“Yo también creo en Dios, a mi manera”. Meditaciones sobre la fe, el fideísmo, la revelación…

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«¡Yo también creo en Dios!», me reprochaba una mujer –que se consideraba a sí misma cristiana de tradición– mientras yo le compartía sobre mi fe cristiana. No ha sido la primera persona que me ha contestado lo mismo o una frase similar cuando he tratado de retarla a examinar su fe. Y no dudo que sea cierto que todas estas personas crean en la existencia de algún Dios, pues por medio del saber filosófico e inferencias lógicas puede llegarse a tales conclusiones, tal y como llegaron los filósofos de la antigüedad. El problema de estas ideas sobre Dios es que parten del individuo, de su limitada razón, ofreciendo, por tanto, explicaciones muy subjetivas, diversas e incluso contradictorias sobre la divinidad. Por ende, nuestra fe en la divinidad no está basada en lo que Dios ha revelado de sí mismo, sino en lo que nosotros, seres limitados en constante devenir, pensamos con más o menos acierto sobre Dios. Si nos encontramos aquí, entonces, nuestra fe solo es puro fideísmo.

Entender esto es fundamental si queremos conocer la diferencia entre la fe cristiana y el saber filosófico sobre Dios. Pues mientras el saber filosófico está regulado únicamente por la razón, la fe cristiana está regulada por lo que Dios ha revelado de sí mismo (en la Creación, en Jesucristo, en las Sagradas Escrituras, etc.) y lo que el hombre ha podido interactuar con dicha revelación. Aquí estriba una gran e importante diferencia que no debemos pasar por alto. Si nuestra creencia en Dios está basada en nuestro razonamiento lógico, debemos reconocer que como seres limitados y en constante devenir, nuestras “verdades” sobre Dios son cuanto menos subjetivas, pues están basadas en la especulación humana en su contacto directo con la realidad. Sin embargo, en la fe cristiana, la verdad sobre Dios no irá más allá de lo estrictamente revelado, aunque nuestro entendimiento de lo revelado crezca a través de los siglos. No trataremos de descubrir nuevas verdades sobre Dios –como presume la filosofía pura–, sino que nuestro empeño residirá en encontrar el mejor camino por el cual los hombres puedan llegar a aprehender y hacer propio lo ya revelado por Dios. No quiero decir con esto que la filosofía cristiana sea innecesaria, todo lo contrario, sino que ésta siempre se guiará a la luz de la experiencia de la revelación.

No trataré en este breve espacio de hacer una apologética sobre la divinidad o veracidad de dicha revelación, esfuerzos que ya han sido desempeñados a lo largo de los siglos por grandes filósofos, teólogos y apologetas cristianos y a los que yo poco o nada podría aportar. A ellos me remito, aunque no estaría de más que en un cristianismo tan anti-intelectual como en el que hemos vivido años atrás, los creyentes se preocuparan más por el estudio concienzudo de estos temas. Sobre todo cuando existen ideas muy confusas en el movimiento evangélico actual sobre la revelación de Dios y, más específicamente, sobre las Sagradas Escrituras. No nos haría mal reflexionar en lo que un antiguo profesor de filosofía nos recordaba una y otra vez en la Facultad de Teología donde cursé mis estudios:

«Cuando se considera la inspiración divina de los escritores de la Biblia, hay que tomar en cuenta el antropomorfismo y antropocentrismo de su lenguaje:

  1. La Biblia no es un objeto extraterrestre caído del cielo sobre lo cual no tengamos elementos racionales de juicio ni instrumentos lógicos de análisis exegético.
  2. La Biblia como Palabra de Dios es el registro en términos humanos de un encuentro personal entre Dios y el hombre que conforma a la historia de la salvación y guía la experiencia creyente.
  3. Como historia su lenguaje, localización, símbolos y figuras son propios de un tiempo y situación históricos y obedece a los parámetros de lo temporal, la situación a la que originalmente corresponde».

Nunca está de más enfatizar que la atemporalidad de las verdades de la revelación no está en su forma, sino en su contenido. Pretender otra cosa es confundir la Palabra de Dios con los jeroglíficos y códigos secretos tan a gusto de los cabalistas esotéricos. Estos días leía un libro –un bestseller–  que los antiguos inquilinos del piso de alquiler donde ahora resido habían dejado en la estantería, llamado: «El nuevo código secreto de la Biblia» de Michael Drosnin, donde el autor predice a través de unos códigos secretos en la Biblia, el claro mensaje de que una guerra mundial, un holocausto atómico y el fin de los días tendrían lugar en el año 2006. Han pasado más de diez años y, ¿adivina? ¡Seguimos vivos!

La revelación no es un atajo y no puede utilizarse como una coartada que justifique la ignorancia y el fanatismo. Debemos dar razones creíbles de nuestra fe, de lo contario, ¿qué diferencia hay con el seguidor de cualquier otra religión? No existe ni una sola gran religión que no se considere a sí misma como revelación directa del cielo.

Ser cristiano es sentirse responsable de las propias creencias y vivirlas de un modo consciente e inteligente. El libre examen sirve como salvaguarda contra la dictadura espiritual y no como justificación para ella. ¡Que les quede claro a los abusadores de la fe!

Pero no quiero terminar desviándome del tema. A lo que iba. La expresión: «Yo también creo en Dios», puede ser una excusa para aquellos que desean una fe sin compromiso con la revelación, una creencia intelectual o teórica que no implique cambios prácticos, una fe fideísta, subjetiva y cambiante. No hay nada más lejos de la fe cristiana que este tipo de “fe”. Si algo conocemos de Cristo es, al menos en gran medida, gracias a la revelación que de él tenemos contenidas en las Escrituras, pues incluso los testimonios extra-bíblicos beben de esta fuente de la revelación. Si decimos creer en él, debemos creer lo que la Biblia dice de él. A través de ella, Dios habla de sí mismo, da a conocer su vida íntima, su amor, su modo de gobernar la historia y su trato personal con la humanidad. También nos ayuda a conocernos a nosotros mismos; nuestro ser, nuestra historia, nuestras limitaciones y capacidades. Gracias a la revelación de la Escritura el creyente puede reconocer su propia experiencia y, gracias a la propia experiencia, descubre la verdad de la Biblia como revelación divina. Por tanto, no puedo entender a aquellos que afirmando creer en Dios y tener una fe cristiana, están totalmente desconectados del estudio y obediencia a la Palabra.

Y Cristo, Dios manifestado en carne, demostró un gran amor, apego y obediencia a las Escrituras. Por tanto, mi fe, nunca estará desconectada de ellas. ¿Creemos en Dios? Creamos también en su Palabra, con todo lo que ello implica.

Jesucristo dijo: “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12:48).

Dios les bendiga,
José Daniel.

 

 

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Acerca de José Daniel Espinosa Contreras

Graduado en Teología en la Facultad de Teología AD de Córdoba (España). Tesis de grado: «Dimensión Trinitaria del Culto Cristiano: Legitimidad de la formulación trinitaria como objeto de culto», calificada con: Matrícula de Honor. Masterando en Teología Dogmática en el CEIBI (Santa Cruz de Tenerife, España). Docente de la asignatura: «Fenomenología e Historia de las Religiones» en el Centro de Investigaciones Bíblicas de Santa Cruz de Tenerife. Sirve al Señor en España.
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