Encuesta-¿Mi entendimiento sobre la teología trinitaria en el culto cristiano? – Participa y comparte.

Trinidad
Con este breve formulario anónimo tratamos de dilucidar hasta que punto los creyentes de la fe cristiana entienden la dimensión trinitaria del culto cristiano y el desarrollo que este ha tenido con el paso de los años. Si tras completar las preguntas te ha resultado interesante, te animamos a compartir el enlace con algún amigo para que él también pase la prueba. Gracias por tu tiempo. Los resultados nos ayudarán a preparar artículos que esclarezcan nuestras dudas y fortalezcan nuestra fe.

Si desea profundizar más en este tema adquiera la obra: “¿A quien adoran los cristianos?: Historia y teología de la Trinidad en el culto cristiano” de Jose Daniel Espinosa Contreras, disponible en Amazon y otras compañías de venta por Internet.

Pronto publicaremos los resultados y ofreceremos nuevos formularios sobre las doctrinas principales de la fe cristiana. Puede seguirnos en Facebook: https://www.facebook.com/TheoJoseDaniel/ y en: https://josedanielecblog.wordpress.com/

PUEDE HACER EL FORMULARIO ANÓNIMO Y VER POSTERIORMENTE SUS RESULTADOS AQUÍ: https://goo.gl/forms/ln1iaMvNtzH8X6br1

 

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Cristianos buzo

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El buceo libre, también conocido como «apnea», es el descenso a la profundidad del mar a pulmón libre, es decir, sin la ayuda de ningún equipo o aparato de respiración. Quienes lo practican, deben subir cada cierto tiempo a la superficie (según les dure el oxígeno en los pulmones), tomar un poco de aire y, luego, volver a imbuirse en el mar. Este proceso se repite una y otra vez. Estos buzos suben a la superficie solo cuando sienten la necesidad de respirar, pero no subirían de otro modo. De hecho, nada más inhalar el oxígeno necesario, vuelven a descender a las aguas, pues es lo que realmente les entusiasma. Pero, los lectores se preguntarán: ¿qué tiene que ver esto con el cristiano?

La vida cristiana es la vida plena y abundante de la que habló Jesús (Juan 10:10). Cristo nos ha abierto la puerta a una novedad de vida donde hay “oxígeno” suficiente para permanecer constantemente en la presencia del Padre. Sin embargo, no todos los dicen ser cristianos viven o disfrutan de esta vida abundante diariamente. Algunos viven sumergidos en los océanos del pecado y, cuando notan que les falta la respiración, suben a la superficie y tratan de inhalar un poco de oxígeno para, de nuevo, volver a sumergirse. Impelidos por sus conciencias acuden a la iglesia, cual buzo a la superficie, para tomar un poco de aire fresco y poder volver a sumergirse en sus realidades cotidianas durante la semana.

Dios no es para ellos el oxígeno con el que disfrutan de manera continua, sino el que buscan solo en momentos de gran necesidad, cuando se están ahogando. No buscan ese oxígeno de la superficie porque lo aman, sino egoístamente, porque no les queda otro remedio que hacerlo.

Algunos han llamado a estas personas: «cristianos de domingo»; «cristianos nominales» y yo los llamo «cristianos buzo». Aunque, quizá, el error está en llamarles «cristianos». Pues, ¿qué hombre realmente hambriento no acudiría constantemente a la mesa donde se le ofrece pan? ¿Qué persona siendo invitada a comer un manjar preferiría ir a comer algarrobas con los cerdos? ¿Qué joven enamorado no desearía permanecer en la presencia de su amada? ¿Qué cristiano salvado de la condenación eterna y librado del poder del pecado no anhelaría habitar continuamente con su Salvador?

Quienes han tenido una experiencia real con Dios, saben que en su presencia hay plenitud de gozo, ¿por qué habrían de buscar otros gozos en las profundidades del pecado cuando pueden disfrutar plenamente en la superficie? El salmista escribió: «En tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre» (Salmo 16:11).

Los creyentes estamos llamados a morar en Dios. «El que habita al abrigo de Dios, morará bajo la sombra del Omnipotente» (Salmo 91:1). «Habitar» es vivir, residir o afincarse en un lugar. Nuestro llamado no es el de acudir algunas veces a Él, sino el de habitar en Él. Al habitar en Él, recibiremos el cuidado paternal y la providencia de un Dios omnipotente. No somos «cristianos buzos» que acudimos a Dios para respirar solo cuando nos conviene o cuando deseamos acallar nuestras conciencias, sino cristianos que anhelamos mantenernos en comunión con Dios, pues hemos entendido y experimentado que la vida plena de paz, gozo y justicia verdadera se encuentran únicamente en la Fuente de toda bondad; el único Dios verdadero revelado en Cristo Jesús (Santiago 1:17; 1 Pedro 5:10).

Entonces, ¿cuál es la evidencia de un verdadero cristiano y que lo diferencia de un «cristiano buzo»? Que mientras el «cristiano buzo» solo busca a Dios esporádicamente para conseguir algún beneficio personal, el cristiano genuino permanece en Él, porque es todo lo que tiene y porque es todo lo que quiere.

Como dijo el apóstol Juan: «Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios» (1 Juan 4:15).

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¿Qué será de la iglesia cristiana en Occidente en 20 o 30 años?

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¿Qué será de la iglesia cristiana en Occidente dentro de 20 o 30 años? Este pensamiento ha martilleado mi cabeza en las últimas semanas. Las ideologías que permean nuestra sociedad occidental actual son tan fuertes que la mayor parte del cristianismo occidental no sabe cómo atajarlas. La cultura, la filosofía y los preceptos de nuestra sociedad evolucionan a una velocidad tan vertiginosa, que impiden que la iglesia comprenda y actúe en correspondencia con sabiduría.

Nuestra juventud está siendo moldeada e influenciada radicalmente por la cultura postmoderna y los líderes eclesiales no saben cómo hacer frente a los retos que esto supone para la iglesia de hoy.

La cultura postmoderna trajo la muerte de la verdad absoluta y pocos levantaron su voz en contra. Se ha enseñado a la juventud que «la Verdad» con mayúscula no existe, que los absolutos son irreales y que cada individuo puede tener su propia verdad. Han sacralizado el relativismo. En este mundo postmoderno, «la Verdad» es ignorada, rechazada y negada. Hay muchas verdades, dependiendo de la percepción de cada persona, y podemos quedarnos con la que más nos satisface. Pero, ¿qué está haciendo la iglesia con los conceptos de «verdad» que tienen hoy nuestros jóvenes? Hermanos, si la verdad no es absoluta, entonces, los absolutos bíblicos tampoco lo son. Cuando la verdad absoluta es negada, el hombre tiene la libertad para creer lo que quiera.

La cultura postmoderna trajo la deconstrucción del lenguaje, con el fin subalterno de servir a una ideología. El «amor» se interpreta como un mero sentimiento; la «verdad» como percepción personal y subjetiva; los «intolerantes» son ahora las personas de convicciones que creen en la verdad absoluta; el «feminismo» que en sus orígenes buscaba la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, hoy se ha convertido en un movimiento victimista y opresor; la «masculinidad» y la «feminidad» pierden sus características diferenciadas y se entremezclan; la «homofobia» es interpretada como el simple desacuerdo –aún respetuoso– a la práctica homosexual; la sexualidad… ¡Qué voy a decir de esto! Y, ¿qué va a pasar si seguimos llamando retrógrados a los pastores que predican del arrepentimiento? ¿Qué va a pasar si llamamos homofóbicos a los que predican que la práctica homosexual es pecado?

La postmodernidad ha asesinado a la ética. La muerte de los absolutos ha dado paso a la filosofía del «todo vale». La moral está condicionada a la felicidad personal. Las acciones serán consideradas buenas o malas en función del placer o la felicidad que me produzcan. Nuestras generaciones postmodernas se rebelan ante la ley y las normas. Entonces, la ética cristiana se relativiza y adapta a las modas cambiantes. Nuestros jóvenes cristianos están perdiendo sus convicciones y ¿qué ha hecho la iglesia? Hemos evitado retar a la cultura desde el púlpito ignorando hablar acerca del aborto, la transexualidad, la homosexualidad, la ideología de género, la eutanasia, la bioética… y, en su lugar, nos hemos envuelto en una retórica sensacionalista y populachera de «gloria», «poder», «fuego», «gloria», «poder», «fuego». Hemos estado demasiado entretenidos en nuestros shows evangélicos, en satisfacer las expectativas de los hombres postmodernos a través de luces, humo y entretenimiento, y hemos olvidado entrenar a nuestros jóvenes para presentar una defensa bíblica y razonada en temas tan importantes como la familia, la sexualidad, los valores, etcétera. ¿Y nos extraña que más del 50% de nuestros jóvenes abandonen la iglesia? ¿Qué va a pasar en los próximos años si seguimos permitiendo que los púlpitos estén llenos de chistes, fábulas, shows y experiencias personales? Una iglesia amoldada a los patrones de este mundo, no es una iglesia en absoluto.

La postmodernidad está engendrando una juventud ególatra y narcisista. Con Instagram presumimos de nuestra “belleza” o buena vida, con Twitter de nuestra sabiduría y elocuencia, con Facebook de nuestro conocimiento y prestigio. Hemos potenciado el individualismo, la presunción, las comparaciones, la idolatría, etcétera; entrando en una espiral de envidias, insatisfacciones y apariencias. La moda de las redes sociales nos ha engatusado de tal forma que nos hemos habituado y amoldado a ser, dígase claramente, seres humanos descarada y orgullosamente egolátricos. Cada día hay más jóvenes, y jóvenes cristianos, atrapados en la generación “selfie”. Una generación que espera que todo el mundo admire su propio autorretrato. ¿Hay algo más vanidoso que esto? Una generación cuyo gozo e identidad depende de los “Me gusta” que consiguen sus publicaciones. Hemos desdeñado enseñar a nuestros jóvenes que la identidad del creyente debe estar en su posición en Cristo y no en los patrones que marca nuestra cambiante sociedad. Ahora nuestros jóvenes se han vuelto esclavos de la moda, de la imagen, de la estética, de la aprobación social, gestando una generación siempre insatisfecha y sin rumbo. Estamos ante la generación que más aparenta por fuera, pero que más vacía está por dentro. Y, ¿qué está haciendo la iglesia?

La cultura postmoderna promueve una juventud escapista e irresponsable, que huye de los compromisos y asume una actitud pasota e indiferente. Ahora tienen suficiente entretenimiento (música, internet, videoconsolas, drogas, viajes, móviles, televisión y comodidad) como para ahogar su sinsentido. Qué lejos está esta juventud de parecerse a los jóvenes de los tiempos bíblicos. Cada vez es menos común ver a jóvenes comprometidos con Dios como José en Egipto, consagrados como Samuel sirviendo en el Templo, valientes pastorcitos como David enfrentando a gigantes, a jóvenes reyes como Josías que gobiernan a un pueblo, a jóvenes íntegros como Daniel o sus amigos en Babilonia, a jóvenes pastores como Timoteo que toman las riendas de sus iglesias locales. Como me comentaba un amigo y hermano en la fe: «Nunca ha sido más fácil conseguir decisiones por Cristo, pero nunca ha sido más difícil el conseguir hacer discípulos de Cristo». ¿Tendrá la iglesia algo que ver en esto?

En la postmodernidad la psicología secular está reemplazando la consejería bíblica, introduciendo conceptos filosóficos y psicológicos de hombres ateos. La intromisión de ciertas ciencias sociales como la sociología y la antropología en el seno de la iglesia han llevado a muchos líderes y pastores a abrir iglesias conformándose con hacer un mero estudio social y cultural, minusvalorando la importancia de la vida de oración, del llamado divino al ministerio, de la dependencia a las Sagradas Escrituras. Las ciencias sociales, en algunos casos, han cambiado la forma en que la iglesia hace evangelismo, convirtiéndola en pura metodología humana.

La postmodernidad ha hecho que nuestros jóvenes enfoquen sus pensamientos en lo trivial para esquivar los asuntos realmente importantes. Son capaces de debatir durante horas del partido del fin de semana, pero evitan a toda costa reflexionar acerca de los temas realmente trascendentales como, por ejemplo, el sentido de la vida.

¿Qué va a pasar con los jóvenes que en los próximos años decidan ser líderes de nuestras iglesias? Y, en medio de esta generación, ¿cuál es el papel de la iglesia?

  • Ante una sociedad relativista, la iglesia debe volver a remarcar los fundamentos del Evangelio, tales como: el pecado, la fe, el arrepentimiento y la salvación por gracia. ¡Debemos crear y ser un precedente para las generaciones que vienen! Una manera de santificar al Señor es presentar defensa, con mansedumbre y reverencia, de la verdad de Dios (1 Pedro 3:15).
  • Ante la deconstrucción del lenguaje postmoderno, la iglesia debe abogar por hacer uso del verdadero concepto y sentido que tienen las palabras, no dejándose manipular por ningún lobby o ideología.
  • Ante una sociedad donde la ética ha sido sustituida por la estética, la iglesia debe enfrentar con valentía los temas sociales actuales tales como el aborto, la ideología de género, la homosexualidad, etcétera. ¡Peleemos la buena batalla de la fe! (1 Timoteo 6:12). No invirtamos nuestras fuerzas en mejores equipos de sonido, mejores luces o mejores espectáculos, invirtamos nuestras fuerzas en ser y formar a mejores cristianos.
  • Ante una juventud ególatra y narcisista debemos predicar a nuestros hijos, con nuestras palabras y ejemplo, que la verdadera felicidad se encuentra «en la muerte del yo», «en la negación a uno mismo», en el seguimiento radical de Jesús. «Y [Jesús] decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará» (Lucas 9:23-24). Que nuestra identidad debe estar en lo que somos en Cristo.
  • Ante una juventud escapista e irresponsable, la iglesia debe enseñar el valor del compromiso y el discipulado. Nuestros jóvenes no necesitan shows evangélicos llenos de luces y humo, que solo apelan a las emociones, pero dejan hueco el intelecto. Ellos necesitan la Palabra de Dios, la inmutable e inamovible Verdad de Dios. «Haced discípulos» es nuestra misión (Mateo 28:19). Si la iglesia olvida el discipulado constante hacia la juventud estaremos relegando al olvido una parte medular del Evangelio. Capacitémosles e involucrémoslos en la vida de la iglesia. ¡Que cada Pablo trabaje en formar a su Timoteo!
  • Ante el auge de las ciencias sociales, la iglesia debe discernir lo bueno que puede retener de ellas y lo malo que debe desechar. No aceptemos todo por el hecho de que la mayoría lo hace. Seamos como los primeros cristianos, que escudriñaban «cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). ¡Volvamos a la Palabra! ¡A la ley y al testimonio! «Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Isaías 8:20). La Palabra de Dios es suficientemente «útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16-17).
  • Ante una juventud que dedica su tiempo a lo trivial, la iglesia debe motivar a la reflexión, al pensamiento crítico, a meditar en las preguntas existenciales. ¡Dejemos de ofrecer entretenimientos que solo sirven de placebo para una juventud que, sin Cristo, va de cabeza al infierno!

Y recordad, iglesia, que hay esperanza. Nuestra esperanza está en Cristo, quien prometió que edificaría su iglesia (Mateo 16:18). En última instancia, la iglesia depende de Cristo. Pero esta verdad no debería llevarnos a la pasividad o al conformismo. La iglesia es un instrumento en las manos de Dios para alcanzar a cada generación. ¿Queremos que la iglesia de frutos en medio de esta sociedad postmoderna? Jesús dijo: «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:4-5).

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El fenómeno religioso –> Breve reflexión

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El ser humano no tiene religión, sino que consiste en religión. Ya que lo que tenemos podemos perderlo; sin embargo, lo que somos no deja de ser mientras existimos. Y es que, aunque a algunos les cueste reconocerlo, vivimos de creencias. Incluso el más ateo, ¡es un ser religioso! De ahí que el fenómeno religioso sea universal. Incluso aquellos que no se adhieren a ninguna de las religiones tradicionales, buscan sus propias alternativas –algunos incluso sacralizan el método científico–. Todos tenemos nuestras propias creencias acerca de la divinidad –ya sea a favor de su existencia, ya sea a favor de su inexistencia–. Pero ambas posiciones implican un acto de fe, pues nadie puede probar mediante métodos estrictamente científicos y empíricos que Dios existe, pero tampoco puede probarse lo contrario. Todo nuestro sistema de pensamiento parte de unas premisas, contiene unas creencias y acepta unas normas morales para conducta individual y social. Todos estos elementos pertenecen a la religión.

La universalidad y diversidad de “fes” nos enseña dos cosas: 1) la finitud del hombre en el intento de comprender su propia existencia y de relacionarse de forma ascendente con lo divino en su sentido de dependencia; y la infinitud de lo divino, que apenas puede conocerse por analogías.

Dicho esto, el cristianismo presenta la analogía perfecta para conocer a la deidad, pero también para la comprensión de uno mismo como individuo. En Jesucristo podemos entender la plenitud del ser humano, tal cual es y debe ser; y, en Jesucristo, podemos llegar a saber cómo es Dios y cómo son sus tratos con el hombre.

¿Qué opina usted sobre el fenómeno religioso?

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¿ERES CRISTIANO?

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¿ERES CRISTIANO? Lo que nos convierte en cristianos no es la membresía en una iglesia local, tampoco el acto externo del bautismo ni la aceptación intelectual de cierta información o doctrina. Todo esto es valioso, pero a la vez, secundario. En palabras de Cristo, un verdadero cristiano es aquel que:

1. Se niega a sí mismo. Es estar dispuesto a sacrificar o renunciar a nuestros deseos, pasiones, pensamientos o intereses personales, por muy legítimos que sean, para vivir según los deseos, pensamientos e intereses de Dios. Es negarnos a nuestro supuesto derecho a gobernar nuestra propia vida y ceder ese derecho exclusivamente a Jesucristo. Pedro negó tres veces al Señor (Lucas 22:54-62) y aquel que desee seguir a Cristo debe hacer lo mismo consigo mismo. No hay «peros» que valgan, no hay excusas o excepciones (Lucas 9:57-62).

2. Toma su cruz cada día. Tomar la cruz no es simplemente llevar una carga: un esposo que te irrita, una esposa malhumorada, un trabajo o situación familiar difícil, tampoco tus estudios. Esto son interpretaciones falsas y románticas de la cruz. Para una persona del primer siglo la cruz significaba una cosa y solamente una cosa: la muerte de la manera más dolorosa y humillante que los seres humanos podían soportar. La cruz es morir a nosotros mismos. La cruz es estar dispuesto a sufrir penalidades por causa de Cristo (2 Timoteo 2:3). La cruz es estar dispuesto a que se rían de ti, a que se burlen de tu fe y, en dado caso, a dar tu vida por su causa. Además, esta no es una decisión que ha de tomarse una vez en la vida, sino una decisión diaria, «cada día». Por cierto, ¿lo has hecho hoy? ¿Puedes decir hoy como Pablo: «ya no vivo yo, Cristo vive en mi»? (Gálatas 2:20).

3. Le sigue. Solo cuando uno se ha negado a sí mismo y ha tomado su cruz entendiendo lo que esto significa, es que podrá seguir a Jesús de la manera correcta. Cualquier otro intento de seguimiento es una farsa. Estamos llamados a seguirlo, no «de lejos» como lo hizo Pedro por un tiempo (Lucas 22:53), sino a su lado. Quienes siguen al Señor lo suficientemente lejos como para no tener que morir a sí mismos y renunciar a sus supuestos derechos, pero lo suficientemente cerca como para acallar sus conciencias creyendo que son cristianos simplemente por ser miembros de una congregación, terminarán «llorando amargamente» como Pedro (Lucas 22:62) o, en el peor de los casos, «vomitados de su boca» (Apocalipsis 3:16).

«Y [Jesús] decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará» (Lucas 9:23-24).

Con afecto en Cristo:

José Daniel Espinosa Contreras.

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Job, el Corán y la revelación progresiva de las Sagradas Escrituras

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Un amigo me preguntaba estos días cómo entendía yo el libro de Job. Deseaba entender cómo aquel de quien dice Job: «¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?» (Job 2:10) encaja con el Dios revelado en Cristo; un Dios que lucha contra el mal.

Copio aquí mi respuesta a su pregunta, por si pudiera ser de ayuda para otros:

A diferencian del islam, que entiende su libro sagrado como la revelación de la palabra eterna, increada y nada humana de Dios, los cristianos vemos a las Sagradas Escrituras como la revelación progresiva que Dios ha ido dando al hombre. Y es progresiva por cuanto ha ido de “menos” a “más”. Esto quiere decir que no habían recibido la misma luz o revelación Moisés que el apóstol Pablo; ni Job (primer libro de la Biblia) que el apóstol Juan (escritor de los últimos libros canónicos del cristianismo).

Puesto que la inspiración divina no omite la parte humana y cultural de las Escrituras, los lectores podemos percatarnos que los autores bíblicos, especialmente los del Antiguo Testamento, escriben a la luz de la incompleta revelación que habían recibido.

Por ejemplo, ninguno de los textos del Antiguo Testamento que se escribe antes del siglo VI a. C. menciona la idea de una resurrección futura, de hecho, presupone lo contrario, el fin de la existencia. ¿Cómo se explica esto? La revelación progresiva es la respuesta. Estos escritores bíblicos no habían entendido aún que sí habrá una esperanza futura más allá de la muerte. Lo mismo sucede con otras doctrinas importantes como, por ejemplo, con la Trinidad.

Entender esto debería hacernos ser sumamente cuidadosos a la hora de leer e interpretar las Escrituras. Pero, si la revelación es progresiva, ¿cuál es la clave para interpretar las Escrituras de una manera correcta? Cristo.

Cristo es Dios manifestado en carne (1 Ti. 3:16), la imagen misma de Su Ser (He. 1:3). No hay revelación más clara de Dios y de Su Voluntad, que aquella que vemos a través de Jesucristo. Por tanto, cuando tu concepto de Dios se nuble por las teologías baratas e insensibles de nuestro tiempo, cuando te sientas confundido por no entender como encajan ciertos textos de la Escritura, entonces, mira a Cristo. Él es la clave interpretativa de la Historia de la Salvación. Todo lo que no encaje con Él sólo son interpretaciones de hombres; hombres que trataban de entender a Dios a la luz de la incompleta revelación que habían recibido, revelación que llegó a su culmen en Jesucristo. Por tanto, me atrevo a decir aquello que escribía un reconocido teólogo: «dime cuál es tu Cristología, y te diré quién eres». Del concepto que nos hallamos formado de Cristo dependerá nuestra relación con Dios, con su Palabra y con el hombre.

En el caso de Job, vemos a un hombre realmente devoto y piadoso, que ama a Dios con absoluta sinceridad. Todos debemos aprender de esto. Pero también vemos a un hombre que ha recibido una revelación muy limitada y que interpreta sus circunstancias a la luz de su limitada comprensión de Dios. Era común en Medio Oriente interpretar todos los acontecimientos en clave determinista. De hecho, esta doctrina sigue siendo muy importante en la tradición musulmana. Mira lo que dice el musulmán Al-Tahawi: «Todas las cosas ocurren conforme a Su predestinación y a Su voluntad. Su voluntad es destino, los siervos no tienen voluntad excepto la que Él ha querido para ellos, lo que ha querido para ellos: sucede, y lo que no ha querido: no sucede». Esta mentalidad fatalista es la que impregnaba la cultura de aquel tiempo. Por eso Job entiende que todo lo malo proviene de Dios (Job 2:10). Nota que Job, a diferencia de los profetas, no presume de escribir su libro en base a una revelación directa de Dios o de una vivencia sobrenatural. Él, como los sabios del Antiguo Testamento, escribe a la luz de su experiencia personal, de las enseñanzas reiteradas de la tradición a través de las generaciones y de su contexto cultural particular. Las intenciones de Job al escribir su obra (si es que realmente es Job quien lo escribe) es criticar un sistema de pensamiento muy extendido en su tiempo y que parece defenderse incluso en otras partes de las Escrituras: la justicia retributiva.

Los amigos de Job creían que toda acción justa conforme a la ley de Dios daría como resultado consecuencias positivas y favorables, mientras que toda mala conducta resultaría necesariamente en castigo y aflicción. Convirtieron esta creencia en un absoluto, en un dogma sin limitaciones, pues no estaban dispuestos a dejar un margen para la incertidumbre. No podían admitir que su manera de entender las cosas tuviera limitaciones. La postura de ellos, que también se encuentra a lo largo del Antiguo Testamento, no es ajena a la creencia de otras religiones orientales. Guarda algunas similitudes con la doctrina de Karma en las religiones dhármicas.

De hecho, la creencia determinista de aquel tiempo fue lo que llevó a los amigos de Job a dudar de santidad y piedad de él. Si Dios es el causante de todas las cosas (incluso lo malo), pero Dios es justo, entonces algo habrá hecho Job para merecer esto —pensaban ellos. Pero Job no estaba dispuesto a sostener este sistema teológico. Quizá no era perfecto, pero no era peor que los demás. De ahí su interés en los primeros versículos del capítulo primero de demostrar su bondad humana. Si él merecía un castigo, ¿cómo podía Dios justificar que tanta gente malvada no fuera castigada de una forma tan horrible como la de él? Sin duda, algo fallaba en esta teología y, él, no estaba dispuesto a asumirla.

El autor de Job hace una excelente crítica al pensamiento tradicional, su libro es toda una obra de arte desde cualquier punto de vista que se mire, pero también da muestras de que la revelación que él había recibido no era completa.

Por eso debemos leer a Job, al igual que toda la Escritura, a través de Cristo. Y en Cristo queda superada esa imagen determinista/fatalista de Dios. En Cristo, vemos al Dios que lucha contra el mal (¡no el que lo crea!); que se opone a las injusticias de su tiempo; que trabaja por implantar la justicia social, la paz verdadera; que le conmueve ver el sufrimiento de las personas y, por ende, afirma que se ha revelado para que tengamos vida, vida en abundancia.

También sabemos que Cristo siempre hizo la voluntad del Padre, por lo que no nos cabe duda de que Dios está a favor nuestra, a nuestro lado; junto a los pobres, junto a los que buscan la justicia y luchan contra el mal. Sí, contra el «dios» de la filosofía del designio absoluto.

Definitivamente, el Dios revelado en Cristo no es aquel en quien tiene origen el mal, ni mucho menos quien lo envía. Al contrario, como dijo el medio hermano de Jesús, Santiago: «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación» (Santiago 1:17).

Para profundizar más en el libro de Job y en su contexto socio-cultural recomiendo la lectura del Comentario del Contexto Cultural de la Biblia: Antiguo Testamento, escrito por John H. Walton, Victor H. Matthews y Mark W. Chavalas.

Deseando ser de bendición,

José Daniel Espinosa.

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La espiritualidad cristiana

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Ahondar en el conocimiento de la espiritualidad cristiana nos ayudará a conocer como el Espíritu Santo obra para santificación en la vida de los cristianos. La meta del creyente en Cristo es ser «perfecto», tal como el Padre celestial lo es (Mateo 5:48). Pero alcanzar este objetivo es un proceso que dura toda la vida. Y este proceso solo se desarrollará de una manera correcta cuando abogemos por una genuina y precisa espiritualidad cristiana.

En la espiritualidad cristiana dos factores deben ser tenidos en cuenta: los principios doctrinales contenidos en la Sagrada Escritura —fuente principal de la espiritualidad cristiana— y los datos experimentales, entre los cuales no debe haber contradicción alguna. Doctrina y experiencia deben ir de la mano. Solo una doctrina verdadera puede producir una experiencia genuina. Un desmedido énfasis en la experiencia, minusvalorando el valor del conocimiento doctrinal, nos conduce a un inevitable fideísmo experiencial, sujeto a las modas cambiantes. Sin embargo, a menudo encontramos a creyentes que se glorían en su conocimiento, pero manifiestan un gran vacío de experiencia y de piedad. En este sentido, Teresa de Ávila afirmaba: «No diré cosa que no lo haya experimentado mucho».[1]

La genuina espiritualidad cristiana es aquella que inexorablemente avanza con el tiempo hacia la madurez; hasta llegar a ser adultos en Cristo. Y para avanzar rectamente por este camino, sin desviarnos a diestra o siniestra, el creyente debe avanzar guardando un ritmo, un orden y una armonía entre: el conocimiento de Dios; la experiencia percibida en lo interior, pero que no se reduce meramente a lo personal sino que, como garantía de su veracidad, se extiende y empuja a la transformación de este mundo roto y; la piedad, esa continua liberación del pecado personal y estructural que nos lleva a la obediencia, a ser como Cristo.

Las Sagradas Escrituras enseñan que la espiritualidad cristiana comienza cuando el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, hace del creyente su habitáculo. Dios concede, a aquellos que son sus hijos por la fe, su Espíritu (Romanos 5:5) y desde ese momento comienza una obra progresiva de perfeccionamiento moral y espiritual —deificación— que se consumará en el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).

Los medios primordiales para crecer en la espiritualidad cristiana son la oración (1 Tesalonicenses 5:17), la meditación y obediencia a la ley de Dios (1 Juan 2:5; 3:24), el culto (Hechos 2:42-44; Hebreos 10:25), la abnegación (1 Pedro 2:11; Hebreos 11:25) y ejercer todas las virtudes bajo el impulso del amor (1 Corintios 16:14; Colosenses 3:14; 1 Juan 4:16). Quien no se esfuerza en ejercer estas disciplinas, no podrá crecer en espiritualidad. Que la espiritualidad del cristiano sea una obra del Espíritu no implica el quietismo humano. La espiritualidad, por tanto, es una sinergia, la colaboración del don gratuito de Dios con el esfuerzo voluntario y responsable del creyente.

Por otro lado, la espiritualidad del cristiano debe manifestarse a todos los niveles, es decir, no solamente al espíritu, sino también al cuerpo; no únicamente al plano intelectual y volitivo, sino también a las emociones. Quien presume de una espiritualidad que no se manifiesta en su cuerpo, intelecto y emociones, en realidad, carece de toda espiritualidad verdadera. La espiritualidad no es algo meramente subjetivo y abstracto, sino evidenciable y, de alguna manera, medible. También aquí es aplicable el dicho de Jesús: «por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:20).

Es importante señalar que no todas las manifestaciones aparentemente espirituales lo son realmente. Note que la iglesia de Corinto se jactaba de lo que, a simple vista, podría parecer la manifestación de unos verdaderos dones espirituales. Sin embargo, en la misma carta, el apóstol llama a los hermanos de aquella congregación «niños en Cristo» (1 Corintios 12:8-10) y «carnales» (14:20). De hecho, los «frutos» no evidenciaban ser espirituales, pues se peleaban entre ellos (1:10-11), se emborrachaban en la cena del Señor (11:21), permitían el adulterio (capítulo 5) y tenían problemas de doctrina (capítulo 15). Por tanto, debemos ejercitarnos en el discernimiento del bien y del mal, para someter a prueba nuestra propia espiritualidad (Filipenses 1:9).

Por último, cabría destacar que la espiritualidad cristiana no está limitada a un espacio o tiempo concreto. El apóstol Pablo enseña que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19). Esto significa que el Espíritu está en nosotros de forma permanente, por lo que somos seres espirituales todo el tiempo. Uno es espiritual cuando está escudriñando las Escrituras, pero también cuando lee literatura secular; cuando acude al culto dominical, pero también cuando también cuando está viendo el televisor. Es por esta razón que el apóstol comentaba que ya sea que comamos o que bebamos, o hagamos cualquier otra cosa —por muy «secular» que nos parezca—, debemos hacerlo todo para la gloria de Dios, esto es, en el Espíritu (1 Corintios 10:31).

Entender esto nos ayudará a superar el tópico e infantil pensamiento de que uno solo es espiritual cuando está leyendo la Biblia u orando. Comprender que somos seres espirituales todo el tiempo nos permitirá buscar la dependencia constante de Dios a través de su Espíritu y no solo en momentos puntuales para acallar nuestras conciencias. Vivir en el Espíritu debe ser nuestra dinámica de vida. «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Romanos 8:9).

¡Que el Señor nos ayude a cultivar nuestra espiritualidad cristiana para ser más semejantes a Cristo!
Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

[1] Cf. Vida 18,7.

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La prosperidad cristiana

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La teología de la prosperidad, conocida también como «Evangelio de la Prosperidad», es la creencia religiosa que afirma que la bendición financiera y el bienestar físico son la voluntad de Dios para toda persona. Este movimiento tuvo una amplia difusión en los Estados Unidos a mediados del siglo XX, extendiéndose progresivamente por el resto del mundo a través del tele-evangelismo. Para quienes así creen, un cristiano pobre o en enfermedad es una contradicción. Ellos enfatizan el empoderamiento personal e interpretan la obra redentora de Cristo en clave de prosperidad material. El «Evangelio de la Prosperidad» cambia diametralmente el enfoque el enfoque Cristo-céntrico del evangelio en uno eminentemente antropocéntrico (donde el ser humano se convierte en el centro). Tal visión te anima a buscar a Jesucristo con una motivación equivocada. Dicen: «Jesús te sacará de la depresión; Jesús te quitará de la deuda; él te sacará de la crisis; ven a Jesús él te va a prosperar; ¡ven y recibe tú milagro!…».

En resumen, el «Evangelio de la Prosperidad» busca la comodidad, pero rechaza el tormento de la Cruz. Quienes siguen este “evangelio” están más preocupados en sus intereses materiales que en sus decadencias espirituales. Desean una corona sin espinas; llegar al cielo sin pasar por la Cruz. Olvidan que no se puede llegar al Lugar Santísimo sin pasar antes por el altar del sacrificio.

¿Qué pensaría el Job sufriente de este novedoso “evangelio”? ¿Qué diría el apóstol Pablo, con su continuo aguijón en la carne, de esta moderna interpretación del evangelio? ¿Qué pensaría Timoteo con sus continuos dolores de estómago? ¿Cuál sería la opinión de Esteban, el primer mártir de la iglesia, mientras lo apedreaban? ¿Qué pensaría el apóstol Pedro cuando lo crucificaron cabeza abajo? ¿Y Marcos cuando lo despedazaron en Alejandría? ¿Será que le faltó fe a Pablo de Tarso cuando lo decapitaron en Roma? ¿Qué diría el mismo Jesucristo, Dios manifestado en carne, cuando fue azotado y crucificado de la forma más terrible posible cuando apenas tenía treinta y tres años de edad? ¿Evangelio de prospe… qué?

En las siguientes líneas, propondré de forma muy resumida una visión distinta de la prosperidad cristiana. No será una visión novedosa, sino antigua, pues encuentra su fundamento en las Sagradas Escrituras y se halla firmemente anclada al testimonio de Cristo y a la enseñanza apostólica (Hechos 2:42). La prosperidad cristiana no consiste en la mera mejora económica o social de la persona, sino en el fiel cumplimiento de los propósitos divinos a pesar de las adversidades terrenales.

Notad que el apóstol Pablo oraba por un viaje próspero para ir a Roma: «rogando que de alguna manera tenga al fin, por la voluntad de Dios, un próspero viaje para ir a vosotros» (Romanos 1:10). Años después, estando Pablo arrestado en Jerusalén, el Señor le dijo: «Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma» (Hechos 23:11).

¡Genial! Esta era una respuesta a sus oraciones. Tanto tiempo orando por un viaje próspero a Roma y, por fin, habría de tenerlo.

No obstante, tardó aproximadamente 25 años en poder estar allí y, además, llegó en calidad de prisionero (Hechos 28:16-31). Eso después de que lo arrestaran, abofetearan, naufragara y, entre otras cosas, le mordiera una víbora.

—Y, ¿eso es un viaje próspero? —se preguntarán muchos.
Pues sí, aunque este no sea el tipo de prosperidad que suele enseñarse en algunas iglesias.

Durante su estancia como prisionero en Roma, las Sagradas Escrituras nos enseñan que Pablo estaba: «predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento» (Hechos 28:31). Adicionalmente, escribió sus famosas cartas a los efesios, a los filipenses, a los colosenses y a su querido colaborador Filemón. Según el testimonio de su propia mano, muchas personas habían creído a su mensaje; inclusive, los guardias romanos (Filipenses 1:13) y algunos sirvientes de la casa de Cesar, el emperador (Filipenses 4:22). Por si fuera poco, a lo largo de la historia, millones de cristianos nos hemos enriquecido y edificado con sus enseñanzas y, otros, siguen conociendo al Señor a través de sus palabras. ¡Gloria a Dios por prosperar sus propósitos divinos a pesar de las adversidades terrenales!

Considero que esto puede enseñarnos mucho acerca de la verdadera prosperidad cristiana.

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Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

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MÉTODO DE ESTUDIO BÍBLICO

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Nota: Puede descargar este modelo de estudio bíblico en formato PDF, de manera gratuita, aquí: MÉTODOS DE ESTUDIO BÍBLICO (José Daniel Espinosa Contreras).

En este artículo deseo proveer algunas herramientas prácticas y útiles para nuestro estudio bíblico personal. Tenga en cuenta que hay diversas formas de estudiar la Biblia, todas ellas útiles y con sus respectivas ventajas y desventajas. En las siguientes líneas resumo algunos consejos que, en lo personal, me han sido de mucha ayuda. ¡Espero que te sea de bendición! Comencemos:

  • Delimita el texto que vas a estudiar. Un capítulo de cualquier libro de la Biblia puede contener muchos temas e ideas distintas, por lo que deberás acotar el texto en el que quieres centrarte. Por ejemplo, el capítulo 6 de Efesios aborda muchas temáticas diferentes, por lo que no es conveniente mezclar en un solo estudio todas estas ideas. Una buena forma de acotar este capítulo para un estudio más productivo sería delimitar el texto guardando la unidad temática en las divisiones que hagamos. De esta forma:
    • Efesios 6:1-3  Responsabilidad de los hijos
    • Efesios 6:4  Responsabilidad de los padres
    • Efesios 6:5-9  Siervos y amos
    • Efesios 6:10-13  Nuestra lucha no es carnal, sino espiritual
    • Efesios 6:14-17  La armadura de Dios
    • Efesios 6:18-20  Orando en todo tiempo
  • Lee el texto cuidadosamente en, al menos, dos o tres versiones distintas. Ten un tiempo de oración para que Dios te ayude a entender su Palabra con la motivación de aplicarla a tu vida. La Biblia no solo nos ha sido dada para nuestra información, sino para nuestra transformación. Pero ten en cuenta que solo Dios puede darnos la sabiduría espiritual para entenderla. Recuerda lo que Jesús tuvo que hacer con sus discípulos al final de su ministerio para que éstos comprendieran las Escrituras: «Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras» (Lc. 24:45).
  • Determinar el tema principal del texto en cuestión. Esto nos ayudará a entender hacia donde apunta el autor, cuál es el mensaje principal que deseaba transmitir a los destinatarios.
  • Determinar cuál es el propósito del autor al hablar de ese tema. Este segundo punto está estrechamente relacionado con el primero.
  • Determinar cuál es la atmósfera en el que escribió el autor. Trata de concretar el estado de ánimo del autor (urgencia, aliento, entusiasmo, alegría, tensión, cuestionamiento, preocupación, persuasión, humildad, etcétera).
  • Determina el tono que utiliza el autor:
    • Didáctico: de enseñanza
    • Polémico: de debate o discusión
    • Devocional: para inspirar una mayor entrega a Dios
    • Histórica: para narrar un acontecimiento
  • Determina el estilo literario que ha usado el autor original:
    • Poesía: profundamente emocional y personal. Se basa mucho en el paralelismo, como los salmos.
    • Prosa: es una biografía o historia, descrita normalmente en orden cronológico.
    • Discurso: procura hacer fuerte una verdad, en forma lógica y razonada, apelando al intelecto.
    • Parábola: historias normalmente inventadas que transmiten alguna verdad espiritual o enseñanza moral.
    • Revelación: describe visiones según el ojo del observador, a veces cargadas de mucho simbolismo o figuras retóricas.
    • Drama o prosa dramática: relatada en primera persona con la intención de apelar a las emociones.

Dependiendo del estilo o género literario los textos se interpretarán de una u otra forma. Por ejemplo, los Salmos son poesía hebrea, que reflejan las emociones interiores de los autores y que se expresan de una forma muy humana, poética y particular, por lo que no todo puede interpretarse literalmente. Por ejemplo, el Salmo 10:12 dice: «¡Levántate, SEÑOR! ¡Levanta, oh Dios, tu brazo! ¡No te olvides de los indefensos!». Pero ¿acaso Dios está sentado y se ha olvidado de los indefensos? Claro que no, el autor del salmo simplemente clama por una intervención divina ante las injusticias de este mundo.

  • Determinar la estructura del texto. Se trata de descubrir el hilo de pensamiento del autor. Podemos encontrar una o varias ideas principales que, a su vez, pueden tener otras sub-ideas. Para determinar el esqueleto del texto podemos tratar de resumir, en una oración lo más breve posible, el contenido de cada idea nueva que se va presentando en el texto. Una vez hecho esto, podemos analizar si dentro de cada idea hay otras sub-ideas. Por ejemplo, imagina que estamos leyendo Efesios 6. Lo primero que notamos es que los versículos 1 al 3 hablan específicamente a los hijos.

Efe 6:1 Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.

Efe 6:2 Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;

Efe 6:3 para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

El tema principal de este texto es: «la obediencia que los hijos deben a los padres». Tras meditar en el texto en cuestión, podemos ver una estructura clara en estos tres versículos. Vemos 3 puntos principales en este texto:

  1. ¿Qué deben hacer los hijos? «Obedeced en el Señor a vuestros padres» (vs. 1).
  2. ¿Por qué debe hacer esto los hijos? «Porque esto es justo» (vs. 1) y «porque es un mandamiento con promesa» (vs. 2).
  3. ¿Para qué deben hacer esto los hijos? «Para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra» (vs. 3).

¿Cómo hemos visto la estructura en este texto? Este es un ejercicio que requiere práctica, tiempo de reflexión y desarrollar métodos de observación. Algunos consejos que pueden ayudar son los siguientes:

  • Subrayar los verbos encontrados en el texto. Notar cuales son los verbos principales e importantes y cuáles dependen de estos primeros, siendo secundarios.
  • Observar si hay imperativos (órdenes o mandatos).
  • Subrayar los conectores (además, como, pero, y, …) que nos ayudarán a determinar cuáles son las oraciones principales y cuales oraciones son dependientes de las principales.
  • Subrayar las palabras (sustantivos o adjetivos) importantes y consultar un diccionario o léxico.
  • Hacer preguntas al texto: ¿qué está afirmando el texto?; ¿por qué esto es importante?; ¿cómo?; ¿por qué?

 

Una posible estructura de Efesios 6:1-3, con puntos principales y sub-puntos, podría ser la siguiente:

  1. ¿QUÉ DEBEN HACER LOS HIJOS?
  2. ¿POR QUÉ DEBEN HACER ESTO LOS HIJOS?
    1. Porque es justo
    2. Porque es un mandato con promesa
  3.  ¿PARA QUÉ DEBEN HACER ESTO LOS HIJOS?
    1. Para que les vaya bien
    2. Para que tengan “larga” vida.

 

  • Busca respaldo a las enseñanzas principales de este texto en otras partes de la Biblia. Esto confirmará que nuestras conclusiones no son particulares, sino avaladas por Dios en su Palabra.
  • Busca aplicaciones: ¿Cómo me afecta esto a mí?; ¿qué me dice este pasaje?; ¿cómo puedo obedecer esto de formas prácticas?; ¿cómo aplico esto a mi vida?, ¿y en la iglesia?, ¿y en mi matrimonio o familia?

    Puede descargar este modelo de estudio bíblico en formato PDF, de manera gratuita, aquí: MÉTODOS DE ESTUDIO BÍBLICO (José Daniel Espinosa Contreras).

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    Con sincero afecto en Cristo:
    José Daniel Espinosa.

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La Escritura y la Tradición

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INTRODUCCIÓN

Cuáles y cuántas fuentes de revelación divina existen ha sido uno de los temas más controversiales entre la teología católico-romana y la teología protestante ortodoxa. De hecho, la identidad de la Iglesia de Roma como la de la Iglesia Protestante depende en gran manera de su posición al respecto. También, este aspecto es uno de los principales obstáculos para el diálogo ecuménico entre Roma y las Iglesias Protestantes.

La Iglesia de Roma asume dos fuentes de revelación divina: la Escritura y la Tradición.[1] Por su parte, los protestantes consideran que la Biblia, y sólo ella, contiene la revelación de Dios necesaria para la salvación. Además, las Escrituras serían la única fuente de doctrina cristiana, ya que los otros medios de revelación divina ya cesaron y los que hoy continúan, como la revelación natural, no son suficientes para adquirir el conocimiento de Dios necesario para la salvación.[2] De aquí surgió el principio formal de la Reforma; Sola Scriptura.

Por estas y otras razones, se hace necesario esclarecer el fundamento de dichos posicionamientos, así como sus significados e implicaciones para el cristianismo. Trataremos de dilucidar cuál o cuáles deben ser las fuentes de revelación para la vida cristiana.

  1. POSICIÓN CATÓLICO-ROMANA SOBRE LAS FUENTES DE REVELACIÓN

La Tradición y las Escrituras fueron declaradas las dos fuentes de revelación en el Concilio de Trento, específicamente en la cuarta sesión celebrada el 8 de abril de 1546.[3] Las Escrituras estarían compuestas por el canon alejandrino –que incluye los libros del Antiguo Testamento considerados «apócrifos» por los protestantes–. La Tradición sería la enseñanza transmitida oralmente de una generación a otra; principalmente, por medio de los apóstoles y, luego, a la iglesia.

Roma argumenta que la Escritura no es suficiente, puesto que abre las puertas a toda clase de dudas y posiciones subjetivas. Como prueba de ello señalan que sólo podríamos creer con seguridad en la inspiración total de las Escrituras, en su infalibilidad, en su canonicidad, etcétera, si se tiene en cuenta la Tradición conservada por los Santos Padres y el Magisterio de la Iglesia, ya que la Biblia no habla claramente de ello.[4] C. H. Dodd reconoce que: «la exigencia de una absoluta libertad de interpretación abría la puerta a innumerables aberraciones. Un ejemplo extremo lo tenemos en la utilización de los oscuros escritos «apocalípticos», tales como el libro de Daniel en el Antiguo Testamento y el Apocalipsis en el Nuevo, que se convirtieron en el escenario autorizado de toda fantasía».[5]

Por otro lado, como bien señala Lacueva, existen dos tipos de Tradición: la constitutiva y la interpretativa. La primera es de la que venimos hablando en párrafos anteriores, mientras que la segunda es, según Roma, la única interpretación legítima de la primera.[6]

Además, la teología romanista apunta que esta autoridad de la Tradición es infalible, pues:

Según la carta de san Pablo a Timoteo, la Iglesia es el pilar y la base de la verdad; los apóstoles y, consecuentemente, sus sucesores, tienen el derecho de imponer su doctrina. Quienes la rechazan serán condenados. Quienquiera que la rechace ha naufragado en la fe. La autoridad es, por tanto, infalible. Y tal infalibilidad está garantizada implícita pero directamente en la promesa del Salvador: “Miren, estoy con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos”. En breve, la Iglesia continúa la misión de Cristo de enseñar, así como la misión de santificar. Su poder es la misma que Él recibió de su padre, y así como Él vino lleno tanto de gracia como de verdad, la Iglesia es una institución de verdad y de gracia. Su doctrina debe ser extendida por todo el mundo a pesar de tantas dificultades.[7]

Así, el Catecismo de la Iglesia Católica asevera que: «para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, ‘dejándoles su cargo en el magisterio’».[8]

2. POSICIÓN PROTESTANTE SOBRE LAS FUENTES DE REVELACIÓN

La posición protestante podría resumirse en las palabras de Samuel Vila cuando dice: «…nunca damos a la tradición humana el mismo valor que a la Sagrada Escritura, y rechazamos toda insinuación o enseñanza, aun cuando fuere de siglos más o menos cercanos a la época apostólica, si las tales enseñanzas se hallan en oposición con lo que los propios apóstoles del Señor nos dejaron escrito en las sagradas páginas del Nuevo Testamento».[9]

Es menester reconocer que la tarea encomendada por Jesús a los apóstoles no fue la de escribir una serie de cartas que, posteriormente, formarían lo que hoy conocemos como Nuevo Testamento; sino la de «proclamar» o «predicar» el Evangelio (Marcos 16:15; Mateo 16:7). La Tradición Oral fue el primer medio de enseñanza apostólica y, evidentemente, ésta gozó de una total autoridad. Sin embargo, cuando los primeros escritos apostólicos fueron escritos éstos gozaron de una análoga autoridad a la tradición oral. Ejemplo de ello es el texto de Pablo a los tesalonicenses en su segunda carta: «Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra» (2 Tesalonicenses 2:15). Sin embargo, la tradición oral de los apóstoles tenía autoridad porque Cristo les había otorgado esta prerrogativa a ellos. Ellos, junto con los profetas de antaño, serían quienes establecieran los fundamentos de la fe (Efesios 2:20), sobre los que la Iglesia debía y debe ser edificada. Por tanto, sería la tradición oral de los apóstoles y los escritos apostólicos el depósito de fe al que el incipiente cristianismo debía de sujetarse (2 Timoteo 1:14).

En Judas 3 encontramos una exhortación a luchar por la «fe» (cuerpo de doctrina) entregado de una vez por todas a los santos: «Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos». Ésta es la única Tradición que podemos aceptar como protestantes y no aquella que pretende tener semejante autoridad tras el fin de la era apostólica. José Grau afirma que: «La tradición de la que habla el Nuevo Testamento no es, pues, una corriente desbocada que se origina en los grandes acontecimientos redentores y que luego fluye incesantemente como la fe o la teología de la Iglesia. La tradición es una proclamación autorizada, confiada a los apóstoles como testigos de Cristo y como fundamentos de la Iglesia».[10]

De hecho, si la tradición apostólica constitutiva siguiera vigente sería la Iglesia –mejor dicho, el Magisterio Eclesiástico– la que gozaría de dicha autoridad y prerrogativa de infalibilidad. Entonces, ya no sería la Biblia la que iluminara a la Iglesia, sino que sería la Iglesia la que, por medio del Magisterio, ilumina la Biblia; poniéndose así, inevitablemente, por encima de ella. Ésta fue la razón por la que algunas confesiones reformadas declararon que: «La regla infalible de interpretación de la Escritura es la propia Escritura; y por consiguiente. Cuando hay dificultad respecto al sentido verdadero y pleno de un pasaje cualquiera (sentido que no es múltiple, sino único) éste se debe buscar y establecer con la ayuda de otros pasajes que hablen con más claridad».[11] Y en el siguiente punto añade: «El Juez Supremo, por quien deben decidirse todas las controversias religiosas, y todos los decretos de concilios, opiniones de antiguos autores, y doctrinas de hombres y espíritus individuales deben ser examinados, y en cuya sentencia debemos descansar, no es otro que el Espíritu Santo, que habla en la Escritura».[12]

En este sentido, si, como afirma la Iglesia de Roma, sólo podemos tener confianza en el canon o en la infalibilidad de la Escritura por el Magisterio de la Iglesia, cabría preguntarse: ¿declararía la Iglesia de Roma al Evangelio de Mateo como canónico porque éste contenía un texto aparentemente a su favor? –en referencia a Mateo 16:18, «tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia»–. Este razonamiento evocaría a una respuesta argumentativa circular y falaz, en la que la Iglesia Católica conferiría autoridad y validez únicamente a aquellos escritos que le confieren autoridad a ella (la Iglesia de Roma).

No obstante, es necesario reconocer que «el libre pensamiento» al que ha dado lugar la Reforma conlleva una serie de graves peligros si no se crea una especie de filtro. Con razón el reformador Samuel Werenfels dijo: «Hic liber est in quo quaerit sua dogmata quisque, invenit et pariter dogmata quisque sua» («Es este un libro en que cada uno busca sus dogmas y, de igual manera, encuentra sus propios dogmas»).

Como el teólogo Juan Stam señala, la idea de la «Sola Scriptura» no era la de prescindir del estudio serio y crítico de las Escrituras, de la razón o de cualquier otro estudio importante, pues:

Queda claro que la “sola scriptura” no significa que conocemos la verdad sólo por la Biblia o que todo lo demás no importa. ¿Quién podría entender el éxodo sin saber algo de Egipto, o el exilio de los judíos sin saber algo de Asiria y Babilonia? Un famoso fundamentalista, R.A. Torrey, dijo sabiamente, “Quien conoce sólo la Biblia, no conoce la Biblia”. Por eso, Lutero apela a las escrituras, pero también a “razones claras” y a la conciencia. Después una correlación similar iba a ampliarse en “el cuadrilátero wesleyano” (escritura, tradición, razón, experiencia).[13]

Evidentemente, la autoridad de la Escritura debe estar por encima de cualquier pretensión de autoridad de una persona o institución, y debe ser la Biblia quien ilumine a la Iglesia. No obstante, la interpretación de las Escrituras no debe ser particular o antojadiza, sino crítica y seria. Podemos servirnos de la tradición, pero siempre como «sierva» (al servicio) de la Escritura y nunca por encima de ella. Confesamos, por tanto, que la Biblia es suficiente (2 Timoteo 3:15-17; 2 Pedro 1:19; Salmos 19:7-9).

El ex-católico y converso al protestantismo José Grau escribió:

“La Reforma no trajo un evangelio «protestante», sino el Evangelio de la Iglesia de todas las edades. El principal apoyo, lo hallaron los reformadores en las Escrituras, pero siempre que pudieron citaron a los padres de la antigua Iglesia en su apoyo. […] Toda afirmación importante de la Reforma hallaba considerable apoyo en la tradición antigua de la iglesia católica.”[14]

Como joven protestante he de reconocer que amo la tradición y reconozco un gran valor en ella. La fe cristiana es una fe histórica, por tanto, sus creencias deben hallar un considerable respaldo en la tradición histórica de la iglesia. El apóstol enseñó que la iglesia sería “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). Nuestra fe no es una fe particular, novedosa o ajena al mensaje apostólico, sino que debe estar fundamentada en las Escrituras y en el consenso histórico y general de la iglesia. Quienes subestiman o infravaloran la tradición desconocen por completo la historicidad de la fe cristiana.

 CONCLUSIÓN

Tras el análisis anterior, no podemos colegir que la autoridad que Roma ha otorgado a la Tradición sea bíblicamente legítima, sino, más bien, todo lo contrario. La «Sola Scriptura» es una garantía de que nada que se halle en oposición a las enseñanzas de Cristo y los apóstoles sea finalmente considerado un dogma por la Iglesia. De lo contrario, podremos caer en el error de aquellos judíos que tanto se adherían a las tradiciones en tiempo de Jesús, «Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres» (Marcos 7:7-8a).

Una sumisión ciega al Magisterio de la Iglesia coacciona la libertad; promueve una rígida uniformidad, reservas mentales por parte de los más críticos; impide una honesta y novedosa formulación teológica por parte de teólogos particulares, etc.

En resumen, concluimos que es un grave error situar la tradición al mismo nivel que la Escritura; no obstante, creemos que la tradición tiene un papel significativo e importante que no debe ser minusvalorado.

Con sincero afecto:
José Daniel Espinosa Contreras.

BIBLIOGRAFÍA

[1] Así queda reflejado en el Catecismo de la Iglesia Católica, artículo dos.

[2] Esta línea de pensamiento reformadora puede comprobarse en la Confesión de Fe de Westminster y Catecismo Menor, capítulo I: De las Santas Escrituras (Confesión de fe de Westminster y Catecismo Menor. Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 1988, pp. 7-11).

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Concilio_de_Trento#Acuerdos_adoptados_en_las_sesiones [En línea: consultado el 22 de octubre de 2015].

[4] Véase la Enciclopedia Católica Digital: http://ec.aciprensa.com/wiki/Tradici%C3%B3n_y_Magisterio_Vivo [En línea: consultado el 26 de octubre de 2015].

[5] DODD, CHARLES HAROLD. La Biblia y el hombre de hoy. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1973, p. 37.

[6] LACUEVA, FRANCISCO. Catolicismo romano. Barcelona: Editorial CLIE, 1989, p. 53.

[7] Enciclopedia Católica Digital: http://ec.aciprensa.com/wiki/Tradici%C3%B3n_y_Magisterio_Vivo [En línea: consultado el 26 de octubre de 2015].

[8] Consúltese el artículo II, sobre La transmisión de la revelación divina, del Catecismo de la Iglesia Católica.

[9] VILA, SAMUEL. A las fuentes del cristianismo. Barcelona: T.S.E.L.F., 1989, p. 143.

[10] GRAU, JOSÉ. El fundamento apostólico. Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas, 1973, p. 57.

[11] Confesión de fe de Westminster y Catecismo Menor. Barcelona: El Estandarte de la Verdad, 1988, p. 11.

[12] Íbid.

[13] http://www.lupaprotestante.com/blog/la-reforma-y-la-iglesia-protestante-de-hoy-2/ [En línea: consultado el 27 de octubre de 2015].

[14] GRAU, JOSÉ. Catolicismo Romano: Orígenes y desarrollo. 2ª edición actualizada de «Concilios» Tomo I. Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas, 1987, p. 532.

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