EL CRISTIANO, LA MUERTE Y LA ESPERANZA

 

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Esquilo, dramaturgo griego del siglo V a.C., escribió: «Una vez que un hombre muere, no hay esperanza de que resucite». Teócrito, poeta griego del siglo III a. C., escribió: «Mientras hay vida hay esperanza, pero no la hay para los muertos».

De más está decir que Grecia fue la madre de la cultura occidental, por lo que nuestra sociedad actual aún sigue impregnada de tal pensamiento. ¿Ha escuchado alguna vez el refrán: «Mientras hay vida hay esperanza»? Seguro que sí, no es nada nuevo.

Al parecer, esta misma filosofía impregnó los escritos de algunos autores veterotestamentarios, como claramente refleja el libro de Eclesiastés al declarar:

«Pero hay esperanza para todo el que está entre los vivos, pues mejor es perro vivo que león muerto. Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos nada saben, ni tienen más recompensa, porque hasta su memoria es puesta en el olvido. Han perecido con su amor, con su odio y con su envidia, y nunca más tendrán parte alguna en todo lo que se hace debajo del sol» (9:4-6).

Puesto que el Cohelet o Predicador (autor de Eclesiastés) no tenía acceso a la revelación del Nuevo Testamento sobre la retribución de la vida futura, no puede sino lamentarse de que tanto los justos como los impíos tengan el mismo fin y suerte; a saber, la muerte. Pero, si la vida de los justos e impíos acaba inexorablemente con la muerte, ¿no es esto un incentivo para que los malvados sigan en su impiedad entregándose sin temor a los instintos e inclinaciones que les marca su propia naturaleza?

Versículos como este ponen de manifiesto las creencias de Cohelet y de los judíos de su tiempo sobre la muerte y la esperanza. Además, estos textos hacen resaltar las ventajas de nuestra vida terrena, según las creencias que ellos tenían, sobre la muerte. Y es que, por muy mal que nos vaya en esta vida terrena, mientras uno vive tiene la esperanza de alcanzar días mejores; más felices y prósperos.

El refrán popular usado por el Predicador: «mejor es perro vivo que león muerto» (vs. 4) solo adquiere su sentido más amplio cuando se conoce el contexto del mismo. El perro era considerado un animal impuro y despreciable para los orientales (1 Samuel 17:43; 1 Samuel 24:14; 2 Samuel 9:8) y el león el más poderoso (2 Samuel 1:23; 2 Samuel 17:10; Salmos 30:30), símbolo de fuerza y nobleza. Por tanto, la idea que nos transmite el refrán es que es preferible ser el animal más vil estando vivo, que el mejor y más valorado de todos ellos estando muerto.

Para ellos, solo los vivos pueden disfrutar de los bienes y felicidad temporales que Dios les conceda en esta vida, por lo que ésta llega a ser tan querida y apreciada, por más que esté llena de incontables miserias. No así con los muertos, pues incluso el recuerdo que de ellos se tenga desaparecerá (vs. 5). No hay esperanza para ellos y esto constituye para Cohelet una gran desilusión. La muerte no es ningún consuelo.

No es que los escritores del Antiguo Testamentos negaran una esperanza tras la muerte, es que la ignoraban. Este es un buen testimonio que demuestra que la revelación divina se ha ido dando de forma progresiva. Y este es un factor importante a tener en cuenta en nuestra hermenéutica bíblica.

Volviendo al refrán, presumo que tal afirmación supondría que el fin de toda esperanza es la muerte. Quizá, esta sea una de las muchas razones por la que las personas tienen temor a la muerte. Pero, ¿qué sucede entre esta triste y pesimista concepción de la muerte y la ulterior concepción cristiana que llevó a confesar a un converso del judaísmo: «Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Filipenses 1:21)?

Jesucristo y su mensaje han supuesto un cambio radical en nuestro modo de entender la muerte y la esperanza. A lo largo de la historia del cristianismo no han faltado declaraciones de creyentes que han visto la muerte de una forma muy distinta. Por ejemplo, Teresa de Jesús escribió: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…». ¿Cómo pudo decir que «muere porque no muere»? La razón, es que ella había tenido un encuentro con Jesucristo y su mensaje. Ella había adquirido una correcta comprensión de la muerte. Sí, ella no veía la muerte como una penalidad que va a suceder inevitablemente, sino como Alguien que venía a recibirla alegremente; Cristo.

Con Cristo, la muerte no es el fin de la esperanza, sino el cumplimiento de ella. Cristo es la razón de nuestra esperanza y quién da sentido a la muerte.

Oh hermano, como bien expresó Norman Macleod:

«Nos imaginamos a la muerte como algo que viene a destruir; imaginémonos, más bien, a Cristo que viene a salvar. Pensamos en la muerte como en un final: pensemos mejor en una vida que comienza más abundantemente. Pensamos que vamos a perder algo; pensemos que vamos a ganar mucho. Pensamos en una partida; pensemos en un encuentro. Pensamos que vamos a marchar; pensemos en que vamos a llegar. Y cuando la voz de la muerte nos susurre al oído: “Tienes que dejar la tierra”, oigamos la voz de Cristo que nos dice: “¡Estás llegando hacia Mí!”».

Gracias Cristo. Tú eres nuestra esperanza.

Escrito por José Daniel Espinosa Contreras.
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¿Cristianos carnales? Claro que sí.

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Hace unos días leí un artículo de «Soldados de Jesucristo», algo raro en mí, que afirmaba que los cristianos carnales son un mito o un invento. —¡No existe el cristiano carnal! ¡De ninguna manera! —afirman ellos.

Lo primero que me vino a la mente fueron la declaraciones del apóstol Pablo: «De manera que yo, HERMANOS, no pude hablaros como a espirituales, sino como a CARNALES, como a niños en Cristo» (1 Corintios 3:1), «porque aún sois CARNALES; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois CARNALES y andáis como hombres?» (3:3).

De hecho, imaginé que el autor del artículo no sería tan santo como para no haber pasado nunca por un periodo de carnalidad y enfriamiento espiritual. ¡Sería el primero que conozco!

Es claro que el apóstol Pablo llama a un grupo de cristianos a los que considera sus «hermanos», «carnales». De hecho, en otras ocasiones el apóstol exhorta a los cristianos a no dejarse llevar por sus apetitos carnales (Gálatas 5:13), lo que indica que la «carne» sigue vigente en el creyente. Y es que el cristiano, a pesar de ser hecho nueva criatura, debe proceder diariamente a despojarse de su «vestiduras» carnales y «revestirse» con el ropaje espiritual. Es esto a lo que Pablo hace referencia cuando dice: «En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4:22-24).

Es interesante que en este pasaje de Efesios, el verbo «renovaos» está en presente, indicando que se trata de un proceso diario. Además, el vocablo «despojaos» sería innecesario si los cristianos no poseyeran ya esa naturaleza carnal.

En base a esto podemos concluir dos cosas: 1) Ningún cristiano puede ser plenamente carnal y; 2) Ningún cristiano estará libre de la carnalidad.

Como bien señala R. C. Sproul: «La lucha entre la carne y el Espíritu continua durante toda la vida del cristiano hasta su glorificación» (Las grandes doctrinas de la Biblia). Evidentemente, si una persona está vacía del Espíritu Santo; es decir, si está entregada plenamente a un estilo de vida carnal, no estaríamos hablando de un cristiano carnal, sino de alguien que ni siquiera es cristiano. Un cristiano completamente carnal es una contradicción, pero ello no niega el hecho de que haya cristianos carnales.

El cristiano carnal es aquel que tiene la vida espiritual, pero no como un río abundante, sino como un arroyo seco. Es aquel que en la fragilidad humana hace reinar al «yo» para destronar a Cristo. Ellos serán identificados por su proceder pecaminoso (1 Corintios 5:1; 3:3) y por la lentitud en su crecimiento y desarrollo espiritual (3:1-2), minusvalorando la necesidad de la oración, el estudio de la Palabra de Dios y la comunión espiritual con la familia de la fe.

Es este estilo de vida carnal el que constantemente se nos enseña a evitar (Romanos 8:4-7), puesto que «los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8:8). Hemos sido llamados a aspirar a algo más sublime, a vivir en la plenitud del Espíritu Santo y de la vida abundante. Ello solo se conseguirá cuando vivamos una vida Cristo-céntrica, sujeta a la voluntad de Dios y controlada por su Espíritu.
José Daniel Espinosa.

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Dios le bendiga,
José Daniel.

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José Daniel Espinosa.

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¿Qué habré hecho para merecer esto?

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Ayer veía con mi esposa una hermosa película llamada “Los milagros del cielo” («Miracles for Heaven»). En una de sus escenas volví a ver la tan repetitiva y, desgraciadamente, no siempre ficticia escena de un grupo de creyentes que insinúan a otra persona de la iglesia donde se congregan que la enfermedad de su hija puede deberse a algún pecado. Así, sin ningún tipo de sensibilidad ni rastro de conmiseración alguna, hunden aún más en el sufrimiento a esta familia que experimenta sin descanso los duros varapalos de esta vida. Ahora, no solo deben afrontar el sufrimiento y el profundo dolor de una preciosa hija que muere poco a poco mientras la enfermedad avanza sin piedad y sin posibles soluciones médicas, la presión de una economía que continúa en pique y que dificulta el sostenimiento de la familia, el temor a que la situación laboral les lleve a la ruina, etcétera; sino, también, el terrible y pesado sentimiento de culpabilidad que estos creyentes habían echado sobre los hombros de esta familia. Y es que ante el sufrimiento es muy humano preguntarse: «¿Qué habré hecho para merecer esto?». Esa fue la reacción de la viuda ante Elías cuando su hijo murió (1 Reyes 17:18); también la de los amigos de Job al ver sus horribles sufrimientos (Job 8:4; 11:16), o la de los discípulos de Jesús ante el ciego de nacimiento (Juan 9:1-3). Pero debemos recordar que el libro de Job rechaza la manera de pensar de los amigos de Job, que Jesús rechazó la lógica de sus discípulos y que la viuda de Sarepta estaba equivocada. Aunque es cierto que la enfermedad puede deberse en ocasiones al pecado, la Biblia no presume que haya una conexión inevitable de causa y efecto entre pecado y enfermedad; ¡ni si quiera entre rectitud y bendición!

Las Sagradas Escrituras dejan lugar para el sufrimiento que no se merece y que, al menos desde el punto de vista humano, no tiene ninguna explicación. Ya lo dijo Jesús: «En el mundo tendréis aflicción» y él mismo debió soportarla. ¿Acaso por su pecado? Claro que no. Por eso, él entiende nuestros sufrimientos, se conmueve por ellos, llora con nosotros. A diferencia del panteón griego, donde solo hay dioses fríos y distantes, nosotros (cristianos), tenemos un Dios que comparte el dolor con la humanidad herida. Un Dios que, de verdad, puede compadecerse de nosotros, nos entiende y, por experiencia sabemos, nos ayuda a enfrentarlos. Ese es el Dios que nos ha sido revelado en Cristo. Como bien señaló Moltmann: «Un Dios que no puede sufrir es más desgraciado que cualquier hombre. Pues un Dios incapaz de sufrimiento es un ser indolente. No le afecta sufrimiento ni injusticia. Carente de afectos nada le puede afectar, nada conmoverlo. No puede llorar, pues no tiene lágrimas. Pero que no puede sufrir, tampoco puede amar. O sea que es un ser egoísta». A mi juicio, sólo un Dios sufriente es un Dios «cercano», que puede compartir nuestro sufrimiento, tal y como se nos revela en el Jesús crucificado. Cuando escucho esas frases asépticas de creyentes inmaduros, lanzadas cuales piedras de condenación, solo me consuela pensar en Cristo, en su amor, su compasión, su identificación con nosotros.

¿Reduce esta idea de Dios su soberanía u omnipotencia? ¡Claro que no! Su sufrimiento no se debe a la falta de Omnipotencia sino, todo lo contrario, el corolario de ella; pues ha elegido sufrir voluntariamente. Y por si fuera poco, nos da esperanza, pues ha demostrado ser un Dios con potestad para salvarnos de nuestra sufriente condición, tal y como se nos revela en el Jesús resucitado.

Que el Señor nos ayude a ser más como Cristo; prudentes, compasivos, humildes, misericordiosos…

Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa Contreras.

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“Yo también creo en Dios, a mi manera”. Meditaciones sobre la fe, el fideísmo, la revelación…

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«¡Yo también creo en Dios!», me reprochaba una mujer –que se consideraba a sí misma cristiana de tradición– mientras yo le compartía sobre mi fe cristiana. No ha sido la primera persona que me ha contestado lo mismo o una frase similar cuando he tratado de retarla a examinar su fe. Y no dudo que sea cierto que todas estas personas crean en la existencia de algún Dios, pues por medio del saber filosófico e inferencias lógicas puede llegarse a tales conclusiones, tal y como llegaron los filósofos de la antigüedad. El problema de estas ideas sobre Dios es que parten del individuo, de su limitada razón, ofreciendo, por tanto, explicaciones muy subjetivas, diversas e incluso contradictorias sobre la divinidad. Por ende, nuestra fe en la divinidad no está basada en lo que Dios ha revelado de sí mismo, sino en lo que nosotros, seres limitados en constante devenir, pensamos con más o menos acierto sobre Dios. Si nos encontramos aquí, entonces, nuestra fe solo es puro fideísmo.

Entender esto es fundamental si queremos conocer la diferencia entre la fe cristiana y el saber filosófico sobre Dios. Pues mientras el saber filosófico está regulado únicamente por la razón, la fe cristiana está regulada por lo que Dios ha revelado de sí mismo (en la Creación, en Jesucristo, en las Sagradas Escrituras, etc.) y lo que el hombre ha podido interactuar con dicha revelación. Aquí estriba una gran e importante diferencia que no debemos pasar por alto. Si nuestra creencia en Dios está basada en nuestro razonamiento lógico, debemos reconocer que como seres limitados y en constante devenir, nuestras “verdades” sobre Dios son cuanto menos subjetivas, pues están basadas en la especulación humana en su contacto directo con la realidad. Sin embargo, en la fe cristiana, la verdad sobre Dios no irá más allá de lo estrictamente revelado, aunque nuestro entendimiento de lo revelado crezca a través de los siglos. No trataremos de descubrir nuevas verdades sobre Dios –como presume la filosofía pura–, sino que nuestro empeño residirá en encontrar el mejor camino por el cual los hombres puedan llegar a aprehender y hacer propio lo ya revelado por Dios. No quiero decir con esto que la filosofía cristiana sea innecesaria, todo lo contrario, sino que ésta siempre se guiará a la luz de la experiencia de la revelación.

No trataré en este breve espacio de hacer una apologética sobre la divinidad o veracidad de dicha revelación, esfuerzos que ya han sido desempeñados a lo largo de los siglos por grandes filósofos, teólogos y apologetas cristianos y a los que yo poco o nada podría aportar. A ellos me remito, aunque no estaría de más que en un cristianismo tan anti-intelectual como en el que hemos vivido años atrás, los creyentes se preocuparan más por el estudio concienzudo de estos temas. Sobre todo cuando existen ideas muy confusas en el movimiento evangélico actual sobre la revelación de Dios y, más específicamente, sobre las Sagradas Escrituras. No nos haría mal reflexionar en lo que un antiguo profesor de filosofía nos recordaba una y otra vez en la Facultad de Teología donde cursé mis estudios:

«Cuando se considera la inspiración divina de los escritores de la Biblia, hay que tomar en cuenta el antropomorfismo y antropocentrismo de su lenguaje:

  1. La Biblia no es un objeto extraterrestre caído del cielo sobre lo cual no tengamos elementos racionales de juicio ni instrumentos lógicos de análisis exegético.
  2. La Biblia como Palabra de Dios es el registro en términos humanos de un encuentro personal entre Dios y el hombre que conforma a la historia de la salvación y guía la experiencia creyente.
  3. Como historia su lenguaje, localización, símbolos y figuras son propios de un tiempo y situación históricos y obedece a los parámetros de lo temporal, la situación a la que originalmente corresponde».

Nunca está de más enfatizar que la atemporalidad de las verdades de la revelación no está en su forma, sino en su contenido. Pretender otra cosa es confundir la Palabra de Dios con los jeroglíficos y códigos secretos tan a gusto de los cabalistas esotéricos. Estos días leía un libro –un bestseller–  que los antiguos inquilinos del piso de alquiler donde ahora resido habían dejado en la estantería, llamado: «El nuevo código secreto de la Biblia» de Michael Drosnin, donde el autor predice a través de unos códigos secretos en la Biblia, el claro mensaje de que una guerra mundial, un holocausto atómico y el fin de los días tendrían lugar en el año 2006. Han pasado más de diez años y, ¿adivina? ¡Seguimos vivos!

La revelación no es un atajo y no puede utilizarse como una coartada que justifique la ignorancia y el fanatismo. Debemos dar razones creíbles de nuestra fe, de lo contario, ¿qué diferencia hay con el seguidor de cualquier otra religión? No existe ni una sola gran religión que no se considere a sí misma como revelación directa del cielo.

Ser cristiano es sentirse responsable de las propias creencias y vivirlas de un modo consciente e inteligente. El libre examen sirve como salvaguarda contra la dictadura espiritual y no como justificación para ella. ¡Que les quede claro a los abusadores de la fe!

Pero no quiero terminar desviándome del tema. A lo que iba. La expresión: «Yo también creo en Dios», puede ser una excusa para aquellos que desean una fe sin compromiso con la revelación, una creencia intelectual o teórica que no implique cambios prácticos, una fe fideísta, subjetiva y cambiante. No hay nada más lejos de la fe cristiana que este tipo de “fe”. Si algo conocemos de Cristo es, al menos en gran medida, gracias a la revelación que de él tenemos contenidas en las Escrituras, pues incluso los testimonios extra-bíblicos beben de esta fuente de la revelación. Si decimos creer en él, debemos creer lo que la Biblia dice de él. A través de ella, Dios habla de sí mismo, da a conocer su vida íntima, su amor, su modo de gobernar la historia y su trato personal con la humanidad. También nos ayuda a conocernos a nosotros mismos; nuestro ser, nuestra historia, nuestras limitaciones y capacidades. Gracias a la revelación de la Escritura el creyente puede reconocer su propia experiencia y, gracias a la propia experiencia, descubre la verdad de la Biblia como revelación divina. Por tanto, no puedo entender a aquellos que afirmando creer en Dios y tener una fe cristiana, están totalmente desconectados del estudio y obediencia a la Palabra.

Y Cristo, Dios manifestado en carne, demostró un gran amor, apego y obediencia a las Escrituras. Por tanto, mi fe, nunca estará desconectada de ellas. ¿Creemos en Dios? Creamos también en su Palabra, con todo lo que ello implica.

Jesucristo dijo: “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12:48).

Dios les bendiga,
José Daniel.

 

 

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¿Hay razones para creer o no creer?

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Leía hace unas horas el escrito de un cibernauta que afirmaba que:

«Los que sabemos que no hay nada tras la muerte tampoco estamos angustiados por la culpabilidad, así que no necesitamos consuelo. La angustia culpable la sienten los que creen en un Dios que da órdenes, juzga y castiga y, esos, creen también que hay algo después de la muerte».

Estoy haciendo un esfuerzo por comprender el razonamiento de este ateo confeso, pero me encuentro varias dificultades:

1º Se apoya en la falta de experiencia empírica para llegar a la conclusión de que Dios no existe. Sin embargo, afirma con rotundidad: «Los que sabemos que no hay nada tras la muerte…», por lo que podría devolverle la pregunta: «¿Qué experiencia empírica tienes para llegar a tal conclusión?». Ninguna. Alguien podría recriminarme que es injusto exigir evidencias de la inexistencia de algo, sobre todo cuando ese “algo” es Dios, que se supone atemporal, aespacial y espiritual, por lo que va más allá de lo empírico. Pero, él mismo (el ateo) debería reconocer que tal dificultad también la encuentra el que trata de probar la existencia de Dios mediante metodologías empíricas.

De hecho, dado que la complejidad del cosmos, de la vida, de los seres, de la conciencia, y de otros fenómenos que la pura física no puede explicar en su totalidad y que deben tener una explicación más lógica que el “azar”, la carga de la prueba debe caer sobre el ateo, que debería dar una explicación convincente a estos temas, pero no lo da.

2º Comete un error al relacionar la culpabilidad con la creencia en Dios, pues pudiendo influirse ambas recíprocamente –y, de hecho, creo que en alguna medida lo hacen–, la primera (la culpabilidad) no requiere necesariamente de la otra (la creencia), pues la culpabilidad no depende de nuestra creencia en la divinidad, sino de nuestro sentido de responsabilidad o falta de la misma.

Por tanto, lo realmente preocupante no es el hecho de sentir culpabilidad, sino el hecho de no sentirla, lo cual pone de manifiesto nuestra falta de responsabilidad humana –seamos creyentes en Dios o no–. El mismo ateo Friedrich Nietzsche, reconocía que la responsabilidad es esencial en el ser humano. En este sentido, concuerdo absolutamente con las palabras de Milosz, escritor polaco y premio Nobel de literatura, quien escribió lo siguiente: «El verdadero opio del pueblo es la confianza en la nada después de la muerte. El enorme consuelo de pensar que, por nuestras traiciones, codicia, cobardías y asesinatos, no seremos juzgados».

Es precisamente la falta de este sentimiento de culpabilidad lo que está llevando a nuestras sociedades a un puro relativismo moral. Y no hay más que encender la televisión para observar como esos canales de farándula adormecen a las masas transmitiendo el sutil mensaje de que los adulterios, las conductas inmorales, la falta de respeto y de cordura son una moda que no está tan mal; u observemos a los políticos que procuran ganar votos con la invención nuevas leyes como la del aborto o del divorcio express (formulada en España en 2005), minusvalorando el valor del matrimonio.

En mi opinión, y aunque he dicho que la culpabilidad y la creencia en Dios no son necesariamente dependientes, considero que ese sentimiento de culpa apunta a la existencia de una divinidad, dador de unos valores morales absolutos por medio de los cuales las sociedades pueden regirse con responsabilidad.

3º Estoy algo cansado de ver las críticas anti-teístas que se empeñan en destruir un “dios” que no existe, pero que definen como: «un Dios que da órdenes, juzga y castiga». ¿Seguiréis siempre igual? ¿No son estas formas de actuar la descripción de la humanidad más que de la divinidad? ¡Qué imagen más pobre de la divinidad! Marx luchaba contra el dios de la conciencia deformada; Nietzsche contra el dios del resentimiento, un dios muerto que no es capaz de actuar como fuente del código moral; Freud contra el dios nacido del complejo de culpabilidad y el sentimiento de paternidad humano; etcétera. Tal anti-teísmo es inútil, pues semejante dios se extinguiría por sí mismo. Pero no, no se ha extinguido, y muchos se empeñan en seguir luchando contra Él –o eso es lo que creen que hacen–.

4º Con sarcasmo y un notorio sentimiento de superioridad te refieres a nosotros, los creyentes, de esta forma: «esos, creen también que hay algo después de la muerte». Sí, es cierto, “esos”, creemos que hay algo después de la muerte, pues como seres racionales tratamos de pensar y reflexionar en preguntas existenciales, en cuestiones primarias, como la del sentido de la existencia. Y es precisamente esta interrogante racional, la que pone en contacto al hombre con el misterio. Estos son los dos polos de la experiencia religiosa; razón y misterio.

El problema es que, por un orgullo acientífico, nos creemos seres superiores o más “racionales” por rechazar el misterio, cuando ambas podrían convivir y, de hecho, lo hacen. En verdad, los teólogos tratamos de esclarecer los aspectos más oscuros del misterio a través del razonamiento, aunque reconocemos que nuestra finita y limitada inteligencia se queda demasiado corta.

Saludos cordiales,
José Daniel Espinosa Contreras.

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José Daniel Espinosa.

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Entendiendo la expresión hebrea: «Dios es “largo de nariz”»

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Charles Spurgeon dijo que la misericordia de Dios siempre triunfa sobre el juicio (cf. Santiago 2:13). ¡Cuán cierto es esto! Incluso detrás de cada uno de los pasajes de la Escritura que abordan los juicios de Dios sobre su pueblo o los pueblos extranjeros puede sentirse la profunda misericordia del Señor. Con razón Moisés exclamó: «¡Señor!, ¡Señor!, fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad» (Éxodo 34:6). Esta fue una verdad transmitida y experimentada generación tras generación (Núm. 14:18; Neh. 9:17; Joe. 2:13; Nah. 1:3; etc.).

La expresión hebrea traducida al castellano como «tardo para la ira», era un modismo que significaba literalmente «largo de nariz». La imagen era la de una persona enojada que respira con agitación y de forma ruidosa por la nariz. Pues bien, ver a Dios airado suponía un terco y continuo ejercicio por parte del hombre de rebeldía contra Dios, pues Él es «largo de nariz», esto es, «tardo para la ira».

A menudo, y no sin parte de razón, algunas personas se sorprenden del carácter de Dios en el Antiguo Testamento debido a los múltiples juicios que derrama sobre algunos pueblos o sobre la humanidad. Sin embargo, pocos se detienen a ver en estos pasajes la larga y previa misericordia de Dios para con los hombres.

Por ejemplo, solo cuando Dios vio «que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo el mal» (Gn. 6:5) fue que envió el diluvio como juicio para la humanidad. Dios hizo patente su misericordia esperando durante mucho tiempo que la humanidad se arrepintiera y se volviera a Dios, antes de derramar el juicio. Y solo cuando «todo» designio del corazón era de continuo el mal es que envió su juicio.

Dios esperó más de 400 años antes de derramar su juicio sobre Egipto (Génesis 15:13-14), lo que implica más de 400 años de misericordia; Dios prometió no destruir Sodoma y Gomorra mientras hubiera algún justo en aquella ciudad, sin embargo, derramó su juicio cuando todos abandonaron a Dios (Génesis 18:23-33) y el pecado de ellos se agravó «en extremo» (18:20). Así mismo, la conquista de Canaán, que de alguna forma representaba el juicio de Dios sobre estas tribus, no se efectuó hasta que: «hubo llegado a su colmo la maldad del amorreo» (una de las tribus de Canaán; Génesis 15:16).

Y es que, como Dios mismo expresó: «Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?» (Ezequiel 33:11).

De todo esto aprendemos dos grandes verdades: 1) Dios prolonga su misericordia con el hombre, esperando que éste se arrepienta y se vuelva de sus malos caminos y; 2) llegará un día en que si el hombre no se vuelve a Dios en arrepentimiento y obediencia tendrá que experimentar el justo juicio de Dios.

Pero ahora, gracias a Jesucristo, nuestro gran sumo sacerdote y único mediador entre Dios y los hombres, es que somos llamados a acercarnos a Dios «confiadamente, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16).

Por otro lado, al leer los conocidos textos de genocidios y guerras en el AT, hay que tener en cuenta las hipérboles (exageraciones propias del lenguaje) que utilizan los escritores, las formas épicas de narración donde se procura exaltar a un héroe o enaltecer a un pueblo, etcétera, ya que el factor literario juega un papel fundamental en el modo en que interpretamos los textos y la realidad histórica. Pero este tema da para mucho, así que quizá lo retomamos en otro momento.

Saludos cordiales:

José Daniel Espinosa.

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