Romanos 9 no limita el alcance de la salvación de Dios, sino que lo amplia

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Días atrás publiqué en mi perfil de Facebook que el pasaje de Romanos 9 no limita el alcance de la salvación de Dios, sino que lo amplia. Este comentario tuvo muchas y diversas reacciones, tanto a favor como en contra. Por ello, y animado por algunos de los lectores de Facebook, me he sentido animado a escribir este artículo, donde expondré cómo interpretar Romanos 9 de una forma diferente a la de la tradicional teología reformada, aquella que hoy muchos enarbolan como verdad inamovible y absoluta.

A menudo, leemos el texto paulino de Romanos 9 con una clara herencia de la teología reformada, lo que nos lleva a pensar que Dios tiene un grupo reducido de elegidos para salvación, mientras que aquellos que no fueron elegidos perecerán justamente, por lo que no pueden alegar nada contra Dios. Pero, ¿qué sucede si leemos este texto sin las lentes reformadas?

La iglesia de Roma (en el siglo I) estaba compuesta por judíos y gentiles. De hecho, aunque la carta no parece haberse escrito por ningún problema interno de la comunidad, si encontramos algunas motivaciones pastorales, pues Pablo exhorta en el cap. 14:1 – 15:13 a todos los creyentes –ya judíos, ya gentiles– a vivir en armonía. En los primeros capítulos de la epístola Pablo se encarga de señalar las muchas cosas que ambos grupos tienen en común: todos están bajo pecado (3:9); ninguno de ellos será justificado por las obras de la ley (3:28); Dios justifica por la fe tanto a unos como a otros (3:30) y solo hay un Dios, el cual es Dios de judíos como de gentiles (3:29).

¿Sabe lo que estas afirmaciones suponían para los hombres de su tiempo? ¿Se imagina el impacto que estas palabras tenían para los judíos? ¿No? Te ayudaré. Repasemos.

Una de las oraciones matutinas del pueblo judío decía: «Bendito eres Tú, Dios nuestro, rey del universo que no me hiciste gentil…». Veamos algunos extractos del Talmud Hebreo: «El no judío es una basura; un excremento»; «El no judío es como un perro, y las sagradas escrituras nos enseñan a honrar al perro más que a un no judío»; «El mejor de los gentiles debe ser asesinado»; «Aunque Dios haya creado a los gentiles, ellos son solo animales en forma humana». Bueno, ¿para qué seguir? Supongo que el lector habrá captado algo de la mentalidad judía de aquel tiempo, por lo que vuelvo a preguntar: ¿Se imagina cuán escandalosas podían sonar algunas de las afirmaciones del apóstol Pablo en la carta a los Romanos?

Los judíos creían ser el único y exclusivo pueblo elegido por Dios. Limitaban el alcance de la salvación (¿le suena?) únicamente a ellos; los elegidos. A lo que Pablo corrige: «Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios» (Romanos 2:28-29). Por tanto, «porque Dios es uno, él justificará POR LA FE a los de la circuncisión (judíos de nacimiento), y POR MEDIO DE LA FE a los de la incircuncisión (gentiles)».

¡Wow! ¡Cuán escandalosas eran estas afirmaciones! Que los gentiles pudieran entrar al reino de los cielos aun cuando los mismos judíos según la carne no lo hicieran, suponía un choque mental demasiado grande para ser aceptados por algunos.

Pablo quiere enfatizar que la justificación se alcanza por medio de la fe. ¿Cómo fue justificado Abraham, el «padre de la fe»? «CREYÓ Abraham a Dios y le fue contado por justicia» (4:3); «…decimos que a Abraham la fue contada LA FE por justicia» (4:9). Abraham fue justificado incluso antes de ser circuncidado. ¿Por qué? Para que también fuera «el padre de los CREYENTES no circuncidados» (3:11), esto es, los gentiles que creyeran.

Pues bien, el apóstol comienza el capítulo 9 de Romanos entristecido porque, a pesar de los múltiples privilegios que el pueblo judío había tenido, había rechazado la salvación de Dios por no CREER en Jesús como el Mesías. Pero el plan de Dios no había fracasado (9:6), pues el plan original de Dios siempre fue para los «hijos de la promesa» (9:8). Y, ¿para quienes es la promesa? «Sabed, por tanto, que LOS QUE SON DE LA FE, éstos son hijos de Abraham» (Gálatas 3:7; cf. Romanos 4:16). ¡Este es el tema del capítulo nueve! No todos los judíos serían salvos simplemente por ser descendientes de Abraham según la carne, sino que por ser Dios soberano, abriría las puertas de la salvación a todos aquellos que ejercieran la fe en Jesucristo (incluso a esos gentiles considerados perros o basura para los judíos), pues como dijo a Moisés: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca» (9:15).

¡Wow! Pablo expone que el deseo de Dios no es limitar el alcance de la salvación, sino ampliarlo.

Ahora bien, ¿qué significa eso de: «A Jacob amé, más a Esaú aborrecí»? Clemente de Alejandría era de la convicción que ningún texto bíblico debía interpretarse de tal forma que pareciera decir algo indigno de Dios, y enfatizaba que todo lenguaje antropomórfico acerca de Dios debía interpretarse en términos filosóficos. Pues bien, cuando uno conoce la historia de Esaú, puede ver que Dios hizo provisión para él, incluso recibió una bendición de Dios, aunque de menor grado que la de Jacob (cf. Génesis 27:36, 39) y la promesa de que su descendencia sería librada de la servidumbre (Génesis 27:40) y que las posteriores generaciones podrían volver a unirse a los verdaderos adoradores del único Dios verdadero (Deuteronomio 23:7). Entonces, ¿realmente aborreció Dios a Esaú? ¡No! Puesto que Dios: «es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9). El contraste «amé…, aborrecí» es un modismo empleado para expresar un menor grado de lo opuesto.

Para que esto quede claro, veamos un ejemplo bíblico de ello. En Génesis 29:30 se dice sobre Jacob: «Y se llegó también a Raquel, y la amó también más que a Lea…». El adverbio comparativo «más que» indica que Lea era amada, pero Raquel lo era más que Lea. Sin embargo, justo el siguiente versículo afirma que: «Vio el SEÑOR que Lea era aborrecida» (29:31; LBLA). ¿Se da cuenta? Un texto dice que Raquel era amada menos y el siguiente que era aborrecida. Este tipo de lenguaje, que hace uso de contrastes exagerados, era una técnica muy común para enseñar y fue usada por los escritores bíblicos.

Por tanto, ¿a quién ha escogido salvar Dios? No a aquellos que tratan de justificarse por las obras de la ley, «pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama» (9:11), sino «a todo aquel que crea». Por eso el siguiente capítulo afirma: «Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque TODO AQUEL QUE INVOCARE EL NOMBRE DEL SEÑOR, SERÁ SALVO» (10:11-13). ¡Por eso ya no hay diferencia entre el judío y el griego! Y, ¿acaso en la elección de Dios se hace acepción de personas? «Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia» (Hechos 10:34-35).

¿Significa esto que el hombre se salva por sus méritos? En absoluto. Ningún ser humano puede ser salvo por sus propios medios. Juan 6:65 nos recuerda la necesidad que los hombres tienen de la gracia de Dios para ir a Él. Pero como Dios no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 Pedro 3:9) y sean salvos (1 Timoteo 2:4) ofrece gracia suficiente para todos (Juan 1:29; 4:42; 14:47; 1 Timoteo 4:10; Hebreos 2:9; 1 Juan 2:2; 4:14). Esta gracia nos da la capacidad de creer en Dios, por eso es un don divino (Efesios 2:8). Y puesto que la gracia es para con todos, el Evangelio exige a todo el mundo que se arrepienta: «Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (Hechos 17:30).

Entonces, ¿están todos los hombres, en virtud de la gracia de Dios, capacitados para responder al Evangelio con fe? Rotundamente, sí. El evangelio de Juan, que algunos, en mi opinión, equivocadamente consideran de inclinación determinista, señala una y otra vez la necesidad y responsabilidad que todos los hombres tienen de ejercer la fe en Jesucristo.

El creer se presenta en el evangelio de Juan como la única obra que Dios exige del hombre: «—¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras que Dios exige? —le preguntaron. —Ésta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien él envió —les respondió Jesús» (Jn. 6:28-29). La obra que Dios exige (vs. 28) y desea es que los hombres crean en Jesús. Podemos decir que el fin por el cual vino al mundo fue para que TODOS creyesen en él, «a fin de que todos creyesen por él» (Jn. 1:7). A fin de cuentas, Jesús vino a alumbrar a TODO hombre: «Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo», por lo que el propósito debe ser el mismo para con todos (para que crean en Él).

En 1 Juan 3:23 se nos presenta la responsabilidad humana de creer en Jesús como un mandato divino (confiemos, voz activa). El hombre, por tanto, tiene la responsabilidad y deber de creer en Jesucristo. Es necesaria una decisión. De hecho, Jesús presenta la posibilidad de creer como la optio fundamentalis al alcance del hombre, «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis, y sigáis conociendo, que el Padre está en mí y Yo en el Padre» (Jn. 10:37-38). Jesús exige constantemente la fe de todo hombre (Jn. 12:36; 9:36; 11:15), incluso la reclama de forma imperativa: «creed también en mí» (Jn. 14:1, 11).

Le pese a quien le pese, Jesús nunca presentó el «creer en él» como un hecho irrealizable. El reconocido y respetado teólogo alemán, Rudolf Schnackenburg, señala:

La posibilidad de la fe salta a la vista por el simple hecho de que Jesús se vuelve de continuo y en forma resolutiva a rodos los oyentes (cf. 8,51; 10,37s; 12,36), incluso a los vacilantes (el pueblo) y hasta entonces incrédulos («los judíos»), reclamando la fe; dirige su llamada de una forma pública y abierta (cf. 12,44-50), sin limitarse de antemano a un círculo esotérico («los suyos»). También la comunidad está llamada a proclamar el mensaje al mundo y a ganar nuevos creyentes (cf. 17,18.2Gs). Además, se subraya con mayor relieve la responsabilidad de la propia decisión y el carácter inexcusable de la incredulidad: el que no cree pronuncia el juicio contra sí mismo (3,18.36; 8,24; cf. 26; 12,48); la incredulidad se debe a falta de voluntad (5,40; 7,17), es un pecado (8,21; 9,41; 16,9), y como tal inexcusable (15,22.24).

Concluimos, pues, que la misericordia de Dios es incluyente y no excluyente. Su misericordia no se limita al pueblo judío, sino a todo aquel que cree.

Y este creer está abierto a todo el mundo, aunque haya un grupo de personas que dicen ser “elegidos” que crean que la salvación es solo para ellos.

Con sincero afecto en Cristo:

José Daniel Espinosa Contreras.

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Acerca de José Daniel Espinosa Contreras

Graduado en Teología en la Facultad de Teología AD de Córdoba (España). Tesis de grado: «Dimensión Trinitaria del Culto Cristiano: Legitimidad de la formulación trinitaria como objeto de culto», calificada con: Matrícula de Honor. Masterando en Teología Dogmática en el CEIBI (Santa Cruz de Tenerife, España). Docente de la asignatura: «Fenomenología e Historia de las Religiones» en el Centro de Investigaciones Bíblicas de Santa Cruz de Tenerife. Sirve al Señor en España.
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Una respuesta a Romanos 9 no limita el alcance de la salvación de Dios, sino que lo amplia

  1. Noa Alarcón dijo:

    ¡Mira que llevo pensando en esto desde que lo pusiste en el Facebook! Creo que tu acercamiento es muy claro, y la pena es que algunos se te van a quejar porque no van a entender que, como decía Jesús, se puede hacer una cosa sin descuidar la otra. La acusación de estos reformados nuevos (¿”neoreformados”? Creo que no llegan siquiera ni a neocalvinistas, se han inventado algo nuevo) contra el libre albedrío y la profesión de fe y esta obsesión en cambio por la predestinación, supone algo mucho más que mera doctrina, mera hermenéutica. En mi opinión, están actuando en contra de los movimientos sectarios surgidos en Latinoamérica, principalmente (aunque también hay mucho de ello en el resto del mundo), de grupúsculos de ascendencia evangélica, por así decirlo. Vale, hay abuso, hay malinterpretación bíblica, en eso estamos de acuerdo. Pero al conocer a algunos de estos neoreformados en persona, la verdad, lo único que ofrecen en una fe que más que ir en dirección a Dios, va “en contra” de estos abusos. Y yo me pregunto qué clase de fe es esa. No lo digo por decir, sino por gente a la que conozco personalmente. Algunos sienten un odio hacia todo lo pentecostal o carismático (o que se le acerque) que da miedito.
    Si algo enseña la Biblia es que a Dios es difícil pillarle del todo. Que se nos escapa de la mente. Que es como nuestra visión con la luz, que el ojo humano solo percibe ciertas ondas de luz, y los rayos ultravioletas y los infrarrojos es incapaz de percibirlos; no por ello los ultravioletas ni los infrarrojos no existen, y somos conscientes de ello. Del mismo modo, cuando esta gente se percata (porque es imposible no hacerlo) de que no podemos captar la totalidad del ser de Dios, en toda su expresión, en vez de cambiar las bases de su pensamiento y reformarlas (que sería lo bíblico), toman a Dios y lo intentan meter en sus moldes. Como si se empeñasen en decir que puesto que no podemos ver los rayos infrarrojos, la Biblia revela que no existen y son un invento del hombre que no se humilla ante la revelación.
    Si pensamos en la naturaleza de lo que se nos está comunicando en Romanos 9, como bien tú dices, hay muchas capas de información y comprensión a las que debemos ir accediendo con reverencia y respeto mientras estudiamos nuestras Biblias, en la dirección que marca la primera lectura: la salvación es universal, para todo aquel que crea (y lo remata en Romanos 10:9). De hecho, lo cortés no quita lo valiente: Dios sabe quiénes se van a salvar, y creo firmemente que él nos ha escogido desde antes de la fundación del mundo, pero eso no es excluyente con el hecho de que esa decisión no anula mi libre albedrío ni que la salvación en mi vida personal se desencadena en el momento en que yo creo. Y otra cosa sería investiga la maravilla de lo que propone Pablo de que se accede a la salvación por la creencia, y no por ninguna otra cosa, algo históricamente asombroso. Pero eso para otro día. Para mí, el problema que tienen estos neoreformados con el libre albedrío (como para llegar a negarlo, como en el artículo de PD del Oscar Magranet) es que eso les deja muy poco control a ellos como dirigentes de iglesia sobre sus fieles. Y porque supone aceptar una realidad de Dios que no podemos percibir en nuestro mundo natural y que, de nuevo, es muy parecida a la luz infrarroja. ¿Cómo es posible que Dios nos haya elegido pero a la vez sea elección nuestra (Ro 10:9)? No es tan difícil de creer que pueda ser así, la Biblia entera está llena de las paradojas de Dios. El problema de esta gente es que, como no puede encajarlo en sus sistemas filosóficos, dan por hecho que no existe; (no olvidemos de donde proviene la tradición reformada, de una reacción contra la escolástica medieval, y toda la escolástica se basa en la filosofía; y todo movimiento de oposición no puede estar basado en otra cosa diferente que aquello a lo que se opone, salvo en lo mismo pero desde el otro extremo del espectro).
    No sé si me estoy explicando, que hoy estoy espesa, la verdad.
    A mí lo que me provocan estas pataletas dialécticas de estos neoreformados es una profunda pereza mental. No se han esforzado por pensar; no se han esforzado por ampliar el campo de visión, por encontrar un modo de observar a Dios desde Cristo, y no desde sí mismos. No se basan en la maravillosa razón que el Señor nos regaló a la humanidad para que la usásemos, sino en temas que a ellos les parecen más grandilocuentes como la autoridad, los líderes, el pastorazgo, pero que si te fijas todo es muy mundano. Esta obsesión con que los demás no son humildes por no someterse a lo que ellos dicen me recuerda el dicho de que cree el ladrón que todos son de su condición; y esto es cierto aunque ellos mismos no se den ni cuenta. La verdad es que sus sistema de fe está basado en que ellos se creen tan poderosos como para decirle al mismo Dios lo que él es y lo que hace; no es de extrañar que acusen a los demás de lo que ellos mismos son. De hecho, en psicología se estudia que es una conducta muy normal de quien no tiene su identidad ni su autoestima bien colocada. En el artículo que te decía antes, cita a John MacArthur: “La elección o predestinación es el acto de Dios por el cual en el pasado eterno Él escogió a aquellos que habrían de ser salvos”… claro, John MacArthur, y tú lo sabes porque estabas allí cuando lo hizo, ¿verdad? ¿Pero con qué autoridad se creen que hablan?
    Y ahora que estamos aquí y no molestamos a nadie, cuando pienso en todo esto y en lo que he podido ver en los últimos años, la verdad es que se me viene a la cabeza, precisamente, el texto de que Dios se resiste a los soberbios. Las iglesias que no tienen este sistema de pensamiento tan rígido sino que se acercan a la Palabra con mucha más franqueza y naturalidad, con todos sus problemas, las veo crecer, bautizar gente, impactar en sus barrios. Las personas en particular que son de estas iglesias tienen vidas y ministerios que son relevantes. ¿Qué tienen estos neoreformados? Yo conozco algunas de sus iglesias, y de verdad que no puedo evitar pensar que Dios se les resiste; cada persona nueva que se añade a sus cultos es un esfuerzo sobrehumano, apenas hay bautismos (o sea, no hay conversiones porque casi todos provienen de rebote de otras iglesias); cuando hacen alguna campaña evangelística, no se toman un tiempo de oración y reflexión, sino que los líderes son los que deciden qué se va a hacer y esperan que Dios lo apruebe (y esa es la norma). Después no consiguen los resultados que esperaban y se sienten frustrados. Yo tengo la sensación de que Dios, realmente, se resiste a hacerles caso. En fin, que menudo sermón te he contado, me vuelvo al trabajo. ¡Un abrazo grande!

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