EL CRISTIANO, LA MUERTE Y LA ESPERANZA

 

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Esquilo, dramaturgo griego del siglo V a.C., escribió: «Una vez que un hombre muere, no hay esperanza de que resucite». Teócrito, poeta griego del siglo III a. C., escribió: «Mientras hay vida hay esperanza, pero no la hay para los muertos».

De más está decir que Grecia fue la madre de la cultura occidental, por lo que nuestra sociedad actual aún sigue impregnada de tal pensamiento. ¿Ha escuchado alguna vez el refrán: «Mientras hay vida hay esperanza»? Seguro que sí, no es nada nuevo.

Al parecer, esta misma filosofía impregnó los escritos de algunos autores veterotestamentarios, como claramente refleja el libro de Eclesiastés al declarar:

«Pero hay esperanza para todo el que está entre los vivos, pues mejor es perro vivo que león muerto. Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos nada saben, ni tienen más recompensa, porque hasta su memoria es puesta en el olvido. Han perecido con su amor, con su odio y con su envidia, y nunca más tendrán parte alguna en todo lo que se hace debajo del sol» (9:4-6).

Puesto que el Cohelet o Predicador (autor de Eclesiastés) no tenía acceso a la revelación del Nuevo Testamento sobre la retribución de la vida futura, no puede sino lamentarse de que tanto los justos como los impíos tengan el mismo fin y suerte; a saber, la muerte. Pero, si la vida de los justos e impíos acaba inexorablemente con la muerte, ¿no es esto un incentivo para que los malvados sigan en su impiedad entregándose sin temor a los instintos e inclinaciones que les marca su propia naturaleza?

Versículos como este ponen de manifiesto las creencias de Cohelet y de los judíos de su tiempo sobre la muerte y la esperanza. Además, estos textos hacen resaltar las ventajas de nuestra vida terrena, según las creencias que ellos tenían, sobre la muerte. Y es que, por muy mal que nos vaya en esta vida terrena, mientras uno vive tiene la esperanza de alcanzar días mejores; más felices y prósperos.

El refrán popular usado por el Predicador: «mejor es perro vivo que león muerto» (vs. 4) solo adquiere su sentido más amplio cuando se conoce el contexto del mismo. El perro era considerado un animal impuro y despreciable para los orientales (1 Samuel 17:43; 1 Samuel 24:14; 2 Samuel 9:8) y el león el más poderoso (2 Samuel 1:23; 2 Samuel 17:10; Salmos 30:30), símbolo de fuerza y nobleza. Por tanto, la idea que nos transmite el refrán es que es preferible ser el animal más vil estando vivo, que el mejor y más valorado de todos ellos estando muerto.

Para ellos, solo los vivos pueden disfrutar de los bienes y felicidad temporales que Dios les conceda en esta vida, por lo que ésta llega a ser tan querida y apreciada, por más que esté llena de incontables miserias. No así con los muertos, pues incluso el recuerdo que de ellos se tenga desaparecerá (vs. 5). No hay esperanza para ellos y esto constituye para Cohelet una gran desilusión. La muerte no es ningún consuelo.

No es que los escritores del Antiguo Testamentos negaran una esperanza tras la muerte, es que la ignoraban. Este es un buen testimonio que demuestra que la revelación divina se ha ido dando de forma progresiva. Y este es un factor importante a tener en cuenta en nuestra hermenéutica bíblica.

Volviendo al refrán, presumo que tal afirmación supondría que el fin de toda esperanza es la muerte. Quizá, esta sea una de las muchas razones por la que las personas tienen temor a la muerte. Pero, ¿qué sucede entre esta triste y pesimista concepción de la muerte y la ulterior concepción cristiana que llevó a confesar a un converso del judaísmo: «Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Filipenses 1:21)?

Jesucristo y su mensaje han supuesto un cambio radical en nuestro modo de entender la muerte y la esperanza. A lo largo de la historia del cristianismo no han faltado declaraciones de creyentes que han visto la muerte de una forma muy distinta. Por ejemplo, Teresa de Jesús escribió: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…». ¿Cómo pudo decir que «muere porque no muere»? La razón, es que ella había tenido un encuentro con Jesucristo y su mensaje. Ella había adquirido una correcta comprensión de la muerte. Sí, ella no veía la muerte como una penalidad que va a suceder inevitablemente, sino como Alguien que venía a recibirla alegremente; Cristo.

Con Cristo, la muerte no es el fin de la esperanza, sino el cumplimiento de ella. Cristo es la razón de nuestra esperanza y quién da sentido a la muerte.

Oh hermano, como bien expresó Norman Macleod:

«Nos imaginamos a la muerte como algo que viene a destruir; imaginémonos, más bien, a Cristo que viene a salvar. Pensamos en la muerte como en un final: pensemos mejor en una vida que comienza más abundantemente. Pensamos que vamos a perder algo; pensemos que vamos a ganar mucho. Pensamos en una partida; pensemos en un encuentro. Pensamos que vamos a marchar; pensemos en que vamos a llegar. Y cuando la voz de la muerte nos susurre al oído: “Tienes que dejar la tierra”, oigamos la voz de Cristo que nos dice: “¡Estás llegando hacia Mí!”».

Gracias Cristo. Tú eres nuestra esperanza.

Escrito por José Daniel Espinosa Contreras.
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Acerca de José Daniel Espinosa Contreras

Graduado en Teología en la Facultad de Teología AD de Córdoba (España). Tesis de grado: «Dimensión Trinitaria del Culto Cristiano: Legitimidad de la formulación trinitaria como objeto de culto», calificada con: Matrícula de Honor. Masterando en Teología Dogmática en el CEIBI (Santa Cruz de Tenerife, España). Docente de la asignatura: «Fenomenología e Historia de las Religiones» en el Centro de Investigaciones Bíblicas de Santa Cruz de Tenerife. Sirve al Señor en España.
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Una respuesta a EL CRISTIANO, LA MUERTE Y LA ESPERANZA

  1. superjonas dijo:

    Gracias Estimado Daniel por disponerte a escribir sobre este tema, que para los cristianos, aún es tan algo desconcertante hablar. A nadie le gusta hablar de la muerte.
    Como Pablo dijo “¿dónde está oh muerte tu aguijón, dónde oh sepulcro tu victoria?” creo que la muerte me entrega a Jesús, ¡entonces bienvenida la fecha de mi vencimiento en esta tierra!

    Saludos mi Estimado!!
    Jonathan desde Caracas, Venezuela.

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