La prosperidad cristiana

juanes_stefanus_gestenigd_grt

La teología de la prosperidad, conocida también como «Evangelio de la Prosperidad», es la creencia religiosa que afirma que la bendición financiera y el bienestar físico son la voluntad de Dios para toda persona. Este movimiento tuvo una amplia difusión en los Estados Unidos a mediados del siglo XX, extendiéndose progresivamente por el resto del mundo a través del tele-evangelismo. Para quienes así creen, un cristiano pobre o en enfermedad es una contradicción. Ellos enfatizan el empoderamiento personal e interpretan la obra redentora de Cristo en clave de prosperidad material. El «Evangelio de la Prosperidad» cambia diametralmente el enfoque el enfoque Cristo-céntrico del evangelio en uno eminentemente antropocéntrico (donde el ser humano se convierte en el centro). Tal visión te anima a buscar a Jesucristo con una motivación equivocada. Dicen: «Jesús te sacará de la depresión; Jesús te quitará de la deuda; él te sacará de la crisis; ven a Jesús él te va a prosperar; ¡ven y recibe tú milagro!…».

En resumen, el «Evangelio de la Prosperidad» busca la comodidad, pero rechaza el tormento de la Cruz. Quienes siguen este “evangelio” están más preocupados en sus intereses materiales que en sus decadencias espirituales. Desean una corona sin espinas; llegar al cielo sin pasar por la Cruz. Olvidan que no se puede llegar al Lugar Santísimo sin pasar antes por el altar del sacrificio.

¿Qué pensaría el Job sufriente de este novedoso “evangelio”? ¿Qué diría el apóstol Pablo, con su continuo aguijón en la carne, de esta moderna interpretación del evangelio? ¿Qué pensaría Timoteo con sus continuos dolores de estómago? ¿Cuál sería la opinión de Esteban, el primer mártir de la iglesia, mientras lo apedreaban? ¿Qué pensaría el apóstol Pedro cuando lo crucificaron cabeza abajo? ¿Y Marcos cuando lo despedazaron en Alejandría? ¿Será que le faltó fe a Pablo de Tarso cuando lo decapitaron en Roma? ¿Qué diría el mismo Jesucristo, Dios manifestado en carne, cuando fue azotado y crucificado de la forma más terrible posible cuando apenas tenía treinta y tres años de edad? ¿Evangelio de prospe… qué?

En las siguientes líneas, propondré de forma muy resumida una visión distinta de la prosperidad cristiana. No será una visión novedosa, sino antigua, pues encuentra su fundamento en las Sagradas Escrituras y se halla firmemente anclada al testimonio de Cristo y a la enseñanza apostólica (Hechos 2:42). La prosperidad cristiana no consiste en la mera mejora económica o social de la persona, sino en el fiel cumplimiento de los propósitos divinos a pesar de las adversidades terrenales.

Notad que el apóstol Pablo oraba por un viaje próspero para ir a Roma: «rogando que de alguna manera tenga al fin, por la voluntad de Dios, un próspero viaje para ir a vosotros» (Romanos 1:10). Años después, estando Pablo arrestado en Jerusalén, el Señor le dijo: «Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma» (Hechos 23:11).

¡Genial! Esta era una respuesta a sus oraciones. Tanto tiempo orando por un viaje próspero a Roma y, por fin, habría de tenerlo.

No obstante, tardó aproximadamente 25 años en poder estar allí y, además, llegó en calidad de prisionero (Hechos 28:16-31). Eso después de que lo arrestaran, abofetearan, naufragara y, entre otras cosas, le mordiera una víbora.

—Y, ¿eso es un viaje próspero? —se preguntarán muchos.
Pues sí, aunque este no sea el tipo de prosperidad que suele enseñarse en algunas iglesias.

Durante su estancia como prisionero en Roma, las Sagradas Escrituras nos enseñan que Pablo estaba: «predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento» (Hechos 28:31). Adicionalmente, escribió sus famosas cartas a los efesios, a los filipenses, a los colosenses y a su querido colaborador Filemón. Según el testimonio de su propia mano, muchas personas habían creído a su mensaje; inclusive, los guardias romanos (Filipenses 1:13) y algunos sirvientes de la casa de Cesar, el emperador (Filipenses 4:22). Por si fuera poco, a lo largo de la historia, millones de cristianos nos hemos enriquecido y edificado con sus enseñanzas y, otros, siguen conociendo al Señor a través de sus palabras. ¡Gloria a Dios por prosperar sus propósitos divinos a pesar de las adversidades terrenales!

Considero que esto puede enseñarnos mucho acerca de la verdadera prosperidad cristiana.

Si te ha gustado ¡no dudes en COMPARTIR!

Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

Sígueme en Facebook: https://www.facebook.com/TheoJoseDaniel/
Suscríbete gratis para recibir por correo electrónico las publicaciones de este blog.

Anuncios
Publicado en Artículos | Deja un comentario

MÉTODO DE ESTUDIO BÍBLICO

CómoEstudiarLaBiblia

Nota: Puede descargar este modelo de estudio bíblico en formato PDF, de manera gratuita, aquí: MÉTODOS DE ESTUDIO BÍBLICO (José Daniel Espinosa Contreras).

En este artículo deseo proveer algunas herramientas prácticas y útiles para nuestro estudio bíblico personal. Tenga en cuenta que hay diversas formas de estudiar la Biblia, todas ellas útiles y con sus respectivas ventajas y desventajas. En las siguientes líneas resumo algunos consejos que, en lo personal, me han sido de mucha ayuda. ¡Espero que te sea de bendición! Comencemos:

  • Delimita el texto que vas a estudiar. Un capítulo de cualquier libro de la Biblia puede contener muchos temas e ideas distintas, por lo que deberás acotar el texto en el que quieres centrarte. Por ejemplo, el capítulo 6 de Efesios aborda muchas temáticas diferentes, por lo que no es conveniente mezclar en un solo estudio todas estas ideas. Una buena forma de acotar este capítulo para un estudio más productivo sería delimitar el texto guardando la unidad temática en las divisiones que hagamos. De esta forma:
    • Efesios 6:1-3  Responsabilidad de los hijos
    • Efesios 6:4  Responsabilidad de los padres
    • Efesios 6:5-9  Siervos y amos
    • Efesios 6:10-13  Nuestra lucha no es carnal, sino espiritual
    • Efesios 6:14-17  La armadura de Dios
    • Efesios 6:18-20  Orando en todo tiempo
  • Lee el texto cuidadosamente en, al menos, dos o tres versiones distintas. Ten un tiempo de oración para que Dios te ayude a entender su Palabra con la motivación de aplicarla a tu vida. La Biblia no solo nos ha sido dada para nuestra información, sino para nuestra transformación. Pero ten en cuenta que solo Dios puede darnos la sabiduría espiritual para entenderla. Recuerda lo que Jesús tuvo que hacer con sus discípulos al final de su ministerio para que éstos comprendieran las Escrituras: «Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras» (Lc. 24:45).
  • Determinar el tema principal del texto en cuestión. Esto nos ayudará a entender hacia donde apunta el autor, cuál es el mensaje principal que deseaba transmitir a los destinatarios.
  • Determinar cuál es el propósito del autor al hablar de ese tema. Este segundo punto está estrechamente relacionado con el primero.
  • Determinar cuál es la atmósfera en el que escribió el autor. Trata de concretar el estado de ánimo del autor (urgencia, aliento, entusiasmo, alegría, tensión, cuestionamiento, preocupación, persuasión, humildad, etcétera).
  • Determina el tono que utiliza el autor:
    • Didáctico: de enseñanza
    • Polémico: de debate o discusión
    • Devocional: para inspirar una mayor entrega a Dios
    • Histórica: para narrar un acontecimiento
  • Determina el estilo literario que ha usado el autor original:
    • Poesía: profundamente emocional y personal. Se basa mucho en el paralelismo, como los salmos.
    • Prosa: es una biografía o historia, descrita normalmente en orden cronológico.
    • Discurso: procura hacer fuerte una verdad, en forma lógica y razonada, apelando al intelecto.
    • Parábola: historias normalmente inventadas que transmiten alguna verdad espiritual o enseñanza moral.
    • Revelación: describe visiones según el ojo del observador, a veces cargadas de mucho simbolismo o figuras retóricas.
    • Drama o prosa dramática: relatada en primera persona con la intención de apelar a las emociones.

Dependiendo del estilo o género literario los textos se interpretarán de una u otra forma. Por ejemplo, los Salmos son poesía hebrea, que reflejan las emociones interiores de los autores y que se expresan de una forma muy humana, poética y particular, por lo que no todo puede interpretarse literalmente. Por ejemplo, el Salmo 10:12 dice: «¡Levántate, SEÑOR! ¡Levanta, oh Dios, tu brazo! ¡No te olvides de los indefensos!». Pero ¿acaso Dios está sentado y se ha olvidado de los indefensos? Claro que no, el autor del salmo simplemente clama por una intervención divina ante las injusticias de este mundo.

  • Determinar la estructura del texto. Se trata de descubrir el hilo de pensamiento del autor. Podemos encontrar una o varias ideas principales que, a su vez, pueden tener otras sub-ideas. Para determinar el esqueleto del texto podemos tratar de resumir, en una oración lo más breve posible, el contenido de cada idea nueva que se va presentando en el texto. Una vez hecho esto, podemos analizar si dentro de cada idea hay otras sub-ideas. Por ejemplo, imagina que estamos leyendo Efesios 6. Lo primero que notamos es que los versículos 1 al 3 hablan específicamente a los hijos.

Efe 6:1 Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.

Efe 6:2 Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;

Efe 6:3 para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.

El tema principal de este texto es: «la obediencia que los hijos deben a los padres». Tras meditar en el texto en cuestión, podemos ver una estructura clara en estos tres versículos. Vemos 3 puntos principales en este texto:

  1. ¿Qué deben hacer los hijos? «Obedeced en el Señor a vuestros padres» (vs. 1).
  2. ¿Por qué debe hacer esto los hijos? «Porque esto es justo» (vs. 1) y «porque es un mandamiento con promesa» (vs. 2).
  3. ¿Para qué deben hacer esto los hijos? «Para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra» (vs. 3).

¿Cómo hemos visto la estructura en este texto? Este es un ejercicio que requiere práctica, tiempo de reflexión y desarrollar métodos de observación. Algunos consejos que pueden ayudar son los siguientes:

  • Subrayar los verbos encontrados en el texto. Notar cuales son los verbos principales e importantes y cuáles dependen de estos primeros, siendo secundarios.
  • Observar si hay imperativos (órdenes o mandatos).
  • Subrayar los conectores (además, como, pero, y, …) que nos ayudarán a determinar cuáles son las oraciones principales y cuales oraciones son dependientes de las principales.
  • Subrayar las palabras (sustantivos o adjetivos) importantes y consultar un diccionario o léxico.
  • Hacer preguntas al texto: ¿qué está afirmando el texto?; ¿por qué esto es importante?; ¿cómo?; ¿por qué?

 

Una posible estructura de Efesios 6:1-3, con puntos principales y sub-puntos, podría ser la siguiente:

  1. ¿QUÉ DEBEN HACER LOS HIJOS?
  2. ¿POR QUÉ DEBEN HACER ESTO LOS HIJOS?
    1. Porque es justo
    2. Porque es un mandato con promesa
  3.  ¿PARA QUÉ DEBEN HACER ESTO LOS HIJOS?
    1. Para que les vaya bien
    2. Para que tengan “larga” vida.

 

  • Busca respaldo a las enseñanzas principales de este texto en otras partes de la Biblia. Esto confirmará que nuestras conclusiones no son particulares, sino avaladas por Dios en su Palabra.
  • Busca aplicaciones: ¿Cómo me afecta esto a mí?; ¿qué me dice este pasaje?; ¿cómo puedo obedecer esto de formas prácticas?; ¿cómo aplico esto a mi vida?, ¿y en la iglesia?, ¿y en mi matrimonio o familia?

    Puede descargar este modelo de estudio bíblico en formato PDF, de manera gratuita, aquí: MÉTODOS DE ESTUDIO BÍBLICO (José Daniel Espinosa Contreras).

    ¡No dudes en compartir!

    Con sincero afecto en Cristo:
    José Daniel Espinosa.

Publicado en Artículos | 1 Comentario

La Escritura y la Tradición

Biblia-y-Tradición-copia

INTRODUCCIÓN

Cuáles y cuántas fuentes de revelación divina existen ha sido uno de los temas más controversiales entre la teología católico-romana y la teología protestante ortodoxa. De hecho, la identidad de la Iglesia de Roma como la de la Iglesia Protestante depende en gran manera de su posición al respecto. También, este aspecto es uno de los principales obstáculos para el diálogo ecuménico entre Roma y las Iglesias Protestantes.

La Iglesia de Roma asume dos fuentes de revelación divina: la Escritura y la Tradición.[1] Por su parte, los protestantes consideran que la Biblia, y sólo ella, contiene la revelación de Dios necesaria para la salvación. Además, las Escrituras serían la única fuente de doctrina cristiana, ya que los otros medios de revelación divina ya cesaron y los que hoy continúan, como la revelación natural, no son suficientes para adquirir el conocimiento de Dios necesario para la salvación.[2] De aquí surgió el principio formal de la Reforma; Sola Scriptura.

Por estas y otras razones, se hace necesario esclarecer el fundamento de dichos posicionamientos, así como sus significados e implicaciones para el cristianismo. Trataremos de dilucidar cuál o cuáles deben ser las fuentes de revelación para la vida cristiana.

  1. POSICIÓN CATÓLICO-ROMANA SOBRE LAS FUENTES DE REVELACIÓN

La Tradición y las Escrituras fueron declaradas las dos fuentes de revelación en el Concilio de Trento, específicamente en la cuarta sesión celebrada el 8 de abril de 1546.[3] Las Escrituras estarían compuestas por el canon alejandrino –que incluye los libros del Antiguo Testamento considerados «apócrifos» por los protestantes–. La Tradición sería la enseñanza transmitida oralmente de una generación a otra; principalmente, por medio de los apóstoles y, luego, a la iglesia.

Roma argumenta que la Escritura no es suficiente, puesto que abre las puertas a toda clase de dudas y posiciones subjetivas. Como prueba de ello señalan que sólo podríamos creer con seguridad en la inspiración total de las Escrituras, en su infalibilidad, en su canonicidad, etcétera, si se tiene en cuenta la Tradición conservada por los Santos Padres y el Magisterio de la Iglesia, ya que la Biblia no habla claramente de ello.[4] C. H. Dodd reconoce que: «la exigencia de una absoluta libertad de interpretación abría la puerta a innumerables aberraciones. Un ejemplo extremo lo tenemos en la utilización de los oscuros escritos «apocalípticos», tales como el libro de Daniel en el Antiguo Testamento y el Apocalipsis en el Nuevo, que se convirtieron en el escenario autorizado de toda fantasía».[5]

Por otro lado, como bien señala Lacueva, existen dos tipos de Tradición: la constitutiva y la interpretativa. La primera es de la que venimos hablando en párrafos anteriores, mientras que la segunda es, según Roma, la única interpretación legítima de la primera.[6]

Además, la teología romanista apunta que esta autoridad de la Tradición es infalible, pues:

Según la carta de san Pablo a Timoteo, la Iglesia es el pilar y la base de la verdad; los apóstoles y, consecuentemente, sus sucesores, tienen el derecho de imponer su doctrina. Quienes la rechazan serán condenados. Quienquiera que la rechace ha naufragado en la fe. La autoridad es, por tanto, infalible. Y tal infalibilidad está garantizada implícita pero directamente en la promesa del Salvador: “Miren, estoy con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos”. En breve, la Iglesia continúa la misión de Cristo de enseñar, así como la misión de santificar. Su poder es la misma que Él recibió de su padre, y así como Él vino lleno tanto de gracia como de verdad, la Iglesia es una institución de verdad y de gracia. Su doctrina debe ser extendida por todo el mundo a pesar de tantas dificultades.[7]

Así, el Catecismo de la Iglesia Católica asevera que: «para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, ‘dejándoles su cargo en el magisterio’».[8]

2. POSICIÓN PROTESTANTE SOBRE LAS FUENTES DE REVELACIÓN

La posición protestante podría resumirse en las palabras de Samuel Vila cuando dice: «…nunca damos a la tradición humana el mismo valor que a la Sagrada Escritura, y rechazamos toda insinuación o enseñanza, aun cuando fuere de siglos más o menos cercanos a la época apostólica, si las tales enseñanzas se hallan en oposición con lo que los propios apóstoles del Señor nos dejaron escrito en las sagradas páginas del Nuevo Testamento».[9]

Es menester reconocer que la tarea encomendada por Jesús a los apóstoles no fue la de escribir una serie de cartas que, posteriormente, formarían lo que hoy conocemos como Nuevo Testamento; sino la de «proclamar» o «predicar» el Evangelio (Marcos 16:15; Mateo 16:7). La Tradición Oral fue el primer medio de enseñanza apostólica y, evidentemente, ésta gozó de una total autoridad. Sin embargo, cuando los primeros escritos apostólicos fueron escritos éstos gozaron de una análoga autoridad a la tradición oral. Ejemplo de ello es el texto de Pablo a los tesalonicenses en su segunda carta: «Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra» (2 Tesalonicenses 2:15). Sin embargo, la tradición oral de los apóstoles tenía autoridad porque Cristo les había otorgado esta prerrogativa a ellos. Ellos, junto con los profetas de antaño, serían quienes establecieran los fundamentos de la fe (Efesios 2:20), sobre los que la Iglesia debía y debe ser edificada. Por tanto, sería la tradición oral de los apóstoles y los escritos apostólicos el depósito de fe al que el incipiente cristianismo debía de sujetarse (2 Timoteo 1:14).

En Judas 3 encontramos una exhortación a luchar por la «fe» (cuerpo de doctrina) entregado de una vez por todas a los santos: «Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos». Ésta es la única Tradición que podemos aceptar como protestantes y no aquella que pretende tener semejante autoridad tras el fin de la era apostólica. José Grau afirma que: «La tradición de la que habla el Nuevo Testamento no es, pues, una corriente desbocada que se origina en los grandes acontecimientos redentores y que luego fluye incesantemente como la fe o la teología de la Iglesia. La tradición es una proclamación autorizada, confiada a los apóstoles como testigos de Cristo y como fundamentos de la Iglesia».[10]

De hecho, si la tradición apostólica constitutiva siguiera vigente sería la Iglesia –mejor dicho, el Magisterio Eclesiástico– la que gozaría de dicha autoridad y prerrogativa de infalibilidad. Entonces, ya no sería la Biblia la que iluminara a la Iglesia, sino que sería la Iglesia la que, por medio del Magisterio, ilumina la Biblia; poniéndose así, inevitablemente, por encima de ella. Ésta fue la razón por la que algunas confesiones reformadas declararon que: «La regla infalible de interpretación de la Escritura es la propia Escritura; y por consiguiente. Cuando hay dificultad respecto al sentido verdadero y pleno de un pasaje cualquiera (sentido que no es múltiple, sino único) éste se debe buscar y establecer con la ayuda de otros pasajes que hablen con más claridad».[11] Y en el siguiente punto añade: «El Juez Supremo, por quien deben decidirse todas las controversias religiosas, y todos los decretos de concilios, opiniones de antiguos autores, y doctrinas de hombres y espíritus individuales deben ser examinados, y en cuya sentencia debemos descansar, no es otro que el Espíritu Santo, que habla en la Escritura».[12]

En este sentido, si, como afirma la Iglesia de Roma, sólo podemos tener confianza en el canon o en la infalibilidad de la Escritura por el Magisterio de la Iglesia, cabría preguntarse: ¿declararía la Iglesia de Roma al Evangelio de Mateo como canónico porque éste contenía un texto aparentemente a su favor? –en referencia a Mateo 16:18, «tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia»–. Este razonamiento evocaría a una respuesta argumentativa circular y falaz, en la que la Iglesia Católica conferiría autoridad y validez únicamente a aquellos escritos que le confieren autoridad a ella (la Iglesia de Roma).

No obstante, es necesario reconocer que «el libre pensamiento» al que ha dado lugar la Reforma conlleva una serie de graves peligros si no se crea una especie de filtro. Con razón el reformador Samuel Werenfels dijo: «Hic liber est in quo quaerit sua dogmata quisque, invenit et pariter dogmata quisque sua» («Es este un libro en que cada uno busca sus dogmas y, de igual manera, encuentra sus propios dogmas»).

Como el teólogo Juan Stam señala, la idea de la «Sola Scriptura» no era la de prescindir del estudio serio y crítico de las Escrituras, de la razón o de cualquier otro estudio importante, pues:

Queda claro que la “sola scriptura” no significa que conocemos la verdad sólo por la Biblia o que todo lo demás no importa. ¿Quién podría entender el éxodo sin saber algo de Egipto, o el exilio de los judíos sin saber algo de Asiria y Babilonia? Un famoso fundamentalista, R.A. Torrey, dijo sabiamente, “Quien conoce sólo la Biblia, no conoce la Biblia”. Por eso, Lutero apela a las escrituras, pero también a “razones claras” y a la conciencia. Después una correlación similar iba a ampliarse en “el cuadrilátero wesleyano” (escritura, tradición, razón, experiencia).[13]

Evidentemente, la autoridad de la Escritura debe estar por encima de cualquier pretensión de autoridad de una persona o institución, y debe ser la Biblia quien ilumine a la Iglesia. No obstante, la interpretación de las Escrituras no debe ser particular o antojadiza, sino crítica y seria. Podemos servirnos de la tradición, pero siempre como «sierva» (al servicio) de la Escritura y nunca por encima de ella. Confesamos, por tanto, que la Biblia es suficiente (2 Timoteo 3:15-17; 2 Pedro 1:19; Salmos 19:7-9).

El ex-católico y converso al protestantismo José Grau escribió:

“La Reforma no trajo un evangelio «protestante», sino el Evangelio de la Iglesia de todas las edades. El principal apoyo, lo hallaron los reformadores en las Escrituras, pero siempre que pudieron citaron a los padres de la antigua Iglesia en su apoyo. […] Toda afirmación importante de la Reforma hallaba considerable apoyo en la tradición antigua de la iglesia católica.”[14]

Como joven protestante he de reconocer que amo la tradición y reconozco un gran valor en ella. La fe cristiana es una fe histórica, por tanto, sus creencias deben hallar un considerable respaldo en la tradición histórica de la iglesia. El apóstol enseñó que la iglesia sería “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). Nuestra fe no es una fe particular, novedosa o ajena al mensaje apostólico, sino que debe estar fundamentada en las Escrituras y en el consenso histórico y general de la iglesia. Quienes subestiman o infravaloran la tradición desconocen por completo la historicidad de la fe cristiana.

 CONCLUSIÓN

Tras el análisis anterior, no podemos colegir que la autoridad que Roma ha otorgado a la Tradición sea bíblicamente legítima, sino, más bien, todo lo contrario. La «Sola Scriptura» es una garantía de que nada que se halle en oposición a las enseñanzas de Cristo y los apóstoles sea finalmente considerado un dogma por la Iglesia. De lo contrario, podremos caer en el error de aquellos judíos que tanto se adherían a las tradiciones en tiempo de Jesús, «Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres» (Marcos 7:7-8a).

Una sumisión ciega al Magisterio de la Iglesia coacciona la libertad; promueve una rígida uniformidad, reservas mentales por parte de los más críticos; impide una honesta y novedosa formulación teológica por parte de teólogos particulares, etc.

En resumen, concluimos que es un grave error situar la tradición al mismo nivel que la Escritura; no obstante, creemos que la tradición tiene un papel significativo e importante que no debe ser minusvalorado.

Con sincero afecto:
José Daniel Espinosa Contreras.

BIBLIOGRAFÍA

[1] Así queda reflejado en el Catecismo de la Iglesia Católica, artículo dos.

[2] Esta línea de pensamiento reformadora puede comprobarse en la Confesión de Fe de Westminster y Catecismo Menor, capítulo I: De las Santas Escrituras (Confesión de fe de Westminster y Catecismo Menor. Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 1988, pp. 7-11).

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Concilio_de_Trento#Acuerdos_adoptados_en_las_sesiones [En línea: consultado el 22 de octubre de 2015].

[4] Véase la Enciclopedia Católica Digital: http://ec.aciprensa.com/wiki/Tradici%C3%B3n_y_Magisterio_Vivo [En línea: consultado el 26 de octubre de 2015].

[5] DODD, CHARLES HAROLD. La Biblia y el hombre de hoy. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1973, p. 37.

[6] LACUEVA, FRANCISCO. Catolicismo romano. Barcelona: Editorial CLIE, 1989, p. 53.

[7] Enciclopedia Católica Digital: http://ec.aciprensa.com/wiki/Tradici%C3%B3n_y_Magisterio_Vivo [En línea: consultado el 26 de octubre de 2015].

[8] Consúltese el artículo II, sobre La transmisión de la revelación divina, del Catecismo de la Iglesia Católica.

[9] VILA, SAMUEL. A las fuentes del cristianismo. Barcelona: T.S.E.L.F., 1989, p. 143.

[10] GRAU, JOSÉ. El fundamento apostólico. Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas, 1973, p. 57.

[11] Confesión de fe de Westminster y Catecismo Menor. Barcelona: El Estandarte de la Verdad, 1988, p. 11.

[12] Íbid.

[13] http://www.lupaprotestante.com/blog/la-reforma-y-la-iglesia-protestante-de-hoy-2/ [En línea: consultado el 27 de octubre de 2015].

[14] GRAU, JOSÉ. Catolicismo Romano: Orígenes y desarrollo. 2ª edición actualizada de «Concilios» Tomo I. Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas, 1987, p. 532.

Publicado en Artículos | 1 Comentario

Las redes sociales y la egolatría.

facebook-narcisismo
Las redes sociales están concibiendo una generación ególatra y narcisista, alimentando nuestra innata vanidad y promoviendo una atmósfera de hipocresía sin igual. Con Instagram presumimos de nuestra “belleza” o buena vida, con Twitter de nuestra sabiduría y elocuencia, con Facebook de nuestro conocimiento y prestigio. Hemos potenciado el individualismo, la presunción, las comparaciones, la idolatría, etcétera; entrando en una espiral de envidias, insatisfacciones y apariencias.

La moda de las redes sociales nos ha engatusado de tal forma que nos hemos habituado y amoldado a ser, dígase claramente, seres humanos descarada y orgullosamente egolátricos. Y yo, no soy una excepción.

Cada día hay más jóvenes, y jóvenes cristianos, atrapados en la generación “selfie”. Una generación que espera que todo el mundo admire su propio autorretrato. ¿Hay algo más vanidoso que esto? Una generación cuyo gozo e identidad depende de los “Me gusta” que consiguen sus publicaciones.

¿De dónde surge este problema? Del corazón. «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos […] las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre» (Marcos 7:21-23). Por eso debemos hacer nuestra la oración del salmista: «Dios mío, mira en el fondo de mi corazón, y pon a prueba mis pensamientos. Dime si mi conducta no te agrada, y enséñame a vivir como quieres que yo viva» (Salmos 139:23-24).

Hemos alimentado, engordado y exacerbado el protagonismo del «YO». Quienes amenazan nuestra imagen pública se convierten en enemigos a quienes hay que censurar. Incluso las reflexiones bíblicas que a menudo publicamos buscan más la exaltación del «yo» (de mi retórica o conocimiento) que la exaltación de Cristo. Esto también es usar a Cristo como “ganancia” deshonesta. Con el pretexto de hacer famoso a Jesucristo hacemos famosos nuestros propios nombres. El «YO» se ha apoderado de nosotros.

¡Volvamos a la oración del salmista! Hagámosla nuestra. Practiquemos el auto-olvido. Que nuestra paz, identidad y satisfacción no dependan de lo que otros piensen de nosotros, sino de lo que Dios piensa de nosotros.

«No sean egoístas; no traten de impresionar a nadie. Sean humildes…» (Filipenses 2:3).

Con afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

Publicado en Artículos | Deja un comentario

¿Cómo vencer el pecado? Reflexión

3.TALLER TENTACION1

«Cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte» (Santiago 1:15).

Santiago no describe el pecado como un accidente fortuito que el hombre comete o como un acto aislado en el que caemos en un momento de descuido. Para Santiago, el pecado es el resultado de un proceso.

El proceso comienza con un deseo. Algo cautiva nuestra atención y apela a nuestras emociones y sentidos (vista, oído, olfato, tacto, etcétera). Por ejemplo: alguien que está luchado con la gula entra a la cocina a deshoras y ve una olla llena de arroz con pollo. Esto despierta un deseo en él…

De forma inmediata, nuestra mente empieza a justificar ese deseo para poder obtenerlo. El deseo que comenzó apelando a las emociones ahora está trabajando en la mente. Por ejemplo, argüimos: «pero tengo hambre»; «por un par de cucharaditas que coma no pasará nada»; «luego caminaré y perderé las calorías»; «por un día no pasará nada» … En este momento, ya se está concibiendo el pecado dentro de nosotros, pues tratamos de excusarlo.

Tras justificar ese deseo, el siguiente paso es planificar de forma voluntaria y consciente cómo alcanzar el deseo pecaminoso. Por ejemplo, planeamos comer de forma rápida para que nuestro cónyuge no se dé cuenta, a escondidas para que nadie se interponga entre el deseo y nosotros. Este es el proceso de concebir el pecado, que se produce en la mente.

El resultado de permitir que los deseos pecaminosos conciban en nuestra mente nos lleva al acto de desobediencia. Esto da lugar al pecado. El deseo nos arrastró y sedujo cual cebo al pez para morder el anzuelo. Y tras morder el anzuelo, en lugar de encontrar satisfacción como esperábamos, hallamos insatisfacción y muerte. Por ejemplo, la persona se siente mal por no poder cumplir su palabra o propósito de cuidarse, lo cual le hace sentirse hipócrita o frustrada. Además, se siente hinchada o gorda, lo que aumenta su probabilidad de enfermedades y no le permite tener una vida saludable.

Ahora bien, si el pecado es un proceso y nosotros queremos cortar con el pecado en nuestra vida, entonces, necesariamente debemos cortar con el proceso que nos lleva a él. De hecho, cuanto antes cortes con el proceso de la concupiscencia, más probabilidades tendrás de evitar el pecado.

La Biblia nos enseña algunas claves fundamentales, que haríamos bien si las tomáramos como disciplina espiritual, para cortar con este proceso de la concupiscencia pecaminosa: Efesios 4:23; Filipenses 4:8; Salmos 119:9-11; Mateo 26:41; etcétera.

«Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir» (1 Corintios 10:13).

Con afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa Contreras.

Sígueme en Facebook: https://www.facebook.com/TheoJoseDaniel/

Publicado en Artículos | 1 Comentario

Descargar gratis folleto: “El legalismo y el evangelio”. ¡Comparte!

portada legalismo y evangelio

Me dispongo a escribir estas líneas con temor. Hablar del legalismo en la cristiandad no es fácil, pues suele causar crispación entre los mismos creyentes. Pido a Dios que no sea así entre los lectores de este ensayo, y que sean capaces de descubrir la gracia de Dios entre mis torpes e inútiles palabras. Por otro lado, percibo que la iglesia en Occidente –así como la sociedad occidental– tiende generalmente a desviarse en la dirección opuesta; a saber, hacia el liberalismo. No soy ignorante de esta realidad, contra la cual procuro estar firmemente asido a la Palabra de Dios. Pero, a la vez, como bien expresó el reconocido escritor Philip Yancey acerca del legalismo en su obra Gracia divina vs. Condena humana: «No conozco nada que represente una amenaza mayor para la gracia».

Descargue la obra gratuitamente en formato PDF haciendo clic en:
El-legalismo-y-el-Evangelio

Por favor, siéntase con la total libertad de compartir esto con sus contactos y amistades. ¡Gracias por ayudarnos a difundir!

Quiera Dios que este folleto pueda ser usado para su gloria y para la bendición de su iglesia allá donde esta se encuentre.

Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

Puede seguir al autor en Facebook: https://www.facebook.com/TheoJoseDaniel/

Publicado en Artículos | Deja un comentario

HEBRAÍSMOS EN LA BIBLIA. ¿Eh?

hebrai10

La Biblia está llena de hebraísmos. Es probable que nunca hayas escuchado esto y no tengas ni la más remota idea de qué es un hebraísmo, pero lo cierto es que ignorar qué es un hebraísmo y cómo se interpreta conduce con frecuencia a una mala hermenéutica y a una exégesis bíblica errada.

Procuraré con este artículo hacer una breve introducción a los hebraísmos que motive al lector a seguir profundizando en el estudio de las reglas de interpretación del texto bíblico.

Comencemos…

Un hebraísmo o modismo hebreo es una expresión peculiar del idioma hebreo que, normalmente, carecen de significado o evocan un concepto erróneo cuando se traducen a otro idioma y que, por regla general, solo son comprensibles para los que hablan ese idioma. La Real Academia Española define el modismo como: «Expresión fija, propia de una lengua, cuyo significado no se deduce de las palabras que la forman; p. ej., a troche y moche».

Veamos algunos ejemplos de modismos en nuestra lengua castellana:

  • Hacer el oso: equivale a hacer el ridículo o el tonto.
  • Tener dos dedos de frente: discernir bien.
  • Hacer el paripé: aparentar una acción que no se realiza.
  • Hacer cola: esperar que llegue tu turno.
  • Hacer boca: comer.
  • ¡Hace un año!: Exageración de lo que hace relativamente mucho tiempo que ocurrió, aunque no significa literalmente que ocurrió 365 días atrás.
  • Echar una mano: ayudar.
  • Sacar las uñas: amenazar.

Este tipo de expresiones carecen de significado al que no esté familiarizado con el idioma español y serían realmente complejas, cuando no imposibles, de traducir a otros idiomas.

Los hebraísmos presentan la misma dificultad, por lo que las traducciones bíblicas al castellano, en su mayoría, han traducido literalmente tales expresiones sin tratar sustituirlas por un modismo similar al castellano o por una connotación más real en nuestro idioma.

Ahora que sabemos qué es un hebraísmo pasaremos a leer y explicar algunos de ellos que encontramos en las Sagradas Escrituras.

1º MODISMOS DE FILIACIÓN

Son modismos que usan el término “hijo” no en el sentido ordinario de ser descendiente de alguien, sino con la intención de relacionar a la persona con ciertas características o cualidades. Por ejemplo: A Jacobo y a Juan se les llama «los hijos del trueno” por el ímpetu y el carácter tempestuoso de ambos. En Efesios 2:2 se llama a los incrédulos «hijos de desobediencia” por tener vidas caracterizadas por la desobediencia a la ley de Dios. La Biblia usa las expresiones: «hijos de ira» (Ef. 2:3), «hijos de paz» (Lc. 10:6), «hijos de luz» (1 Ts. 5:5); etcétera, por ser personas con ciertas cualidades que los caracterizan.

2º MODISMOS QUE EXPRESAN LO ABSOLUTO POR LO RELATIVO

¡Atención a estos hebraísmos! Pueden ser realmente confusos y llevarnos a conclusiones equivocadas si se interpretan literalistamente sin tener en cuenta lo que son, modismos hebreos.

Por ejemplo, Juan 6:27 dice así: «Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece…». El evangelista recoge las palabras de Jesús, donde este se expresa con una prohibición absoluta: «No trabajar por la comida que perece». Pero si este imperativo fuera tomado literalmente todos nosotros deberíamos abandonar nuestros trabajos con los que nos ganamos el pan y el sustento diario. Esto entraría en contradicción directa con otros textos bíblicos que nos exhortan a trabajar (Efesios 4:28 y 2 Tesalonicenses 3:10). Por tanto, cuando Jesús dice: «No trabajéis por la comida que perece» está usando un hebraísmo con el que pretende enfatizar lo más importante («trabajad por la comida que a vida eterna permanece») por medio de una negación absoluta de lo menos importante. Una traducción por equivalencia dinámica, que procurara comunicar la idea original, traduciría así: «Trabajad, no solamente por la comida que perece, sino…». Lo segundo es lo más importante, pero no por ello debemos desechar lo primero.

Existen muchas modismos que ponen lo absoluto por lo relativo: «Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio» (1 Co. 1:17); «el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió» (Mc. 9:37); «Cuando hagas co­mida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos … Más cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos…» (Lc. 14:12-13).

Dos modismos de lo absoluto por lo relativo muy importantes y que deben ser tenidos en consideración son los usados con los términos «amar» y «aborrecer».

Lucas recoge las palabras de Jesús: «Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc. 14:26). El aborrecimiento u odio del que Jesús habla no debe interpretarse literalmente, pues es una expresión figurada que trata de enfatizar la radicalidad y prioridad del seguimiento de Cristo por medio de una negación absoluta. Pero este «aborrecer» (gr. Miséo = aborrecer, odiar, detestar) es un hebraísmo que trata de expresar la idea de un afecto de menor ardor o de algo menos prioritario.

Esta es la misma expresión usada por Pablo en Romanos 9:13 «Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí». Traducir literalistamente este texto no solo evoca una imagen equivocada del propósito original del autor y tergiversa la naturaleza del Dios de amor revelado en las Escrituras. Cuando uno conoce la historia de Esaú puede ver que Dios hizo provisión para él, incluso recibió una bendición de Dios, aunque de menor grado que la de Jacob (cf. Génesis 27:36, 39) y la promesa de que su descendencia sería librada de la servidumbre (Génesis 27:40) y que las posteriores generaciones podrían volver a unirse a los verdaderos adoradores del único Dios verdadero (Deuteronomio 23:7). Entonces, ¿realmente aborreció Dios a Esaú? ¡No!

Para que esto quede claro, veamos un ejemplo bíblico de ello. En Génesis 29:30 se dice sobre Jacob: «Y se llegó también a Raquel, y la amó también más que a Lea…». El adverbio comparativo «más que» indica que Lea era amada, pero Raquel lo era más que Lea. Sin embargo, justo el siguiente versículo afirma que: «Vio el SEÑOR que Lea era aborrecida» (29:31; LBLA). ¿Se da cuenta? Un texto dice que Raquel era amada menos y el siguiente que era aborrecida. Este tipo de lenguaje, que hace uso de contrastes exagerados, era una técnica muy común para enseñar y fue usada por los escritores bíblicos.

3º MODISMOS DE LO RELATIVO POR LO ABSOLUTO

Este tipo de hebraísmo es similar al anterior, pero a la inversa. Consiste en usar un lenguaje débil o relativo para expresar lo fuerte.

Pongamos un ejemplo:

Lucas 18:9-14 nos cuenta la parábola del fariseo y el publicano. Jesús alaba la actitud del publicano mientras condena la actitud hipócrita del fariseo. Sin embargo, el vs. 14 dice así: «Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro». ¿Cómo que «antes que el otro»? ¿Acaso el fariseo fue justificado? No, pues el texto no apunta en esa dirección. Sin embargo, si interpretamos el texto literalmente llegaríamos a la conclusión de que el fariseo fue justificado un poco después que el publicano, por lo que la diferencia entre uno y otro es meramente una cuestión de tiempo. Pero no era eso lo que Jesús quería transmitir. Jesús quiso enseñar que el fariseo no fue justificado de ninguna manera, mientras el publicano si alcanzó esta gracia. Jesús usa un lenguaje relativo: «antes que», para enseñar una verdad absoluta.

Existen muchos otros ejemplos de esta clase de modismos que, por no extendernos, no mencionaremos.

4º MODISMOS DE TIEMPO

Así como decíamos al principio que la expresión castellana: «¡Hace un año!» puede ser usada como una exageración que trata de enfatizar un largo transcurso de tiempo, pero no necesariamente 365 días literales, con las expresiones hebreas: «siempre» o «perpetuamente» ocurre lo mismo.

Por ejemplo, en Éxodo 12:24 Dios instituye la fiesta de la Pascua como una celebración anual perpetua: «Guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre». Sin embargo, sabemos que las fiestas y la ley de Moisés quedaron abolidas con el nuevo pacto instaurado por Cristo y la mayoría de los cristianos no las celebran. A menudo, estas expresiones tienen un sentido limitado y no literal.

Otro ejemplo lo vemos en la promesa de Dios a Abraham: «Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre» (Génesis 13:15). No obstante, en el Nuevo Testamento toda la tierra de Israel estaba ocupada y pertenecía al imperio romano y, tras la caída de Roma, pasaron 19 siglos sin existir ningún estado israelí sobre la faz de la tierra. Ahora bien, si la promesa debe interpretarse literalmente, ¿cómo se explica la ausencia de dominio de esta tierra por parte del pueblo israelí durante tantos siglos?

En este sentido, el teólogo costarricense Juan Stam escribió: «Aunque parezca extraño, el idioma hebreo no contiene la palabra “siempre” en su vocabulario, ni mucho menos la palabra “eterno”. Para esa idea empleaba mayormente la frase “por los siglos” o “por los siglos de los siglos” o frases similares. La idea básica de “siglo” (yoLaM en hebreo) es “un tiempo largo”, a menudo “pasado remoto” o “futuro remoto”. Puede ser un período largo sin principio ni fin (“el Dios sempiterno”, Deut 33.27), pero también largo con principio (desde pasado remoto) o con fin (hasta un futuro remoto). La ocupación por Israel de Palestina tuvo un principio y puede tener un fin, en lo que al adjetivo “siempre” se refiere. Por eso, la palabra “siempre” o términos similares en las promesas de tierra no significan necesariamente que dicha promesa constituye un “título de propiedad” para el actual gobierno israelí».

Imagino que leer esto será una sorpresa para muchos.

Otro de los modismos de tiempo es considerar una parte de un día como un día completo. Esto resuelve muchas de las confusiones respecto a los días que Jesús permaneció en la tumba y el día que resucito. Pero esto, dejaremos que lo investigues por ti mismo. ¡Es apasionante!

Si te ha gustado o lo consideras importante, ¡compártelo en con tus amistades!

Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa Contreras.
Sígueme en: https://www.facebook.com/TheoJoseDaniel/

Publicado en Artículos | 2 comentarios

La verdad sobre Jacobo Arminio

JacoboArminio
No pretendo escribir un artículo detallado sobre la teología arminiana o sobre la vida de Jacobo Arminio, sino un breve escrito aclaratorio, que evite más “falacias del hombre paja” contra el Arminianismo Reformado y caricaturizaciones gratuitas por parte del nuevo movimiento calvinista, que con demasiada frecuencia presenta imágenes deformadas de este sistema teológico, para que le sea más fácil golpear contra él. A menudo leo críticas contra el arminianismo, con las que de todo corazón estaría de acuerdo si lo que se criticara fuera realmente el arminianismo. Pero no lo es.

¡Ánimo! Este debate durará hasta que estemos en la presencia del Señor. Mientras tanto, seamos justos en nuestros diálogos teológicos.

Sobre Jacobo Arminio y su teología:

  • Hasta el día de su muerte, él siempre se consideró reformado.
  • Algunas ideas del arminianismo actual se han atribuido incorrectamente a la teología de Arminio, pero no pertenecen realmente a él.
  • Creía firmemente en la doctrina de la depravación total humana, tal como otros pensadores reformados.
  • Afirmó que, sin la gracia de Dios, la voluntad humana en su estado caído es incapaz de conseguir ningún bien espiritual.
  • Jamás dio al libre albedrío la capacidad de salvar al hombre, sino que afirmó que tras la Caída: «el libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, tullido, enfermo, deformado y debilitado, sino también encarcelado, destruido, y perdido. Y, hasta que llega la asistencia de la Gracia, sus poderes no solo están debilitados e inútiles, sino que no existen excepto cuando los estimula la Gracia divina: Puesto que Cristo ha dicho: ‘Separados de mí, nada podéis hacer’».
  • Siempre se mantuvo alejado del pelagianismo y afirmaba una y otra vez que la depravación total había afectado cada aspecto del ser humano.
  • Compartía con los demás reformadores el concepto expiatorio de satisfacción penal, convencido de que la justificación del pecador solo podía llevarse a cabo mediante la imputación de la justicia de Cristo por medio de la fe.
  • Nunca defendió la justicia o salvación por obras.
  • Afirmaba que, si la redención no había sido obtenida para todos, la fe en Cristo sería exigida sin ningún derecho para todos. Y si no fue obtenida para todos, nadie podría ser culpable de rechazar la oferta de redención, pues rechazaría algo que no le pertenece y lo haría con toda propiedad.
  • Afirmaba que la redención obtenida por todos no implicaba una salvación universal para todos, pues la condición de la Escritura es: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo». La redención es aplicada únicamente a los creyentes, aquellos que por la fe están en Cristo, los elegidos en Él.
  • Creía que la gracia de Dios no opera como una ola gigantesca que arrasaba e ignoraba la voluntad del pecador, sino que funciona como una “suave persuasión”, influyendo a los pecadores, atrayéndoles a Dios y capacitándoles para que puedan responder con fe. Por tanto, esta gracia puede resistirse.
  • A diferencia del calvinismo, Arminio estaba convencido de que Dios no niega su gracia a nadie, pues el deseo de Dios, como declara Su Palabra es que: «todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2:4); «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres» (Tito 2:11) o « Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo» (palabras de Jesucristo en Juan 12:32).
    [Esta exposición del Arminianismo Reformado es explicada con mayor detenimiento por Stephen M. Ashby en el libro “La seguridad de la salvación: Cuatro puntos de vista” de la Editorial CLIE].

    Sígueme en Facebook: https://www.facebook.com/TheoJoseDaniel/ 

Publicado en Artículos | 2 comentarios

Consejos para tu vida devocional

banner-interno-devocional

Anoche, un buen amigo y joven de la iglesia me comentó que llevaba un tiempo queriendo hacer unos devocionales diarios, pero que era incapaz por no saber cómo empezar o desarrollarlos. Si te sientes identificado con él, a continuación expongo algunos consejos que pueden ayudarte.

Antes de nada, debes saber que hay muchas formas diferentes de hacer un devocional y todas tienen sus pros y sus contras. Por tanto, cada uno debe buscar la forma que más le agrade y le ayude a tener un buen tiempo con el Señor.

Algunas personas, al tener dificultad para leer por sí mismas la Biblia, deciden hacer sus devocionales guiándose por un libro de devocionales cristiano que compran en alguna librería. Ciertamente, hay libros muy buenos para ello, pero creo que la mayoría de estos libros no estimulan al creyente para que él mismo aprenda a obtener sus propios devocionales de la Biblia. La Biblia debe ser la fuente principal para todo devocional. Nosotros queremos escuchar a Dios hablarnos y ella es la Palabra de Dios.

Muchos jóvenes se acostumbran a hacer sus devocionales dependiendo de libros de hombres –que pueden ser realmente buenos–, pero se olvidan que la fuente principal de donde deben obtener el alimento espiritual es de la Biblia. No debemos depender de otros para nuestro devocional diario. Dios nos ha dado las herramientas necesarias para acudir directamente a Él y a su Palabra.

Teniendo en cuenta esto, aquí van mis consejos:

  1. Empieza tu devocional orando. No te confundas, no es que empezar orando sea una fórmula mágica que hará que tu vida devocional sea fácil. Pero sí es una buena forma de reconocer que necesitamos la ayuda de Dios para entender y vivir su Palabra. En el Evangelio de Lucas se nos dice lo que Jesús hizo con sus discípulos: «Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras» (Lc. 24:45). Es Dios quien debe abrir nuestro entendimiento espiritual. Recuerda: No oramos de manera ritual o por costumbre, sino para reconocer que la Biblia es Su Palabra y deseamos que Él nos hable con la intención de obedecerla. Es una forma de preparar nuestro corazón. El Señor bendecirá esta actitud.
  2. Empieza tu devocional leyendo la Biblia y no cualquier otro libro. Quizá al principio te cueste, pero poco a poco comenzarás a disfrutar de la fuente de la vida espiritual.
  3. Selecciona un libro específico de la Biblia y empieza a leerlo desde el principio hasta el final. ¡No abras tu Biblia al azar! Algunos hacen sus devocionales yendo de un lado al otro de la Biblia y así solo reflexionan en pasajes sueltos. Pero la Biblia no nos ha sido dada con ese propósito. Entenderemos mejor la Biblia cuando la leamos libro por libro, cada pasaje dentro de su contexto. En este sentido, mi recomendación es que, para empezar, leas algún libro o carta del Nuevo Testamento.
  4. Para tus devocionales diarios, lee fragmentos cortos. A menudo, por el ansia y deseo de leernos toda la Biblia rápido, leemos fragmentos muy largos (de varios capítulos), sin meditar y pararnos a rumiar lo que leemos. Recuerda que no solo estamos llamados a leer la Biblia, sino a meditar en ella («en tu ley medito de día y de noche» Salmos 1:2; «Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, …» (Josué 1:8). El meditar requiere de más tiempo y quietud, además del ejercicio de reflexionar sosegadamente todo lo que leemos y qué podemos aprender de ello.
  5. Usa una versión de la Biblia que te sea fácil de entender. Si te cuesta entender algunas partes de la Biblia, usa una versión con un lenguaje más moderno y actual. Hay excelentes versiones en castellano.
  6. Lee con inteligencia. Fíjate en los verbos (acciones) que se usan, si se repite alguna palabra, si se utilizan contrastes, si algún término te parece extraño o interesante, etcétera. Para ayudarte, puedes tener un cuaderno y bolígrafo o directamente subrayar tu Biblia y anotar en ella. También puede ayudarte tratar de imaginar la escena o por qué el autor dijo lo que dijo.
  7. Ora mientras lees. A menudo leemos algo que nos llama la atención. No pases al siguiente versículo de inmediato. Puedes hacer una breve oración a Dios sobre ese versículo, aplicándolo de forma personal. Por ejemplo, yo estoy leyendo actualmente el libro de Santiago en mi devocional. Ayer leía el versículo 1:5, que dice: «Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada». Entonces, me detuve por unos segundos y le pedí a Dios que me diera sabiduría para vivir mi día a día, para mi matrimonio, las relaciones, el ministerio, etcétera. La Biblia no solo está para leerla, ¡sino para vivirla!
  8. Haz preguntas al texto: ¿Qué quería el autor enseñarnos con este texto?; ¿qué me enseña esto sobre Dios?; ¿qué me enseña esto sobre cómo es el hombre?; ¿qué enseñanzas o principios podemos obtener de este pasaje?; ¿cómo puedo aplicar actualmente estas enseñanzas en mi día a día?; ¿qué verdades enseña el texto?; ¿cuál es el ejemplo a seguir?; ¿qué pecado debemos confesar?; ¿qué promesas se hacen? ¡Hay miles de preguntas que se pueden hacer al texto! Disfruta sacando tu lado de periodista.
  9. Trata de memorizar. No siempre debe ser así, pero si un versículo ha cautivado tu atención o Dios te ha hablado a través de Él, ¿por qué no llevarlo contigo a todo lugar donde vayas?
  10. Recuerda que el verdadero propósito de tu devocional es tener comunión con Dios. No hacemos el devocional para descubrir «verdades ocultas» que luego publicaremos en Facebook. Nuestra actitud debe ser la del salmista cuando dijo: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?» (Salmos 42:2).
  11. Practica la disciplina espiritual. No se trata de tener una actitud legalista, ni de caer en la rutina. Pero te recomiendo que establezcas una hora específica del día para tu devocional diario. Y ¡cúmplela siempre! Apúntalo en tu agenda y dale prioridad. Frecuentemente, es fácil encontrar tiempo para estar en Facebook o para ver nuestra serie preferida, pero no para nuestro plan devocional. El devocional es indispensable para el crecimiento cristiano. ¡Tómatelo en serio!

Si crees que estos consejos son de ayuda, compártelos con tus amigos. Si deseas compartir tus experiencias, ¡escríbenos!

Con afecto en Cristo:

José Daniel Espinosa.

Publicado en Artículos | 2 comentarios

El suicidio y el sentido de la vida

Taut Rope Breaking Apart

Días atrás leía en el periódico que el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. Desgraciadamente, hay el doble de suicidios que de muertes por accidente de tráfico. Según las estadísticas, en España hay más de 10 muertes por suicidio cada día. Las estadísticas son preocupantes. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Qué razones podrían llevar a una persona a tal desesperación inconsolable? Sé que las causas del suicidio pueden ser muchas y muy diversas, pero propongo que la causa principal está estrechamente relacionada con la fuente esencial donde cada ser humano encuentra el sentido de su vida. Solo cuando una persona pierde la fuente esencial del sentido de su vida y esperanza es que pierde el deseo de vivir, pues ha perdido aquello que era el eje de su vida.

Las Sagradas Escrituras enseñan que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:27). La imagen de Dios en el ser humano tiene que ver, entre otras cosas, con su naturaleza espiritual. Esto significa que el ser humano no es solo un conjunto de materia, sino un cuerpo espiritualizado y un espíritu corporificado. Nuestras necesidades no se limitan al plano de lo material y natural, sino de lo espiritual y metafísico. Cuando las personas niegan su naturaleza espiritual, en realidad, están negando lo que son y olvidando saciar sus necesidades trascendentales y esenciales.

La propia historia ha demostrado que el materialismo ha fracaso porque, a pesar de los intentos, no ha conseguido saciar esa sed espiritual inextinguible que se encuentra en lo más profundo del ser de cada hombre. Ya lo advirtió Jesús: «¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?» (Marcos 8:36). Por el contrario, el materialismo, relegando o minusvalorando lo espiritual, ha cosechado una sociedad insatisfecha; con una espiritualidad atrofiada y con unas facultades humanas cada vez más subdesarrolladas, reduciéndose a mera animalidad.

Como bien señaló el teólogo, pastor y escritor ya fallecido, José María Martínez: «Del fondo insondable del ser humano, siempre surge una voz que confiesa: ‘Mi alma tiene sed de Dios’ (Sal. 42:2). A pesar de las apariencias, el materialismo ha fracasado».[1]

Y, ¿qué tiene que ver esto con el tema principal de este artículo, a saber, el suicidio? –se preguntarán algunos. Pues bien, la Biblia enseña que, a pesar de que el hombre no quiera reconocerlo, en el fondo del ser humano hay una sed espiritual inextinguible. Esa sed espiritual nos lleva de forma natural a buscar una fuente que pueda saciarnos. Entonces, desde que el ser humano tiene uso de razón, trata de encontrar la fuente esencial que dé sentido a su existencia, que llene sus necesidades materiales y espirituales, y le provea la suficiente satisfacción como para continuar viviendo.

El problema es que el ser humano, en su rebeldía contra Dios, busca la fuente esencial de su vida fuera de Dios mismo y solo encuentra los gozos incompletos de este mundo que nunca satisfarán su corazón. Poniendo la esperanza y la fuente esencial del sentido de la vida en lo material y temporal, la esperanza y el sentido de la vida se desvanecerán cuando estas cosas desaparezcan. Cuando la fama, la familia, la prosperidad económica, la apariencia física, el aplauso de los demás, el poder, el éxito, el prestigio o la reputación se convierten en el eje de nuestra existencia, corremos el peligro de perder la ilusión por vivir y de encontrar el desespero al no alcanzar estas cosas.

Esto es lo que la Biblia llama idolatría. Como recoge Tim Keller en su libro, Dioses que fallan, «un ídolo es cualquier cosa en la que fije su vista y diga, en lo más íntimo de su corazón: ‘Si consigo eso, mi vida tendrá sentido. Entonces, sabré que tengo valor, me sentiré importante y seguro’». Consiste en deificar lo material, temporal y perecedero, pensando que si obtenemos estas cosas saciaremos nuestra “sed” y encontraremos la plenitud. Keller afirma también que nuestra sociedad contemporánea no es muy diferente de las antiguas. Quizá no adoramos o no nos inclinamos ante la diosa Afrodita (diosa de la belleza) como lo hacían los griegos siglos atrás, pero nuestra sociedad actual se ha vuelto esclava de la belleza y muchos jóvenes caen en depresiones y desórdenes alimentarios por una preocupación desmedida en la imagen física. En el peor de los casos, llegan al suicido. ¿No es esto idolatría?

Somos tentados a llenar el vacío espiritual con los gozos incompletos de este mundo. Mientras tanto, nos atrofiamos espiritualmente y nos olvidamos que más allá de lo material, hay necesidades espirituales que solo Dios puede llenar. El profeta Jeremías recoge las palabras de Dios: «Dos son los pecados que ha cometido mi pueblo: Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, cisternas rotas que no retienen agua» (Jeremías 2:13).

Hemos abandonado a nuestro Creador, la fuente de agua viva que sacia todas nuestras necesidades y da sentido a nuestra existencia. Por el contrario, hemos tratado de cavar y encontrar por nosotros mismos la fuente esencial del sentido de la vida, pero no nos damos cuenta de que esas cisternas están rotas y no retienen el agua, por tanto, no podrán saciarnos por siempre.

Mientras tanto, siguen resonando las palabras del Dios encarnado, Jesucristo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (7:37). Los deseos más ardientes del ser humano solo serán colmados en Cristo. Él es la fuente para la satisfacción de las necesidades más profundas del hombre. Como dijo Jesús a la mujer de Samaria: «El que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna» (Juan 4:14). Si el sentido de nuestra vida se encuentra en algo fuera de Cristo, entonces, hemos perdido el sentido de la vida.

 

José Daniel Espinosa Contreras.

 

 

[1] MARTÍNEZ, JOSÉ MARÍA. Introducción a la espiritualidad cristiana. Terrassa, Barcelona: Editorial CLIE, 1997, p. 33.

La referencias a Tim Keller proceden de su libro Dioses que fallan (Editorial Andamio).

Publicado en Artículos | Deja un comentario