Job, el Corán y la revelación progresiva de las Sagradas Escrituras

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Un amigo me preguntaba estos días cómo entendía yo el libro de Job. Deseaba entender cómo aquel de quien dice Job: «¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?» (Job 2:10) encaja con el Dios revelado en Cristo; un Dios que lucha contra el mal.

Copio aquí mi respuesta a su pregunta, por si pudiera ser de ayuda para otros:

A diferencian del islam, que entiende su libro sagrado como la revelación de la palabra eterna, increada y nada humana de Dios, los cristianos vemos a las Sagradas Escrituras como la revelación progresiva que Dios ha ido dando al hombre. Y es progresiva por cuanto ha ido de “menos” a “más”. Esto quiere decir que no habían recibido la misma luz o revelación Moisés que el apóstol Pablo; ni Job (primer libro de la Biblia) que el apóstol Juan (escritor de los últimos libros canónicos del cristianismo).

Puesto que la inspiración divina no omite la parte humana y cultural de las Escrituras, los lectores podemos percatarnos que los autores bíblicos, especialmente los del Antiguo Testamento, escriben a la luz de la incompleta revelación que habían recibido.

Por ejemplo, ninguno de los textos del Antiguo Testamento que se escribe antes del siglo VI a. C. menciona la idea de una resurrección futura, de hecho, presupone lo contrario, el fin de la existencia. ¿Cómo se explica esto? La revelación progresiva es la respuesta. Estos escritores bíblicos no habían entendido aún que sí habrá una esperanza futura más allá de la muerte. Lo mismo sucede con otras doctrinas importantes como, por ejemplo, con la Trinidad.

Entender esto debería hacernos ser sumamente cuidadosos a la hora de leer e interpretar las Escrituras. Pero, si la revelación es progresiva, ¿cuál es la clave para interpretar las Escrituras de una manera correcta? Cristo.

Cristo es Dios manifestado en carne (1 Ti. 3:16), la imagen misma de Su Ser (He. 1:3). No hay revelación más clara de Dios y de Su Voluntad, que aquella que vemos a través de Jesucristo. Por tanto, cuando tu concepto de Dios se nuble por las teologías baratas e insensibles de nuestro tiempo, cuando te sientas confundido por no entender como encajan ciertos textos de la Escritura, entonces, mira a Cristo. Él es la clave interpretativa de la Historia de la Salvación. Todo lo que no encaje con Él sólo son interpretaciones de hombres; hombres que trataban de entender a Dios a la luz de la incompleta revelación que habían recibido, revelación que llegó a su culmen en Jesucristo. Por tanto, me atrevo a decir aquello que escribía un reconocido teólogo: «dime cuál es tu Cristología, y te diré quién eres». Del concepto que nos hallamos formado de Cristo dependerá nuestra relación con Dios, con su Palabra y con el hombre.

En el caso de Job, vemos a un hombre realmente devoto y piadoso, que ama a Dios con absoluta sinceridad. Todos debemos aprender de esto. Pero también vemos a un hombre que ha recibido una revelación muy limitada y que interpreta sus circunstancias a la luz de su limitada comprensión de Dios. Era común en Medio Oriente interpretar todos los acontecimientos en clave determinista. De hecho, esta doctrina sigue siendo muy importante en la tradición musulmana. Mira lo que dice el musulmán Al-Tahawi: «Todas las cosas ocurren conforme a Su predestinación y a Su voluntad. Su voluntad es destino, los siervos no tienen voluntad excepto la que Él ha querido para ellos, lo que ha querido para ellos: sucede, y lo que no ha querido: no sucede». Esta mentalidad fatalista es la que impregnaba la cultura de aquel tiempo. Por eso Job entiende que todo lo malo proviene de Dios (Job 2:10). Nota que Job, a diferencia de los profetas, no presume de escribir su libro en base a una revelación directa de Dios o de una vivencia sobrenatural. Él, como los sabios del Antiguo Testamento, escribe a la luz de su experiencia personal, de las enseñanzas reiteradas de la tradición a través de las generaciones y de su contexto cultural particular. Las intenciones de Job al escribir su obra (si es que realmente es Job quien lo escribe) es criticar un sistema de pensamiento muy extendido en su tiempo y que parece defenderse incluso en otras partes de las Escrituras: la justicia retributiva.

Los amigos de Job creían que toda acción justa conforme a la ley de Dios daría como resultado consecuencias positivas y favorables, mientras que toda mala conducta resultaría necesariamente en castigo y aflicción. Convirtieron esta creencia en un absoluto, en un dogma sin limitaciones, pues no estaban dispuestos a dejar un margen para la incertidumbre. No podían admitir que su manera de entender las cosas tuviera limitaciones. La postura de ellos, que también se encuentra a lo largo del Antiguo Testamento, no es ajena a la creencia de otras religiones orientales. Guarda algunas similitudes con la doctrina de Karma en las religiones dhármicas.

De hecho, la creencia determinista de aquel tiempo fue lo que llevó a los amigos de Job a dudar de santidad y piedad de él. Si Dios es el causante de todas las cosas (incluso lo malo), pero Dios es justo, entonces algo habrá hecho Job para merecer esto —pensaban ellos. Pero Job no estaba dispuesto a sostener este sistema teológico. Quizá no era perfecto, pero no era peor que los demás. De ahí su interés en los primeros versículos del capítulo primero de demostrar su bondad humana. Si él merecía un castigo, ¿cómo podía Dios justificar que tanta gente malvada no fuera castigada de una forma tan horrible como la de él? Sin duda, algo fallaba en esta teología y, él, no estaba dispuesto a asumirla.

El autor de Job hace una excelente crítica al pensamiento tradicional, su libro es toda una obra de arte desde cualquier punto de vista que se mire, pero también da muestras de que la revelación que él había recibido no era completa.

Por eso debemos leer a Job, al igual que toda la Escritura, a través de Cristo. Y en Cristo queda superada esa imagen determinista/fatalista de Dios. En Cristo, vemos al Dios que lucha contra el mal (¡no el que lo crea!); que se opone a las injusticias de su tiempo; que trabaja por implantar la justicia social, la paz verdadera; que le conmueve ver el sufrimiento de las personas y, por ende, afirma que se ha revelado para que tengamos vida, vida en abundancia.

También sabemos que Cristo siempre hizo la voluntad del Padre, por lo que no nos cabe duda de que Dios está a favor nuestra, a nuestro lado; junto a los pobres, junto a los que buscan la justicia y luchan contra el mal. Sí, contra el «dios» de la filosofía del designio absoluto.

Definitivamente, el Dios revelado en Cristo no es aquel en quien tiene origen el mal, ni mucho menos quien lo envía. Al contrario, como dijo el medio hermano de Jesús, Santiago: «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación» (Santiago 1:17).

Para profundizar más en el libro de Job y en su contexto socio-cultural recomiendo la lectura del Comentario del Contexto Cultural de la Biblia: Antiguo Testamento, escrito por John H. Walton, Victor H. Matthews y Mark W. Chavalas.

Deseando ser de bendición,

José Daniel Espinosa.

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La espiritualidad cristiana

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Ahondar en el conocimiento de la espiritualidad cristiana nos ayudará a conocer como el Espíritu Santo obra para santificación en la vida de los cristianos. La meta del creyente en Cristo es ser «perfecto», tal como el Padre celestial lo es (Mateo 5:48). Pero alcanzar este objetivo es un proceso que dura toda la vida. Y este proceso solo se desarrollará de una manera correcta cuando abogemos por una genuina y precisa espiritualidad cristiana.

En la espiritualidad cristiana dos factores deben ser tenidos en cuenta: los principios doctrinales contenidos en la Sagrada Escritura —fuente principal de la espiritualidad cristiana— y los datos experimentales, entre los cuales no debe haber contradicción alguna. Doctrina y experiencia deben ir de la mano. Solo una doctrina verdadera puede producir una experiencia genuina. Un desmedido énfasis en la experiencia, minusvalorando el valor del conocimiento doctrinal, nos conduce a un inevitable fideísmo experiencial, sujeto a las modas cambiantes. Sin embargo, a menudo encontramos a creyentes que se glorían en su conocimiento, pero manifiestan un gran vacío de experiencia y de piedad. En este sentido, Teresa de Ávila afirmaba: «No diré cosa que no lo haya experimentado mucho».[1]

La genuina espiritualidad cristiana es aquella que inexorablemente avanza con el tiempo hacia la madurez; hasta llegar a ser adultos en Cristo. Y para avanzar rectamente por este camino, sin desviarnos a diestra o siniestra, el creyente debe avanzar guardando un ritmo, un orden y una armonía entre: el conocimiento de Dios; la experiencia percibida en lo interior, pero que no se reduce meramente a lo personal sino que, como garantía de su veracidad, se extiende y empuja a la transformación de este mundo roto y; la piedad, esa continua liberación del pecado personal y estructural que nos lleva a la obediencia, a ser como Cristo.

Las Sagradas Escrituras enseñan que la espiritualidad cristiana comienza cuando el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, hace del creyente su habitáculo. Dios concede, a aquellos que son sus hijos por la fe, su Espíritu (Romanos 5:5) y desde ese momento comienza una obra progresiva de perfeccionamiento moral y espiritual —deificación— que se consumará en el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).

Los medios primordiales para crecer en la espiritualidad cristiana son la oración (1 Tesalonicenses 5:17), la meditación y obediencia a la ley de Dios (1 Juan 2:5; 3:24), el culto (Hechos 2:42-44; Hebreos 10:25), la abnegación (1 Pedro 2:11; Hebreos 11:25) y ejercer todas las virtudes bajo el impulso del amor (1 Corintios 16:14; Colosenses 3:14; 1 Juan 4:16). Quien no se esfuerza en ejercer estas disciplinas, no podrá crecer en espiritualidad. Que la espiritualidad del cristiano sea una obra del Espíritu no implica el quietismo humano. La espiritualidad, por tanto, es una sinergia, la colaboración del don gratuito de Dios con el esfuerzo voluntario y responsable del creyente.

Por otro lado, la espiritualidad del cristiano debe manifestarse a todos los niveles, es decir, no solamente al espíritu, sino también al cuerpo; no únicamente al plano intelectual y volitivo, sino también a las emociones. Quien presume de una espiritualidad que no se manifiesta en su cuerpo, intelecto y emociones, en realidad, carece de toda espiritualidad verdadera. La espiritualidad no es algo meramente subjetivo y abstracto, sino evidenciable y, de alguna manera, medible. También aquí es aplicable el dicho de Jesús: «por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:20).

Es importante señalar que no todas las manifestaciones aparentemente espirituales lo son realmente. Note que la iglesia de Corinto se jactaba de lo que, a simple vista, podría parecer la manifestación de unos verdaderos dones espirituales. Sin embargo, en la misma carta, el apóstol llama a los hermanos de aquella congregación «niños en Cristo» (1 Corintios 12:8-10) y «carnales» (14:20). De hecho, los «frutos» no evidenciaban ser espirituales, pues se peleaban entre ellos (1:10-11), se emborrachaban en la cena del Señor (11:21), permitían el adulterio (capítulo 5) y tenían problemas de doctrina (capítulo 15). Por tanto, debemos ejercitarnos en el discernimiento del bien y del mal, para someter a prueba nuestra propia espiritualidad (Filipenses 1:9).

Por último, cabría destacar que la espiritualidad cristiana no está limitada a un espacio o tiempo concreto. El apóstol Pablo enseña que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19). Esto significa que el Espíritu está en nosotros de forma permanente, por lo que somos seres espirituales todo el tiempo. Uno es espiritual cuando está escudriñando las Escrituras, pero también cuando lee literatura secular; cuando acude al culto dominical, pero también cuando también cuando está viendo el televisor. Es por esta razón que el apóstol comentaba que ya sea que comamos o que bebamos, o hagamos cualquier otra cosa —por muy «secular» que nos parezca—, debemos hacerlo todo para la gloria de Dios, esto es, en el Espíritu (1 Corintios 10:31).

Entender esto nos ayudará a superar el tópico e infantil pensamiento de que uno solo es espiritual cuando está leyendo la Biblia u orando. Comprender que somos seres espirituales todo el tiempo nos permitirá buscar la dependencia constante de Dios a través de su Espíritu y no solo en momentos puntuales para acallar nuestras conciencias. Vivir en el Espíritu debe ser nuestra dinámica de vida. «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Romanos 8:9).

¡Que el Señor nos ayude a cultivar nuestra espiritualidad cristiana para ser más semejantes a Cristo!
Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

[1] Cf. Vida 18,7.

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La prosperidad cristiana

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La teología de la prosperidad, conocida también como «Evangelio de la Prosperidad», es la creencia religiosa que afirma que la bendición financiera y el bienestar físico son la voluntad de Dios para toda persona. Este movimiento tuvo una amplia difusión en los Estados Unidos a mediados del siglo XX, extendiéndose progresivamente por el resto del mundo a través del tele-evangelismo. Para quienes así creen, un cristiano pobre o en enfermedad es una contradicción. Ellos enfatizan el empoderamiento personal e interpretan la obra redentora de Cristo en clave de prosperidad material. El «Evangelio de la Prosperidad» cambia diametralmente el enfoque el enfoque Cristo-céntrico del evangelio en uno eminentemente antropocéntrico (donde el ser humano se convierte en el centro). Tal visión te anima a buscar a Jesucristo con una motivación equivocada. Dicen: «Jesús te sacará de la depresión; Jesús te quitará de la deuda; él te sacará de la crisis; ven a Jesús él te va a prosperar; ¡ven y recibe tú milagro!…».

En resumen, el «Evangelio de la Prosperidad» busca la comodidad, pero rechaza el tormento de la Cruz. Quienes siguen este “evangelio” están más preocupados en sus intereses materiales que en sus decadencias espirituales. Desean una corona sin espinas; llegar al cielo sin pasar por la Cruz. Olvidan que no se puede llegar al Lugar Santísimo sin pasar antes por el altar del sacrificio.

¿Qué pensaría el Job sufriente de este novedoso “evangelio”? ¿Qué diría el apóstol Pablo, con su continuo aguijón en la carne, de esta moderna interpretación del evangelio? ¿Qué pensaría Timoteo con sus continuos dolores de estómago? ¿Cuál sería la opinión de Esteban, el primer mártir de la iglesia, mientras lo apedreaban? ¿Qué pensaría el apóstol Pedro cuando lo crucificaron cabeza abajo? ¿Y Marcos cuando lo despedazaron en Alejandría? ¿Será que le faltó fe a Pablo de Tarso cuando lo decapitaron en Roma? ¿Qué diría el mismo Jesucristo, Dios manifestado en carne, cuando fue azotado y crucificado de la forma más terrible posible cuando apenas tenía treinta y tres años de edad? ¿Evangelio de prospe… qué?

En las siguientes líneas, propondré de forma muy resumida una visión distinta de la prosperidad cristiana. No será una visión novedosa, sino antigua, pues encuentra su fundamento en las Sagradas Escrituras y se halla firmemente anclada al testimonio de Cristo y a la enseñanza apostólica (Hechos 2:42). La prosperidad cristiana no consiste en la mera mejora económica o social de la persona, sino en el fiel cumplimiento de los propósitos divinos a pesar de las adversidades terrenales.

Notad que el apóstol Pablo oraba por un viaje próspero para ir a Roma: «rogando que de alguna manera tenga al fin, por la voluntad de Dios, un próspero viaje para ir a vosotros» (Romanos 1:10). Años después, estando Pablo arrestado en Jerusalén, el Señor le dijo: «Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma» (Hechos 23:11).

¡Genial! Esta era una respuesta a sus oraciones. Tanto tiempo orando por un viaje próspero a Roma y, por fin, habría de tenerlo.

No obstante, tardó aproximadamente 25 años en poder estar allí y, además, llegó en calidad de prisionero (Hechos 28:16-31). Eso después de que lo arrestaran, abofetearan, naufragara y, entre otras cosas, le mordiera una víbora.

—Y, ¿eso es un viaje próspero? —se preguntarán muchos.
Pues sí, aunque este no sea el tipo de prosperidad que suele enseñarse en algunas iglesias.

Durante su estancia como prisionero en Roma, las Sagradas Escrituras nos enseñan que Pablo estaba: «predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento» (Hechos 28:31). Adicionalmente, escribió sus famosas cartas a los efesios, a los filipenses, a los colosenses y a su querido colaborador Filemón. Según el testimonio de su propia mano, muchas personas habían creído a su mensaje; inclusive, los guardias romanos (Filipenses 1:13) y algunos sirvientes de la casa de Cesar, el emperador (Filipenses 4:22). Por si fuera poco, a lo largo de la historia, millones de cristianos nos hemos enriquecido y edificado con sus enseñanzas y, otros, siguen conociendo al Señor a través de sus palabras. ¡Gloria a Dios por prosperar sus propósitos divinos a pesar de las adversidades terrenales!

Considero que esto puede enseñarnos mucho acerca de la verdadera prosperidad cristiana.

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Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

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MÉTODO DE ESTUDIO BÍBLICO

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Nota: Puede descargar este modelo de estudio bíblico en formato PDF, de manera gratuita, aquí: MÉTODOS DE ESTUDIO BÍBLICO (José Daniel Espinosa Contreras).

En este artículo deseo proveer algunas herramientas prácticas y útiles para nuestro estudio bíblico personal. Tenga en cuenta que hay diversas formas de estudiar la Biblia, todas ellas útiles y con sus respectivas ventajas y desventajas. En las siguientes líneas resumo algunos consejos que, en lo personal, me han sido de mucha ayuda. ¡Espero que te sea de bendición! Comencemos:

  • Delimita el texto que vas a estudiar. Un capítulo de cualquier libro de la Biblia puede contener muchos temas e ideas distintas, por lo que deberás acotar el texto en el que quieres centrarte. Por ejemplo, el capítulo 6 de Efesios aborda muchas temáticas diferentes, por lo que no es conveniente mezclar en un solo estudio todas estas ideas. Una buena forma de acotar este capítulo para un estudio más productivo sería delimitar el texto guardando la unidad temática en las divisiones que hagamos. De esta forma:
    • Efesios 6:1-3  Responsabilidad de los hijos
    • Efesios 6:4  Responsabilidad de los padres
    • Efesios 6:5-9  Siervos y amos
    • Efesios 6:10-13  Nuestra lucha no es carnal, sino espiritual
    • Efesios 6:14-17  La armadura de Dios
    • Efesios 6:18-20  Orando en todo tiempo
  • Lee el texto cuidadosamente en, al menos, dos o tres versiones distintas. Ten un tiempo de oración para que Dios te ayude a entender su Palabra con la motivación de aplicarla a tu vida. La Biblia no solo nos ha sido dada para nuestra información, sino para nuestra transformación. Pero ten en cuenta que solo Dios puede darnos la sabiduría espiritual para entenderla. Recuerda lo que Jesús tuvo que hacer con sus discípulos al final de su ministerio para que éstos comprendieran las Escrituras: «Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras» (Lc. 24:45).
  • Determinar el tema principal del texto en cuestión. Esto nos ayudará a entender hacia donde apunta el autor, cuál es el mensaje principal que deseaba transmitir a los destinatarios.
  • Determinar cuál es el propósito del autor al hablar de ese tema. Este segundo punto está estrechamente relacionado con el primero.
  • Determinar cuál es la atmósfera en el que escribió el autor. Trata de concretar el estado de ánimo del autor (urgencia, aliento, entusiasmo, alegría, tensión, cuestionamiento, preocupación, persuasión, humildad, etcétera).
  • Determina el tono que utiliza el autor:
    • Didáctico: de enseñanza
    • Polémico: de debate o discusión
    • Devocional: para inspirar una mayor entrega a Dios
    • Histórica: para narrar un acontecimiento
  • Determina el estilo literario que ha usado el autor original:
    • Poesía: profundamente emocional y personal. Se basa mucho en el paralelismo, como los salmos.
    • Prosa: es una biografía o historia, descrita normalmente en orden cronológico.
    • Discurso: procura hacer fuerte una verdad, en forma lógica y razonada, apelando al intelecto.
    • Parábola: historias normalmente inventadas que transmiten alguna verdad espiritual o enseñanza moral.
    • Revelación: describe visiones según el ojo del observador, a veces cargadas de mucho simbolismo o figuras retóricas.
    • Drama o prosa dramática: relatada en primera persona con la intención de apelar a las emociones.

Dependiendo del estilo o género literario los textos se interpretarán de una u otra forma. Por ejemplo, los Salmos son poesía hebrea, que reflejan las emociones interiores de los autores y que se expresan de una forma muy humana, poética y particular, por lo que no todo puede interpretarse literalmente. Por ejemplo, el Salmo 10:12 dice: «¡Levántate, SEÑOR! ¡Levanta, oh Dios, tu brazo! ¡No te olvides de los indefensos!». Pero ¿acaso Dios está sentado y se ha olvidado de los indefensos? Claro que no, el autor del salmo simplemente clama por una intervención divina ante las injusticias de este mundo.

  • Determinar la estructura del texto. Se trata de descubrir el hilo de pensamiento del autor. Podemos encontrar una o varias ideas principales que, a su vez, pueden tener otras sub-ideas. Para determinar el esqueleto del texto podemos tratar de resumir, en una oración lo más breve posible, el contenido de cada idea nueva que se va presentando en el texto. Una vez hecho esto, podemos analizar si dentro de cada idea hay otras sub-ideas. Por ejemplo, imagina que estamos leyendo Efesios 6. Lo primero que notamos es que los versículos 1 al 3 hablan específicamente a los hijos.

Efe 6:1 Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.

Efe 6:2 Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;

Efe 6:3 para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

El tema principal de este texto es: «la obediencia que los hijos deben a los padres». Tras meditar en el texto en cuestión, podemos ver una estructura clara en estos tres versículos. Vemos 3 puntos principales en este texto:

  1. ¿Qué deben hacer los hijos? «Obedeced en el Señor a vuestros padres» (vs. 1).
  2. ¿Por qué debe hacer esto los hijos? «Porque esto es justo» (vs. 1) y «porque es un mandamiento con promesa» (vs. 2).
  3. ¿Para qué deben hacer esto los hijos? «Para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra» (vs. 3).

¿Cómo hemos visto la estructura en este texto? Este es un ejercicio que requiere práctica, tiempo de reflexión y desarrollar métodos de observación. Algunos consejos que pueden ayudar son los siguientes:

  • Subrayar los verbos encontrados en el texto. Notar cuales son los verbos principales e importantes y cuáles dependen de estos primeros, siendo secundarios.
  • Observar si hay imperativos (órdenes o mandatos).
  • Subrayar los conectores (además, como, pero, y, …) que nos ayudarán a determinar cuáles son las oraciones principales y cuales oraciones son dependientes de las principales.
  • Subrayar las palabras (sustantivos o adjetivos) importantes y consultar un diccionario o léxico.
  • Hacer preguntas al texto: ¿qué está afirmando el texto?; ¿por qué esto es importante?; ¿cómo?; ¿por qué?

 

Una posible estructura de Efesios 6:1-3, con puntos principales y sub-puntos, podría ser la siguiente:

  1. ¿QUÉ DEBEN HACER LOS HIJOS?
  2. ¿POR QUÉ DEBEN HACER ESTO LOS HIJOS?
    1. Porque es justo
    2. Porque es un mandato con promesa
  3.  ¿PARA QUÉ DEBEN HACER ESTO LOS HIJOS?
    1. Para que les vaya bien
    2. Para que tengan “larga” vida.

 

  • Busca respaldo a las enseñanzas principales de este texto en otras partes de la Biblia. Esto confirmará que nuestras conclusiones no son particulares, sino avaladas por Dios en su Palabra.
  • Busca aplicaciones: ¿Cómo me afecta esto a mí?; ¿qué me dice este pasaje?; ¿cómo puedo obedecer esto de formas prácticas?; ¿cómo aplico esto a mi vida?, ¿y en la iglesia?, ¿y en mi matrimonio o familia?

    Puede descargar este modelo de estudio bíblico en formato PDF, de manera gratuita, aquí: MÉTODOS DE ESTUDIO BÍBLICO (José Daniel Espinosa Contreras).

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    Con sincero afecto en Cristo:
    José Daniel Espinosa.

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La Escritura y la Tradición

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INTRODUCCIÓN

Cuáles y cuántas fuentes de revelación divina existen ha sido uno de los temas más controversiales entre la teología católico-romana y la teología protestante ortodoxa. De hecho, la identidad de la Iglesia de Roma como la de la Iglesia Protestante depende en gran manera de su posición al respecto. También, este aspecto es uno de los principales obstáculos para el diálogo ecuménico entre Roma y las Iglesias Protestantes.

La Iglesia de Roma asume dos fuentes de revelación divina: la Escritura y la Tradición.[1] Por su parte, los protestantes consideran que la Biblia, y sólo ella, contiene la revelación de Dios necesaria para la salvación. Además, las Escrituras serían la única fuente de doctrina cristiana, ya que los otros medios de revelación divina ya cesaron y los que hoy continúan, como la revelación natural, no son suficientes para adquirir el conocimiento de Dios necesario para la salvación.[2] De aquí surgió el principio formal de la Reforma; Sola Scriptura.

Por estas y otras razones, se hace necesario esclarecer el fundamento de dichos posicionamientos, así como sus significados e implicaciones para el cristianismo. Trataremos de dilucidar cuál o cuáles deben ser las fuentes de revelación para la vida cristiana.

  1. POSICIÓN CATÓLICO-ROMANA SOBRE LAS FUENTES DE REVELACIÓN

La Tradición y las Escrituras fueron declaradas las dos fuentes de revelación en el Concilio de Trento, específicamente en la cuarta sesión celebrada el 8 de abril de 1546.[3] Las Escrituras estarían compuestas por el canon alejandrino –que incluye los libros del Antiguo Testamento considerados «apócrifos» por los protestantes–. La Tradición sería la enseñanza transmitida oralmente de una generación a otra; principalmente, por medio de los apóstoles y, luego, a la iglesia.

Roma argumenta que la Escritura no es suficiente, puesto que abre las puertas a toda clase de dudas y posiciones subjetivas. Como prueba de ello señalan que sólo podríamos creer con seguridad en la inspiración total de las Escrituras, en su infalibilidad, en su canonicidad, etcétera, si se tiene en cuenta la Tradición conservada por los Santos Padres y el Magisterio de la Iglesia, ya que la Biblia no habla claramente de ello.[4] C. H. Dodd reconoce que: «la exigencia de una absoluta libertad de interpretación abría la puerta a innumerables aberraciones. Un ejemplo extremo lo tenemos en la utilización de los oscuros escritos «apocalípticos», tales como el libro de Daniel en el Antiguo Testamento y el Apocalipsis en el Nuevo, que se convirtieron en el escenario autorizado de toda fantasía».[5]

Por otro lado, como bien señala Lacueva, existen dos tipos de Tradición: la constitutiva y la interpretativa. La primera es de la que venimos hablando en párrafos anteriores, mientras que la segunda es, según Roma, la única interpretación legítima de la primera.[6]

Además, la teología romanista apunta que esta autoridad de la Tradición es infalible, pues:

Según la carta de san Pablo a Timoteo, la Iglesia es el pilar y la base de la verdad; los apóstoles y, consecuentemente, sus sucesores, tienen el derecho de imponer su doctrina. Quienes la rechazan serán condenados. Quienquiera que la rechace ha naufragado en la fe. La autoridad es, por tanto, infalible. Y tal infalibilidad está garantizada implícita pero directamente en la promesa del Salvador: “Miren, estoy con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos”. En breve, la Iglesia continúa la misión de Cristo de enseñar, así como la misión de santificar. Su poder es la misma que Él recibió de su padre, y así como Él vino lleno tanto de gracia como de verdad, la Iglesia es una institución de verdad y de gracia. Su doctrina debe ser extendida por todo el mundo a pesar de tantas dificultades.[7]

Así, el Catecismo de la Iglesia Católica asevera que: «para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, ‘dejándoles su cargo en el magisterio’».[8]

2. POSICIÓN PROTESTANTE SOBRE LAS FUENTES DE REVELACIÓN

La posición protestante podría resumirse en las palabras de Samuel Vila cuando dice: «…nunca damos a la tradición humana el mismo valor que a la Sagrada Escritura, y rechazamos toda insinuación o enseñanza, aun cuando fuere de siglos más o menos cercanos a la época apostólica, si las tales enseñanzas se hallan en oposición con lo que los propios apóstoles del Señor nos dejaron escrito en las sagradas páginas del Nuevo Testamento».[9]

Es menester reconocer que la tarea encomendada por Jesús a los apóstoles no fue la de escribir una serie de cartas que, posteriormente, formarían lo que hoy conocemos como Nuevo Testamento; sino la de «proclamar» o «predicar» el Evangelio (Marcos 16:15; Mateo 16:7). La Tradición Oral fue el primer medio de enseñanza apostólica y, evidentemente, ésta gozó de una total autoridad. Sin embargo, cuando los primeros escritos apostólicos fueron escritos éstos gozaron de una análoga autoridad a la tradición oral. Ejemplo de ello es el texto de Pablo a los tesalonicenses en su segunda carta: «Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra» (2 Tesalonicenses 2:15). Sin embargo, la tradición oral de los apóstoles tenía autoridad porque Cristo les había otorgado esta prerrogativa a ellos. Ellos, junto con los profetas de antaño, serían quienes establecieran los fundamentos de la fe (Efesios 2:20), sobre los que la Iglesia debía y debe ser edificada. Por tanto, sería la tradición oral de los apóstoles y los escritos apostólicos el depósito de fe al que el incipiente cristianismo debía de sujetarse (2 Timoteo 1:14).

En Judas 3 encontramos una exhortación a luchar por la «fe» (cuerpo de doctrina) entregado de una vez por todas a los santos: «Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos». Ésta es la única Tradición que podemos aceptar como protestantes y no aquella que pretende tener semejante autoridad tras el fin de la era apostólica. José Grau afirma que: «La tradición de la que habla el Nuevo Testamento no es, pues, una corriente desbocada que se origina en los grandes acontecimientos redentores y que luego fluye incesantemente como la fe o la teología de la Iglesia. La tradición es una proclamación autorizada, confiada a los apóstoles como testigos de Cristo y como fundamentos de la Iglesia».[10]

De hecho, si la tradición apostólica constitutiva siguiera vigente sería la Iglesia –mejor dicho, el Magisterio Eclesiástico– la que gozaría de dicha autoridad y prerrogativa de infalibilidad. Entonces, ya no sería la Biblia la que iluminara a la Iglesia, sino que sería la Iglesia la que, por medio del Magisterio, ilumina la Biblia; poniéndose así, inevitablemente, por encima de ella. Ésta fue la razón por la que algunas confesiones reformadas declararon que: «La regla infalible de interpretación de la Escritura es la propia Escritura; y por consiguiente. Cuando hay dificultad respecto al sentido verdadero y pleno de un pasaje cualquiera (sentido que no es múltiple, sino único) éste se debe buscar y establecer con la ayuda de otros pasajes que hablen con más claridad».[11] Y en el siguiente punto añade: «El Juez Supremo, por quien deben decidirse todas las controversias religiosas, y todos los decretos de concilios, opiniones de antiguos autores, y doctrinas de hombres y espíritus individuales deben ser examinados, y en cuya sentencia debemos descansar, no es otro que el Espíritu Santo, que habla en la Escritura».[12]

En este sentido, si, como afirma la Iglesia de Roma, sólo podemos tener confianza en el canon o en la infalibilidad de la Escritura por el Magisterio de la Iglesia, cabría preguntarse: ¿declararía la Iglesia de Roma al Evangelio de Mateo como canónico porque éste contenía un texto aparentemente a su favor? –en referencia a Mateo 16:18, «tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia»–. Este razonamiento evocaría a una respuesta argumentativa circular y falaz, en la que la Iglesia Católica conferiría autoridad y validez únicamente a aquellos escritos que le confieren autoridad a ella (la Iglesia de Roma).

No obstante, es necesario reconocer que «el libre pensamiento» al que ha dado lugar la Reforma conlleva una serie de graves peligros si no se crea una especie de filtro. Con razón el reformador Samuel Werenfels dijo: «Hic liber est in quo quaerit sua dogmata quisque, invenit et pariter dogmata quisque sua» («Es este un libro en que cada uno busca sus dogmas y, de igual manera, encuentra sus propios dogmas»).

Como el teólogo Juan Stam señala, la idea de la «Sola Scriptura» no era la de prescindir del estudio serio y crítico de las Escrituras, de la razón o de cualquier otro estudio importante, pues:

Queda claro que la “sola scriptura” no significa que conocemos la verdad sólo por la Biblia o que todo lo demás no importa. ¿Quién podría entender el éxodo sin saber algo de Egipto, o el exilio de los judíos sin saber algo de Asiria y Babilonia? Un famoso fundamentalista, R.A. Torrey, dijo sabiamente, “Quien conoce sólo la Biblia, no conoce la Biblia”. Por eso, Lutero apela a las escrituras, pero también a “razones claras” y a la conciencia. Después una correlación similar iba a ampliarse en “el cuadrilátero wesleyano” (escritura, tradición, razón, experiencia).[13]

Evidentemente, la autoridad de la Escritura debe estar por encima de cualquier pretensión de autoridad de una persona o institución, y debe ser la Biblia quien ilumine a la Iglesia. No obstante, la interpretación de las Escrituras no debe ser particular o antojadiza, sino crítica y seria. Podemos servirnos de la tradición, pero siempre como «sierva» (al servicio) de la Escritura y nunca por encima de ella. Confesamos, por tanto, que la Biblia es suficiente (2 Timoteo 3:15-17; 2 Pedro 1:19; Salmos 19:7-9).

El ex-católico y converso al protestantismo José Grau escribió:

“La Reforma no trajo un evangelio «protestante», sino el Evangelio de la Iglesia de todas las edades. El principal apoyo, lo hallaron los reformadores en las Escrituras, pero siempre que pudieron citaron a los padres de la antigua Iglesia en su apoyo. […] Toda afirmación importante de la Reforma hallaba considerable apoyo en la tradición antigua de la iglesia católica.”[14]

Como joven protestante he de reconocer que amo la tradición y reconozco un gran valor en ella. La fe cristiana es una fe histórica, por tanto, sus creencias deben hallar un considerable respaldo en la tradición histórica de la iglesia. El apóstol enseñó que la iglesia sería “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). Nuestra fe no es una fe particular, novedosa o ajena al mensaje apostólico, sino que debe estar fundamentada en las Escrituras y en el consenso histórico y general de la iglesia. Quienes subestiman o infravaloran la tradición desconocen por completo la historicidad de la fe cristiana.

 CONCLUSIÓN

Tras el análisis anterior, no podemos colegir que la autoridad que Roma ha otorgado a la Tradición sea bíblicamente legítima, sino, más bien, todo lo contrario. La «Sola Scriptura» es una garantía de que nada que se halle en oposición a las enseñanzas de Cristo y los apóstoles sea finalmente considerado un dogma por la Iglesia. De lo contrario, podremos caer en el error de aquellos judíos que tanto se adherían a las tradiciones en tiempo de Jesús, «Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres» (Marcos 7:7-8a).

Una sumisión ciega al Magisterio de la Iglesia coacciona la libertad; promueve una rígida uniformidad, reservas mentales por parte de los más críticos; impide una honesta y novedosa formulación teológica por parte de teólogos particulares, etc.

En resumen, concluimos que es un grave error situar la tradición al mismo nivel que la Escritura; no obstante, creemos que la tradición tiene un papel significativo e importante que no debe ser minusvalorado.

Con sincero afecto:
José Daniel Espinosa Contreras.

BIBLIOGRAFÍA

[1] Así queda reflejado en el Catecismo de la Iglesia Católica, artículo dos.

[2] Esta línea de pensamiento reformadora puede comprobarse en la Confesión de Fe de Westminster y Catecismo Menor, capítulo I: De las Santas Escrituras (Confesión de fe de Westminster y Catecismo Menor. Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 1988, pp. 7-11).

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Concilio_de_Trento#Acuerdos_adoptados_en_las_sesiones [En línea: consultado el 22 de octubre de 2015].

[4] Véase la Enciclopedia Católica Digital: http://ec.aciprensa.com/wiki/Tradici%C3%B3n_y_Magisterio_Vivo [En línea: consultado el 26 de octubre de 2015].

[5] DODD, CHARLES HAROLD. La Biblia y el hombre de hoy. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1973, p. 37.

[6] LACUEVA, FRANCISCO. Catolicismo romano. Barcelona: Editorial CLIE, 1989, p. 53.

[7] Enciclopedia Católica Digital: http://ec.aciprensa.com/wiki/Tradici%C3%B3n_y_Magisterio_Vivo [En línea: consultado el 26 de octubre de 2015].

[8] Consúltese el artículo II, sobre La transmisión de la revelación divina, del Catecismo de la Iglesia Católica.

[9] VILA, SAMUEL. A las fuentes del cristianismo. Barcelona: T.S.E.L.F., 1989, p. 143.

[10] GRAU, JOSÉ. El fundamento apostólico. Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas, 1973, p. 57.

[11] Confesión de fe de Westminster y Catecismo Menor. Barcelona: El Estandarte de la Verdad, 1988, p. 11.

[12] Íbid.

[13] http://www.lupaprotestante.com/blog/la-reforma-y-la-iglesia-protestante-de-hoy-2/ [En línea: consultado el 27 de octubre de 2015].

[14] GRAU, JOSÉ. Catolicismo Romano: Orígenes y desarrollo. 2ª edición actualizada de «Concilios» Tomo I. Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas, 1987, p. 532.

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Las redes sociales y la egolatría.

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Las redes sociales están concibiendo una generación ególatra y narcisista, alimentando nuestra innata vanidad y promoviendo una atmósfera de hipocresía sin igual. Con Instagram presumimos de nuestra “belleza” o buena vida, con Twitter de nuestra sabiduría y elocuencia, con Facebook de nuestro conocimiento y prestigio. Hemos potenciado el individualismo, la presunción, las comparaciones, la idolatría, etcétera; entrando en una espiral de envidias, insatisfacciones y apariencias.

La moda de las redes sociales nos ha engatusado de tal forma que nos hemos habituado y amoldado a ser, dígase claramente, seres humanos descarada y orgullosamente egolátricos. Y yo, no soy una excepción.

Cada día hay más jóvenes, y jóvenes cristianos, atrapados en la generación “selfie”. Una generación que espera que todo el mundo admire su propio autorretrato. ¿Hay algo más vanidoso que esto? Una generación cuyo gozo e identidad depende de los “Me gusta” que consiguen sus publicaciones.

¿De dónde surge este problema? Del corazón. «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos […] las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre» (Marcos 7:21-23). Por eso debemos hacer nuestra la oración del salmista: «Dios mío, mira en el fondo de mi corazón, y pon a prueba mis pensamientos. Dime si mi conducta no te agrada, y enséñame a vivir como quieres que yo viva» (Salmos 139:23-24).

Hemos alimentado, engordado y exacerbado el protagonismo del «YO». Quienes amenazan nuestra imagen pública se convierten en enemigos a quienes hay que censurar. Incluso las reflexiones bíblicas que a menudo publicamos buscan más la exaltación del «yo» (de mi retórica o conocimiento) que la exaltación de Cristo. Esto también es usar a Cristo como “ganancia” deshonesta. Con el pretexto de hacer famoso a Jesucristo hacemos famosos nuestros propios nombres. El «YO» se ha apoderado de nosotros.

¡Volvamos a la oración del salmista! Hagámosla nuestra. Practiquemos el auto-olvido. Que nuestra paz, identidad y satisfacción no dependan de lo que otros piensen de nosotros, sino de lo que Dios piensa de nosotros.

«No sean egoístas; no traten de impresionar a nadie. Sean humildes…» (Filipenses 2:3).

Con afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

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¿Cómo vencer el pecado? Reflexión

3.TALLER TENTACION1

«Cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte» (Santiago 1:15).

Santiago no describe el pecado como un accidente fortuito que el hombre comete o como un acto aislado en el que caemos en un momento de descuido. Para Santiago, el pecado es el resultado de un proceso.

El proceso comienza con un deseo. Algo cautiva nuestra atención y apela a nuestras emociones y sentidos (vista, oído, olfato, tacto, etcétera). Por ejemplo: alguien que está luchado con la gula entra a la cocina a deshoras y ve una olla llena de arroz con pollo. Esto despierta un deseo en él…

De forma inmediata, nuestra mente empieza a justificar ese deseo para poder obtenerlo. El deseo que comenzó apelando a las emociones ahora está trabajando en la mente. Por ejemplo, argüimos: «pero tengo hambre»; «por un par de cucharaditas que coma no pasará nada»; «luego caminaré y perderé las calorías»; «por un día no pasará nada» … En este momento, ya se está concibiendo el pecado dentro de nosotros, pues tratamos de excusarlo.

Tras justificar ese deseo, el siguiente paso es planificar de forma voluntaria y consciente cómo alcanzar el deseo pecaminoso. Por ejemplo, planeamos comer de forma rápida para que nuestro cónyuge no se dé cuenta, a escondidas para que nadie se interponga entre el deseo y nosotros. Este es el proceso de concebir el pecado, que se produce en la mente.

El resultado de permitir que los deseos pecaminosos conciban en nuestra mente nos lleva al acto de desobediencia. Esto da lugar al pecado. El deseo nos arrastró y sedujo cual cebo al pez para morder el anzuelo. Y tras morder el anzuelo, en lugar de encontrar satisfacción como esperábamos, hallamos insatisfacción y muerte. Por ejemplo, la persona se siente mal por no poder cumplir su palabra o propósito de cuidarse, lo cual le hace sentirse hipócrita o frustrada. Además, se siente hinchada o gorda, lo que aumenta su probabilidad de enfermedades y no le permite tener una vida saludable.

Ahora bien, si el pecado es un proceso y nosotros queremos cortar con el pecado en nuestra vida, entonces, necesariamente debemos cortar con el proceso que nos lleva a él. De hecho, cuanto antes cortes con el proceso de la concupiscencia, más probabilidades tendrás de evitar el pecado.

La Biblia nos enseña algunas claves fundamentales, que haríamos bien si las tomáramos como disciplina espiritual, para cortar con este proceso de la concupiscencia pecaminosa: Efesios 4:23; Filipenses 4:8; Salmos 119:9-11; Mateo 26:41; etcétera.

«Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir» (1 Corintios 10:13).

Con afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa Contreras.

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Descargar gratis folleto: “El legalismo y el evangelio”. ¡Comparte!

portada legalismo y evangelio

Me dispongo a escribir estas líneas con temor. Hablar del legalismo en la cristiandad no es fácil, pues suele causar crispación entre los mismos creyentes. Pido a Dios que no sea así entre los lectores de este ensayo, y que sean capaces de descubrir la gracia de Dios entre mis torpes e inútiles palabras. Por otro lado, percibo que la iglesia en Occidente –así como la sociedad occidental– tiende generalmente a desviarse en la dirección opuesta; a saber, hacia el liberalismo. No soy ignorante de esta realidad, contra la cual procuro estar firmemente asido a la Palabra de Dios. Pero, a la vez, como bien expresó el reconocido escritor Philip Yancey acerca del legalismo en su obra Gracia divina vs. Condena humana: «No conozco nada que represente una amenaza mayor para la gracia».

Descargue la obra gratuitamente en formato PDF haciendo clic en:
El-legalismo-y-el-Evangelio

Por favor, siéntase con la total libertad de compartir esto con sus contactos y amistades. ¡Gracias por ayudarnos a difundir!

Quiera Dios que este folleto pueda ser usado para su gloria y para la bendición de su iglesia allá donde esta se encuentre.

Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

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HEBRAÍSMOS EN LA BIBLIA. ¿Eh?

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La Biblia está llena de hebraísmos. Es probable que nunca hayas escuchado esto y no tengas ni la más remota idea de qué es un hebraísmo, pero lo cierto es que ignorar qué es un hebraísmo y cómo se interpreta conduce con frecuencia a una mala hermenéutica y a una exégesis bíblica errada.

Procuraré con este artículo hacer una breve introducción a los hebraísmos que motive al lector a seguir profundizando en el estudio de las reglas de interpretación del texto bíblico.

Comencemos…

Un hebraísmo o modismo hebreo es una expresión peculiar del idioma hebreo que, normalmente, carecen de significado o evocan un concepto erróneo cuando se traducen a otro idioma y que, por regla general, solo son comprensibles para los que hablan ese idioma. La Real Academia Española define el modismo como: «Expresión fija, propia de una lengua, cuyo significado no se deduce de las palabras que la forman; p. ej., a troche y moche».

Veamos algunos ejemplos de modismos en nuestra lengua castellana:

  • Hacer el oso: equivale a hacer el ridículo o el tonto.
  • Tener dos dedos de frente: discernir bien.
  • Hacer el paripé: aparentar una acción que no se realiza.
  • Hacer cola: esperar que llegue tu turno.
  • Hacer boca: comer.
  • ¡Hace un año!: Exageración de lo que hace relativamente mucho tiempo que ocurrió, aunque no significa literalmente que ocurrió 365 días atrás.
  • Echar una mano: ayudar.
  • Sacar las uñas: amenazar.

Este tipo de expresiones carecen de significado al que no esté familiarizado con el idioma español y serían realmente complejas, cuando no imposibles, de traducir a otros idiomas.

Los hebraísmos presentan la misma dificultad, por lo que las traducciones bíblicas al castellano, en su mayoría, han traducido literalmente tales expresiones sin tratar sustituirlas por un modismo similar al castellano o por una connotación más real en nuestro idioma.

Ahora que sabemos qué es un hebraísmo pasaremos a leer y explicar algunos de ellos que encontramos en las Sagradas Escrituras.

1º MODISMOS DE FILIACIÓN

Son modismos que usan el término “hijo” no en el sentido ordinario de ser descendiente de alguien, sino con la intención de relacionar a la persona con ciertas características o cualidades. Por ejemplo: A Jacobo y a Juan se les llama «los hijos del trueno” por el ímpetu y el carácter tempestuoso de ambos. En Efesios 2:2 se llama a los incrédulos «hijos de desobediencia” por tener vidas caracterizadas por la desobediencia a la ley de Dios. La Biblia usa las expresiones: «hijos de ira» (Ef. 2:3), «hijos de paz» (Lc. 10:6), «hijos de luz» (1 Ts. 5:5); etcétera, por ser personas con ciertas cualidades que los caracterizan.

2º MODISMOS QUE EXPRESAN LO ABSOLUTO POR LO RELATIVO

¡Atención a estos hebraísmos! Pueden ser realmente confusos y llevarnos a conclusiones equivocadas si se interpretan literalistamente sin tener en cuenta lo que son, modismos hebreos.

Por ejemplo, Juan 6:27 dice así: «Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece…». El evangelista recoge las palabras de Jesús, donde este se expresa con una prohibición absoluta: «No trabajar por la comida que perece». Pero si este imperativo fuera tomado literalmente todos nosotros deberíamos abandonar nuestros trabajos con los que nos ganamos el pan y el sustento diario. Esto entraría en contradicción directa con otros textos bíblicos que nos exhortan a trabajar (Efesios 4:28 y 2 Tesalonicenses 3:10). Por tanto, cuando Jesús dice: «No trabajéis por la comida que perece» está usando un hebraísmo con el que pretende enfatizar lo más importante («trabajad por la comida que a vida eterna permanece») por medio de una negación absoluta de lo menos importante. Una traducción por equivalencia dinámica, que procurara comunicar la idea original, traduciría así: «Trabajad, no solamente por la comida que perece, sino…». Lo segundo es lo más importante, pero no por ello debemos desechar lo primero.

Existen muchas modismos que ponen lo absoluto por lo relativo: «Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio» (1 Co. 1:17); «el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió» (Mc. 9:37); «Cuando hagas co­mida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos … Más cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos…» (Lc. 14:12-13).

Dos modismos de lo absoluto por lo relativo muy importantes y que deben ser tenidos en consideración son los usados con los términos «amar» y «aborrecer».

Lucas recoge las palabras de Jesús: «Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc. 14:26). El aborrecimiento u odio del que Jesús habla no debe interpretarse literalmente, pues es una expresión figurada que trata de enfatizar la radicalidad y prioridad del seguimiento de Cristo por medio de una negación absoluta. Pero este «aborrecer» (gr. Miséo = aborrecer, odiar, detestar) es un hebraísmo que trata de expresar la idea de un afecto de menor ardor o de algo menos prioritario.

Esta es la misma expresión usada por Pablo en Romanos 9:13 «Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí». Traducir literalistamente este texto no solo evoca una imagen equivocada del propósito original del autor y tergiversa la naturaleza del Dios de amor revelado en las Escrituras. Cuando uno conoce la historia de Esaú puede ver que Dios hizo provisión para él, incluso recibió una bendición de Dios, aunque de menor grado que la de Jacob (cf. Génesis 27:36, 39) y la promesa de que su descendencia sería librada de la servidumbre (Génesis 27:40) y que las posteriores generaciones podrían volver a unirse a los verdaderos adoradores del único Dios verdadero (Deuteronomio 23:7). Entonces, ¿realmente aborreció Dios a Esaú? ¡No!

Para que esto quede claro, veamos un ejemplo bíblico de ello. En Génesis 29:30 se dice sobre Jacob: «Y se llegó también a Raquel, y la amó también más que a Lea…». El adverbio comparativo «más que» indica que Lea era amada, pero Raquel lo era más que Lea. Sin embargo, justo el siguiente versículo afirma que: «Vio el SEÑOR que Lea era aborrecida» (29:31; LBLA). ¿Se da cuenta? Un texto dice que Raquel era amada menos y el siguiente que era aborrecida. Este tipo de lenguaje, que hace uso de contrastes exagerados, era una técnica muy común para enseñar y fue usada por los escritores bíblicos.

3º MODISMOS DE LO RELATIVO POR LO ABSOLUTO

Este tipo de hebraísmo es similar al anterior, pero a la inversa. Consiste en usar un lenguaje débil o relativo para expresar lo fuerte.

Pongamos un ejemplo:

Lucas 18:9-14 nos cuenta la parábola del fariseo y el publicano. Jesús alaba la actitud del publicano mientras condena la actitud hipócrita del fariseo. Sin embargo, el vs. 14 dice así: «Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro». ¿Cómo que «antes que el otro»? ¿Acaso el fariseo fue justificado? No, pues el texto no apunta en esa dirección. Sin embargo, si interpretamos el texto literalmente llegaríamos a la conclusión de que el fariseo fue justificado un poco después que el publicano, por lo que la diferencia entre uno y otro es meramente una cuestión de tiempo. Pero no era eso lo que Jesús quería transmitir. Jesús quiso enseñar que el fariseo no fue justificado de ninguna manera, mientras el publicano si alcanzó esta gracia. Jesús usa un lenguaje relativo: «antes que», para enseñar una verdad absoluta.

Existen muchos otros ejemplos de esta clase de modismos que, por no extendernos, no mencionaremos.

4º MODISMOS DE TIEMPO

Así como decíamos al principio que la expresión castellana: «¡Hace un año!» puede ser usada como una exageración que trata de enfatizar un largo transcurso de tiempo, pero no necesariamente 365 días literales, con las expresiones hebreas: «siempre» o «perpetuamente» ocurre lo mismo.

Por ejemplo, en Éxodo 12:24 Dios instituye la fiesta de la Pascua como una celebración anual perpetua: «Guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre». Sin embargo, sabemos que las fiestas y la ley de Moisés quedaron abolidas con el nuevo pacto instaurado por Cristo y la mayoría de los cristianos no las celebran. A menudo, estas expresiones tienen un sentido limitado y no literal.

Otro ejemplo lo vemos en la promesa de Dios a Abraham: «Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre» (Génesis 13:15). No obstante, en el Nuevo Testamento toda la tierra de Israel estaba ocupada y pertenecía al imperio romano y, tras la caída de Roma, pasaron 19 siglos sin existir ningún estado israelí sobre la faz de la tierra. Ahora bien, si la promesa debe interpretarse literalmente, ¿cómo se explica la ausencia de dominio de esta tierra por parte del pueblo israelí durante tantos siglos?

En este sentido, el teólogo costarricense Juan Stam escribió: «Aunque parezca extraño, el idioma hebreo no contiene la palabra “siempre” en su vocabulario, ni mucho menos la palabra “eterno”. Para esa idea empleaba mayormente la frase “por los siglos” o “por los siglos de los siglos” o frases similares. La idea básica de “siglo” (yoLaM en hebreo) es “un tiempo largo”, a menudo “pasado remoto” o “futuro remoto”. Puede ser un período largo sin principio ni fin (“el Dios sempiterno”, Deut 33.27), pero también largo con principio (desde pasado remoto) o con fin (hasta un futuro remoto). La ocupación por Israel de Palestina tuvo un principio y puede tener un fin, en lo que al adjetivo “siempre” se refiere. Por eso, la palabra “siempre” o términos similares en las promesas de tierra no significan necesariamente que dicha promesa constituye un “título de propiedad” para el actual gobierno israelí».

Imagino que leer esto será una sorpresa para muchos.

Otro de los modismos de tiempo es considerar una parte de un día como un día completo. Esto resuelve muchas de las confusiones respecto a los días que Jesús permaneció en la tumba y el día que resucito. Pero esto, dejaremos que lo investigues por ti mismo. ¡Es apasionante!

Si te ha gustado o lo consideras importante, ¡compártelo en con tus amistades!

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José Daniel Espinosa Contreras.
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La verdad sobre Jacobo Arminio

JacoboArminio
No pretendo escribir un artículo detallado sobre la teología arminiana o sobre la vida de Jacobo Arminio, sino un breve escrito aclaratorio, que evite más “falacias del hombre paja” contra el Arminianismo Reformado y caricaturizaciones gratuitas por parte del nuevo movimiento calvinista, que con demasiada frecuencia presenta imágenes deformadas de este sistema teológico, para que le sea más fácil golpear contra él. A menudo leo críticas contra el arminianismo, con las que de todo corazón estaría de acuerdo si lo que se criticara fuera realmente el arminianismo. Pero no lo es.

¡Ánimo! Este debate durará hasta que estemos en la presencia del Señor. Mientras tanto, seamos justos en nuestros diálogos teológicos.

Sobre Jacobo Arminio y su teología:

  • Hasta el día de su muerte, él siempre se consideró reformado.
  • Algunas ideas del arminianismo actual se han atribuido incorrectamente a la teología de Arminio, pero no pertenecen realmente a él.
  • Creía firmemente en la doctrina de la depravación total humana, tal como otros pensadores reformados.
  • Afirmó que, sin la gracia de Dios, la voluntad humana en su estado caído es incapaz de conseguir ningún bien espiritual.
  • Jamás dio al libre albedrío la capacidad de salvar al hombre, sino que afirmó que tras la Caída: «el libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, tullido, enfermo, deformado y debilitado, sino también encarcelado, destruido, y perdido. Y, hasta que llega la asistencia de la Gracia, sus poderes no solo están debilitados e inútiles, sino que no existen excepto cuando los estimula la Gracia divina: Puesto que Cristo ha dicho: ‘Separados de mí, nada podéis hacer’».
  • Siempre se mantuvo alejado del pelagianismo y afirmaba una y otra vez que la depravación total había afectado cada aspecto del ser humano.
  • Compartía con los demás reformadores el concepto expiatorio de satisfacción penal, convencido de que la justificación del pecador solo podía llevarse a cabo mediante la imputación de la justicia de Cristo por medio de la fe.
  • Nunca defendió la justicia o salvación por obras.
  • Afirmaba que, si la redención no había sido obtenida para todos, la fe en Cristo sería exigida sin ningún derecho para todos. Y si no fue obtenida para todos, nadie podría ser culpable de rechazar la oferta de redención, pues rechazaría algo que no le pertenece y lo haría con toda propiedad.
  • Afirmaba que la redención obtenida por todos no implicaba una salvación universal para todos, pues la condición de la Escritura es: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo». La redención es aplicada únicamente a los creyentes, aquellos que por la fe están en Cristo, los elegidos en Él.
  • Creía que la gracia de Dios no opera como una ola gigantesca que arrasaba e ignoraba la voluntad del pecador, sino que funciona como una “suave persuasión”, influyendo a los pecadores, atrayéndoles a Dios y capacitándoles para que puedan responder con fe. Por tanto, esta gracia puede resistirse.
  • A diferencia del calvinismo, Arminio estaba convencido de que Dios no niega su gracia a nadie, pues el deseo de Dios, como declara Su Palabra es que: «todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2:4); «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres» (Tito 2:11) o « Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo» (palabras de Jesucristo en Juan 12:32).
    [Esta exposición del Arminianismo Reformado es explicada con mayor detenimiento por Stephen M. Ashby en el libro “La seguridad de la salvación: Cuatro puntos de vista” de la Editorial CLIE].

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