA LA CONDICIÓN DE MANERA MÁS PRECISA], les dio potestad de ser hechos hijos de Dios [CONSECUENCIA]” (Juan 1:12).

Esto no significa que el hombre gane para sí mismo la salvación, por sus propios méritos. ¡Ni mucho menos! El hombre, a parte de la gracia de Dios, está totalmente incapacitado (Juan 15:5). Pero puesto que Dios quiere la salvación de todos los hombres (1 Timoteo 2:3-6), se complace en iluminar a todos ellos (Juan 1:9 y 12:46), dotándoles de una gracia capacitadora, que hace posible la fe y arrepentimiento –razón por la cual se exige a todo hombre y en todo lugar que se arrepienta y crea en el Evangelio– (Hechos 17:30). Esta gracia de Dios permite al hombre recibir la obra de Cristo en su favor (Juan 1:12) o resistir esa gracia (Hechos 7:51). No se trata de que el hombre contribuya meritoriamente a su salvación, pues el vil pecador no tiene nada que ofrecer. Se trata, más bien, que el hombre no resista la gracia y el obrar de Dios en su vida. La fe, por tanto, es la rendición plena al poder transformador de Dios; es la renuncia a todos los intentos humanos de auto-justificación, es la confianza absoluta en que la salvación se encuentra únicamente en Cristo. Pero esta es, todavía, una decisión del individuo, quien capacitado por el favor de Dios debe responder voluntariamente. En base a esta respuesta, el género humano será juzgado (Juan 16:8-9).

 

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Encuesta-¿Mi entendimiento sobre la teología trinitaria en el culto cristiano? – Participa y comparte.

Trinidad
Con este breve formulario anónimo tratamos de dilucidar hasta que punto los creyentes de la fe cristiana entienden la dimensión trinitaria del culto cristiano y el desarrollo que este ha tenido con el paso de los años. Si tras completar las preguntas te ha resultado interesante, te animamos a compartir el enlace con algún amigo para que él también pase la prueba. Gracias por tu tiempo. Los resultados nos ayudarán a preparar artículos que esclarezcan nuestras dudas y fortalezcan nuestra fe.

Si desea profundizar más en este tema adquiera la obra: “¿A quien adoran los cristianos?: Historia y teología de la Trinidad en el culto cristiano” de Jose Daniel Espinosa Contreras, disponible en Amazon y otras compañías de venta por Internet.

Pronto publicaremos los resultados y ofreceremos nuevos formularios sobre las doctrinas principales de la fe cristiana. Puede seguirnos en Facebook: https://www.facebook.com/TheoJoseDaniel/ y en: https://josedanielecblog.wordpress.com/

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