El suicidio y el sentido de la vida

Taut Rope Breaking Apart

Días atrás leía en el periódico que el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. Desgraciadamente, hay el doble de suicidios que de muertes por accidente de tráfico. Según las estadísticas, en España hay más de 10 muertes por suicidio cada día. Las estadísticas son preocupantes. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Qué razones podrían llevar a una persona a tal desesperación inconsolable? Sé que las causas del suicidio pueden ser muchas y muy diversas, pero propongo que la causa principal está estrechamente relacionada con la fuente esencial donde cada ser humano encuentra el sentido de su vida. Solo cuando una persona pierde la fuente esencial del sentido de su vida y esperanza es que pierde el deseo de vivir, pues ha perdido aquello que era el eje de su vida.

Las Sagradas Escrituras enseñan que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:27). La imagen de Dios en el ser humano tiene que ver, entre otras cosas, con su naturaleza espiritual. Esto significa que el ser humano no es solo un conjunto de materia, sino un cuerpo espiritualizado y un espíritu corporificado. Nuestras necesidades no se limitan al plano de lo material y natural, sino de lo espiritual y metafísico. Cuando las personas niegan su naturaleza espiritual, en realidad, están negando lo que son y olvidando saciar sus necesidades trascendentales y esenciales.

La propia historia ha demostrado que el materialismo ha fracaso porque, a pesar de los intentos, no ha conseguido saciar esa sed espiritual inextinguible que se encuentra en lo más profundo del ser de cada hombre. Ya lo advirtió Jesús: «¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?» (Marcos 8:36). Por el contrario, el materialismo, relegando o minusvalorando lo espiritual, ha cosechado una sociedad insatisfecha; con una espiritualidad atrofiada y con unas facultades humanas cada vez más subdesarrolladas, reduciéndose a mera animalidad.

Como bien señaló el teólogo, pastor y escritor ya fallecido, José María Martínez: «Del fondo insondable del ser humano, siempre surge una voz que confiesa: ‘Mi alma tiene sed de Dios’ (Sal. 42:2). A pesar de las apariencias, el materialismo ha fracasado».[1]

Y, ¿qué tiene que ver esto con el tema principal de este artículo, a saber, el suicidio? –se preguntarán algunos. Pues bien, la Biblia enseña que, a pesar de que el hombre no quiera reconocerlo, en el fondo del ser humano hay una sed espiritual inextinguible. Esa sed espiritual nos lleva de forma natural a buscar una fuente que pueda saciarnos. Entonces, desde que el ser humano tiene uso de razón, trata de encontrar la fuente esencial que dé sentido a su existencia, que llene sus necesidades materiales y espirituales, y le provea la suficiente satisfacción como para continuar viviendo.

El problema es que el ser humano, en su rebeldía contra Dios, busca la fuente esencial de su vida fuera de Dios mismo y solo encuentra los gozos incompletos de este mundo que nunca satisfarán su corazón. Poniendo la esperanza y la fuente esencial del sentido de la vida en lo material y temporal, la esperanza y el sentido de la vida se desvanecerán cuando estas cosas desaparezcan. Cuando la fama, la familia, la prosperidad económica, la apariencia física, el aplauso de los demás, el poder, el éxito, el prestigio o la reputación se convierten en el eje de nuestra existencia, corremos el peligro de perder la ilusión por vivir y de encontrar el desespero al no alcanzar estas cosas.

Esto es lo que la Biblia llama idolatría. Como recoge Tim Keller en su libro, Dioses que fallan, «un ídolo es cualquier cosa en la que fije su vista y diga, en lo más íntimo de su corazón: ‘Si consigo eso, mi vida tendrá sentido. Entonces, sabré que tengo valor, me sentiré importante y seguro’». Consiste en deificar lo material, temporal y perecedero, pensando que si obtenemos estas cosas saciaremos nuestra “sed” y encontraremos la plenitud. Keller afirma también que nuestra sociedad contemporánea no es muy diferente de las antiguas. Quizá no adoramos o no nos inclinamos ante la diosa Afrodita (diosa de la belleza) como lo hacían los griegos siglos atrás, pero nuestra sociedad actual se ha vuelto esclava de la belleza y muchos jóvenes caen en depresiones y desórdenes alimentarios por una preocupación desmedida en la imagen física. En el peor de los casos, llegan al suicido. ¿No es esto idolatría?

Somos tentados a llenar el vacío espiritual con los gozos incompletos de este mundo. Mientras tanto, nos atrofiamos espiritualmente y nos olvidamos que más allá de lo material, hay necesidades espirituales que solo Dios puede llenar. El profeta Jeremías recoge las palabras de Dios: «Dos son los pecados que ha cometido mi pueblo: Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, cisternas rotas que no retienen agua» (Jeremías 2:13).

Hemos abandonado a nuestro Creador, la fuente de agua viva que sacia todas nuestras necesidades y da sentido a nuestra existencia. Por el contrario, hemos tratado de cavar y encontrar por nosotros mismos la fuente esencial del sentido de la vida, pero no nos damos cuenta de que esas cisternas están rotas y no retienen el agua, por tanto, no podrán saciarnos por siempre.

Mientras tanto, siguen resonando las palabras del Dios encarnado, Jesucristo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (7:37). Los deseos más ardientes del ser humano solo serán colmados en Cristo. Él es la fuente para la satisfacción de las necesidades más profundas del hombre. Como dijo Jesús a la mujer de Samaria: «El que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna» (Juan 4:14). Si el sentido de nuestra vida se encuentra en algo fuera de Cristo, entonces, hemos perdido el sentido de la vida.

 

José Daniel Espinosa Contreras.

 

 

[1] MARTÍNEZ, JOSÉ MARÍA. Introducción a la espiritualidad cristiana. Terrassa, Barcelona: Editorial CLIE, 1997, p. 33.

La referencias a Tim Keller proceden de su libro Dioses que fallan (Editorial Andamio).

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Acerca de José Daniel Espinosa Contreras

Graduado en Teología en la Facultad de Teología AD de Córdoba (España). Tesis de grado: «Dimensión Trinitaria del Culto Cristiano: Legitimidad de la formulación trinitaria como objeto de culto», calificada con: Matrícula de Honor. Masterando en Teología Dogmática en el CEIBI (Santa Cruz de Tenerife, España). Docente de la asignatura: «Fenomenología e Historia de las Religiones» en el Centro de Investigaciones Bíblicas de Santa Cruz de Tenerife. Sirve al Señor en España.
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