Sorteo de mi nuevo libro: «¿A quien adoran los cristianos?: Historia y teología de la Trinidad en el culto cristiano»

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Como muchos ya saben, hace poco publiqué mi primer libro: «¿A quien adoran los cristianos?: Historia y teología de la Trinidad en el culto cristiano». Este puede comprarse en formato papel a través de Amazon.

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José Daniel.

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La pedagogía de Jesús

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La lectura de los evangelios canónicos indica que la pedagogía de Jesús se fundamentaba principalmente en el ejemplo o el testimonio de vida. Él no solo predicaba un mensaje, sino que era el mensaje. Su vida encarnaba el amor de Dios y lo revelaba al mundo. Su conducta dejaría una huella imborrable en su prójimo y Él lo sabía. Las palabras, a menudo, serían olvidadas. Sin embargo, ¿quién podría borrar el recuerdo de una imagen grabada en el alma con el fuego del ejemplo?

Por ejemplo, contemplemos la escena en la que Cristo, poco antes de ser traicionado y arrestado, cenó con sus discípulos. Él conocía el destino que le aguardaba. Enfrentaba la humillación y la agonía más grandes que jamás nadie haya experimentado. A pesar de ello, sus discípulos solo estaban preocupados por ellos mismos, por su prestigio, rango y gloria. Insensibles, actuaron como si Él no estuviese entre ellos. Cuando más consuelo, apoyo y ánimo necesitaba el Maestro, la atención de los discípulos estaba enfocada, egoístamente, en ellos mismos. El historiador y evangelista Lucas señala en su Evangelio que: «Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor» (22:44).

Sin duda, este era el momento propicio para dar un poderoso sermón sobre el servicio, la humildad, la compasión, el cuidado mutuo y la misericordia. O ¿por qué no? ¡Para una justificada reprimenda. Pero, en vez de eso, Jesús se levantó, tomó un recipiente de agua y comenzó a lavar los pies a los discípulos. Aquel lebrillo lleno de agua que había sido desdeñado por sus discípulos por considerarse una tarea humillante fue tomado por el Salvador. La imagen fue tan impactante para esos discípulos orgullosos, que Pedro exclamó: «Señor, ¿tú me lavas los pies?» (Juan 13:6). ¿Quién imaginaría que el Eterno, el Dios encarnado, el Salvador y Señor ministraría con actitud humilde, perdonadora y sacrificada a aquellos insensibles y despreocupados discípulos? Realmente, su ejemplo fue más poderoso que un sermón. Su vida y conducta se convirtió en la predicación de ese día para sus discípulos. La imagen del Cristo sirviente tocó las fibras del corazón de sus discípulos y quedó grabada para siempre en lo más profundo de sus almas. Años después, cuando pusieron por escrito los hechos y dichos de Jesús en los Evangelios, quizá muchas otras palabras de Jesús fueron olvidadas, pero allí quedaba la imagen del Maestro, lavando los pies de sus discípulos, a pesar del tormento que le esperaba. Ahora, su ejemplo se ha convertido en modelo y patrón para todos nosotros; sus seguidores.
José Daniel Espinosa.

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SI DIOS EXISTE, ¿POR QUÉ PERMITE EL SUFRIMIENTO?

 

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El doctor en psiquiatría Pablo Martínez Vila reconoció en una charla sobre el sufrimiento humano que: «No hay misterio tan grande como el sufrimiento». Estoy totalmente de acuerdo con dicha afirmación. Por tanto, sería presuntuoso por mi parte tratar de responder todas las preguntas acerca del sufrimiento. Además, considero que algunas preguntas no tienen respuesta o superan nuestra limitada capacidad de raciocinio. Mi intención es traer algunos rayos de luz en algunos puntos de oscuridad y hablar del sufrimiento desde la perspectiva de la fe cristiana.

Me gustaría responder brevemente a tres preguntas: ¿El porqué del sufrimiento?; ¿Dónde está Dios en el sufrimiento?; y, ¿qué hace Dios para aliviar el sufrimiento?

En primer lugar, el por qué:

C. S. Lewis, en su obra clásica titulada El Problema del Dolor llega a atreverse a hacer un porcentaje del sufrimiento del mundo, afirmando que las cuatro quintas partes de los sufrimientos de los hombres tienen como responsable al hombre mismo. Es decir, de cada 100 ocasiones, en 80 ocasiones el responsable directo no es Dios, sino el hombre (esto es, el daño que se hacen unos hombres a otros). Por ejemplo, desde el hombre que conduciendo se introduce en el carril contrario de una autopista produciendo así un impacto mortal hasta la persona que en un momento de enajenación mental o borrachera produce un homicidio o agresión. Por no hablar de las guerras, las ambiciones, los abusos de poder y la mezquindad de los hombres que da lugar a la pobreza, etcétera.

Y es que Dios nos permite ser humanos. Y la libertad es una facultad natural que el hombre tiene, inherente al ser humano. Todos hemos decidido leer esta publicación voluntariamente. Como tal, la libertad es buena. A lo largo de historia de la humanidad, los hombres siempre han luchado por conseguir la libertad. Pero la libertad solo es real cuando el individuo tiene la misma posibilidad de obrar bien, como de obrar mal.

En otras palabras, para poder ser libres, para poder ser humanos, Dios tiene que dejar en nuestras manos la libre elección de hacer el bien o el mal. Si no somos libres para hacer el mal, tampoco somos libres para hacer el bien.

Por tanto, la libertad es buena. Sin duda, es un regalo de Dios. Pero nuestra libertad moral implica que, si decidimos ser egoístas o deshonestos, Dios no nos detendrá (aunque puede hacerlo en cualquier caso). De lo contrario, Dios tendría que detener el brazo que va a apretar el gatillo de la pistola, frenar las balas en el aire en una guerra, inmovilizar a los que van a robar y un sinfín de sinsentidos. Si Dios hiciera eso, entonces, no seríamos seres realmente libres y, por ende, no nos dejaría ser humanos.

A menudo los ateos o agnósticos argumentan que, si Dios es todopoderoso u omnipotente, Dios podría eliminar el sufrimiento. Pero que Dios sea omnipotente no significa que Dios pueda hacerlo todo. Por ejemplo, ¿puede Dios hacer un triángulo cuadrado? ¡No!, pero no por falta de omnipotencia, sino porque la combinación de palabras sin sentido, no adquieren súbitamente sentido al anteponerle las palabras «Dios puede». Lo que es una contradicción o un absurdo, también lo es para Dios. Dios no puede hacer cosas que son contradictorias a la vez. Por tanto, si Dios ha dotado al hombre de libre albedrío, ¿por qué habría de negárselo a la vez? Aunque Dios, ciertamente, puede detener el accionar de cualquier hombre, el no hacerlo responde a los principios que Él mismo desea aplicar a sus criaturas. Si Dios eliminara el sufrimiento, tendría que eliminarnos a cada uno de nosotros, pues en la mayoría de los casos el sufrimiento es la consecuencia de nuestra libertad humana.

Así que, si las estadísticas de C. S. Lewis fueran ciertas, eso significaría que el 80% de los sufrimientos humanos se deben a nuestra propia naturaleza humana, que nos concede la libertad de lastimarnos los unos a los otros, de estafarnos, robarnos, herirnos, etcétera.

En este sentido, hemos de ser cuidadosos a la hora de atribuir a Dios ser el causante de los sufrimientos humanos. Esto no sería más que el intento de justificar un mal uso de nuestra responsabilidad moral, para luego encogernos de hombros y mirar hacia otro lado.

Me parece conveniente que la última palabra en este tipo de sufrimiento la tenga uno de los supervivientes del Holocausto del campo de exterminio en Auschwitz:

«Durante mi estancia en Auschwitz nunca se me ocurrió cuestionar las acciones o las omisiones de Dios, aunque entiendo que otros lo hayan hecho… Lo que los nazis nos hicieron no me convirtió en más religioso ni menos, y creo que mi fe en Dios no disminuyó en absoluto. Nunca se me ocurrió asociar a Dios con las calamidades que estábamos experimentando, ni culparle, ni creer menos o dejar de creer en Él porque no vino a socorrernos. Dios no nos debe nada. Nosotros le debemos nuestras vidas. Quien cree que Dios es responsable por la muerte de seis millones de personas, por no haberlas salvado de alguna manera, tiene los pensamientos trastocados. Nosotros le debemos nuestras vidas a Dios por los pocos o muchos años que vivimos, y tenemos la obligación de adorarle y cumplir sus mandamientos. Por ese motivo estamos en la tierra, para estar a su servicio y cumplir su voluntad» (La fe y las dudas de los supervivientes del Holocausto de Brenner; citado a su vez del libro Cuando a la gente buena le pasan cosas malas de Harold Kushner).

Sin embargo, hay situaciones de sufrimiento, como los desastres naturales o ciertas enfermedades en los que aparentemente el hombre no tiene ninguna responsabilidad y el elemento de misterio es muy grande. Pero el misterio nunca debe ser un argumento en contra de Dios, sino a su favor, a menos que alguien demuestre lo contrario.

Déjame explicar esto. Si Dios existe y, en realidad, permite algún tipo de sufrimiento que creemos también podría evitarse, ¿por qué este debe ser un motivo para cuestionar la existencia de Dios? En todo caso, sería un motivo para cuestionar el obrar de Dios en este mundo, pero nunca para negar su existencia. Pero creo que sería petulante por nuestra parte no reconocer que el obrar de Dios puede ser un misterio para nosotros, porque el obrar de un Dios infinito no puede ser plenamente comprendido por la finitud y las limitaciones del hombre. Si comprendiéramos todo el obrar de Dios, entonces, no sería Dios. ¿Pues qué Dios infinito sería ese que cabe en una mente finita? Los elementos de misterio sería más bien un argumento a favor de Dios, que en su contra. En este sentido, la fe cristiana reconoce que Dios tiene el derecho de guardarse para sí estos misterios. Deuteronomio 29:29 «Hay cosas que Dios mantiene en secreto, y que sólo él conoce, pero a nosotros nos ha dado todos estos mandamientos, para que nosotros y nuestros descendientes los obedezcamos siempre».

Pero no podemos negar que el sufrimiento cumple a su vez con otros propósitos: Por un lado, nos ayuda a entender y recordar nuestro estado mortal y humano, tan necesitado de la gracia de Dios. Nos recuerda nuestra fragilidad y debilidad humana, y que la muerte nos espera con los brazos extendidos. Nos demuestra que, a pesar de nuestra rebeldía y orgullo al negarnos a la necesidad de Dios, no somos tan grandes ni tan fuertes como pensábamos. Y también, nos anima a dirigir nuestros pensamientos hacia Dios, a buscar en él consuelo y esperanza.

De acuerdo con lo dicho, C. S. Lewis diría su famosa frase: «Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores; es un megáfono para despertar a un mundo sordo».

En segundo lugar, ¿dónde está Dios en el sufrimiento?

A diferencia del panteón griego, de dioses fríos y distantes, nosotros (cristianos), tenemos un Dios que comparte el dolor con la humanidad herida. Un Dios que, de verdad, puede compadecerse de nosotros, nos entiende y, por experiencia digo, nos ayuda.

La fe cristiana declara que Cristo es Dios manifestado en carne, la imagen misma del Ser de Dios. No hay revelación más clara de Dios y de Su Voluntad, que aquella que vemos a través de Jesucristo. Y en Jesucristo vemos a un Dios que sufre.

Jesucristo experimentó el camino del dolor humano, la pérdida de familiares queridos, el rechazo de los hombres, el sufrimiento de la cruz y de la muerte. Él sabe lo que significa sufrir. Dios no es un Dios lejano. Él entiende nuestros sufrimientos.

A diferencia del resto de religiones, nosotros, los cristianos, aceptamos a un Dios que no sólo permite el sufrimiento, sino que sufre. Y no es que su sufrimiento sea la falta de Omnipotencia sino, todo lo contrario, el corolario de ella; pues ha elegido sufrir voluntariamente. Miro a la Cruz y veo el sufrimiento de un Padre y un Hijo. Así que el sufrimiento del mundo no será más un argumento en su contra, sino en su favor.

Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz y premio Nobel de la Paz, expresó con unas conmovedoras palabras una de sus experiencias allí:

«La SS ahorcó a dos hombres judíos y a un niño delante de todos los internados en el campo. Los hombres murieron rápidamente. La agonía del niño duró media hora. “¿Dónde está Dios? ¿Dónde está?”, preguntó uno detrás de mí. Cuando después de largo tiempo el hombre continuaba sufriendo, colgado del lazo, oí otra vez decir: “¿Dónde está Dios ahora?” Y en mí mismo escuché la respuesta: “¿Dónde está? Aquí… está allí colgado en la horca”».

Cuando leemos los Evangelios, encontramos que Jesús está del lado de los pobres; promete a los que lloran que recibirán consolación; fortalecía con sus palabras a los que padecían persecución por causa de la justicia o eran vituperados injustamente; enseñaba a pagar el mal siempre con el bien; rogaba al Padre que nos librase de todo mal, por lo que el mal no es algo que Él quiera para nosotros; busca de continuo la justicia y la misericordia; no vino al mundo para condenar, sino para salvar; antes de aplicar la justicia siempre extendía su mano de misericordia; se preocupa por los enfermos; se duele por la gente que le rechaza, porque Él desea que todos confíen en Él; le conmueve ver nuestros sufrimientos, de hecho, llora con nosotros.

Entones, ¿dónde está Dios en el sufrimiento? Sufriendo con los hombres, comprendiendo nuestro dolor, identificándose con nosotros. Y precisamente porque ha experimentado el sufrimiento, nos entiende. Y porque ha salido victorioso sobre el sufrimiento y ha resucitado, puede ofrecernos consuelo y esperanza. La pregunta es: ¿estamos nosotros dispuestos a recibir ese consuelo y esperanza?

Por último, ¿qué hace Dios para aliviar el sufrimiento?

La fe cristiana no pretende tener todas las respuestas al sufrimiento, pero sí tiene las respuestas suficientes o satisfactorias para hallar esperanza en ellas.

Porque Dios ha sufrido, puede y desea consolarnos en nuestro sufrimiento. El teólogo Dietrich Bonhoeffer, estando en la cárcel de Gestapo, escribió: «Sólo el Dios que sufre puede ayudar». Él es el testimonio de uno, de los muchos cristianos, que han encontrado consuelo y esperanza en la fe cristiana.

En el sufrimiento humano, Dios no se limita a sufrir con nosotros, lo que en psicología se llama empatizar, sino que va más allá. Dios ha descendido para librarnos del pecado, de la condenación, del dolor y del sufrimiento. Él venció todas estas cosas cuando resucitó y esa es la razón de nuestra consolación y esperanza que, así como Él venció todas estas cosas, todos aquellos que crean en él de corazón y reconozcan su necesidad de Él, hallarán descanso, consuelo y la vida abundante.

Y Dios ha prometido en su Palabra, Apocalipsis 21:4, «Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas habrán dejado de existir». Comprender y aceptar esta verdad por la fe, fue lo que llevó a personas como Pablo de Tarso, un hombre experimentado en quebrantos, a decir: «Considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros» (Romanos 8:18).

Ese es el Dios en el que creemos los cristianos y en quien ciertamente hallamos consuelo y esperanza.

José Daniel Espinosa Contreras.

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Bautismo vs. Llenura del Espíritu Santo

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El apóstol escribe a la iglesia de Corinto que: «por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo». Sin embargo, añade: «no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo» (3:1); «se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles» (5:1).

Los cristianos de Corinto habían sido bautizados por el Espíritu (1 Corintios 12:13) y estaban dotados de ricos dones espirituales (12:7). Sin embargo, está claro que no presentaban la llenura del Espíritu Santo, pues eran carnales y faltos de poder. Esto nos da a entender que «llenura» y «bautismo» no son sinónimos.

Además, el Nuevo Testamento nos enseña algunas otras diferencias entre ambas experiencias.

1º La llenura del Espíritu es presentada como un mandato que todo cristiano debe anhelar y buscar (Efesios 5:18); sin embargo no existe ni una sola orden a ser bautizados en el Espíritu. Esto me parece un claro indicativo de que ambas experiencias son distintas.

2º El bautismo del Espíritu es una experiencia única e irrepetible (Gálatas 3:27). No existe ni un solo caso en el Nuevo Testamento de creyentes que recibieran más de una vez el bautismo del Espíritu. No obstante, encontramos múltiples referencias de cristianos que recibieron una y otra vez la llenura del Espíritu, lo que apunta a que ésta es una experiencia que puede ser repetida de forma ilimitada. Los mismos apóstoles buscaron ser llenos del Espíritu poco después de Pentecostés.

3º La llenura del Espíritu ya se daba en el Antiguo Testamento. El bautismo del Espíritu ocurrió por primera vez en Pentecostés.

4º Que la llenura del Espíritu sea presentada en el Nuevo Testamento como un mandato muesra que no todos los cristianos lo reciben. Que el bautismo del Espíritu no sea un mandato para ningún cristiano es evidencia de que todos los cristianos auténticos lo han recibido para poder formar parte del cuerpo místico de Cristo (1 Corintios 12:13).

5º Tanto el bautismo como la llenura aparecen en las Escrituras en voz pasiva indicando que la acción es efectuada en el creyente por el Espíritu Santo. Con todo, que la llenura, a diferencia del bautismo del Espíritu, se presente como un mandato indica que el cristiano debe «permitir» al Espíritu Santo hacerlo por nosotros y en nosotros.

Esto enseña a la iglesia de Cristo que no debemos conformarnos con haber sido bautizados en el Espíritu y unidos al cuerpo Cristo, sino que debemos anhelar y buscar continuamente la plenitud del Espíritu. De lo contrario, solo conseguiremos templos llenos de personas vacías.

Solo una vida llena del Espíritu evitará toda una vida llena de pecado. Solo andar en la dinámica del Espíritu nos prevendrá de un cristianismo mediocre y conformista.

La plenitud del Espíritu significa que el cristiano es llenado por completo, controlado, conducido, enseñado y guiado por el Espíritu Santo. La llenura del Espíritu no significa que el creyente posea más cantidad del Espíritu, pues el Espíritu no se da por medida (Juan 3:34), sino que el Espíritu Santo posea más de nosotros; más de nuestros pensamientos, de nuestras decisiones y de cada área de nuestra vida.

¿Cuándo fue la última vez que buscaste ardientemente ser lleno del Espíritu? ¡Que Dios nos ayude!

 
José Daniel Espinosa Contreras.

FUENTE: http://protestantedigital.com/tublog/40954/Bautismo_vs_Llenura_del_Espiritu_Santo

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LA ESCRITURA NO ES JESUCRISTO

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Que la Escritura no es Jesucristo debería ser algo obvio, ¿no? Empero, pululan en nuestro tiempo algunos creyentes con una fuerte influencia mediática que, en su deseo de defender y ensalzar la Escritura, menoscaban la humanidad de las Escrituras sobre-enfatizando el factor divino de las mismas y elevándolo a un grado cuanto menos peligroso.

Afirmaciones como: «La Escritura es Jesucristo» (recogida en uno de los medios digitales evangélicos más visitados de España) tratan de buscar su fundamento o analogía en la declaración joánica: «Y el Verbo [literalmente “la Palabra”] se hizo carne» [και ο λογος σαρξ εγενετο] (Juan 1:14). Pero, ¿permite el texto tal relación de semejanza entre Jesucristo y la Escritura?

En las siguientes líneas me gustaría mencionar algunas de las diferencias entre la Escritura y la Persona de Jesucristo, así como algunos de los riesgos a los que nos exponemos cuando no tenemos esto en consideración.

Primero, en la Escritura encontramos la revelación progresiva de Dios al hombre; en cambio, en Jesús encontramos la cumbre de la revelación de Dios al hombre. Por tanto, debemos ser sumamente cautos a la hora de igualar la Escritura con Jesús o de referirnos a ambas como «Palabra de Dios» en el mismo sentido. El mismo Lutero diferenciaba entre ambas al decir: «Cristo es el Señor de las Escrituras y todas las obras… Entonces no me importa si me presentas con un millar de textos de las Escrituras que apoyan la justicia de las obras contra la justicia de la fe, y clamaras que con todo eso la Escritura está en mi contra. Pues tengo al autor y Señor de la Escritura conmigo».[1]

Segundo, en Cristo, la Palabra, habita toda la plenitud de la deidad (Colosenses 2:9) y, en Él, encontramos la revelación de la imagen misma del ser de Dios (Hebreos 1:3); pero, no podemos decir lo mismo de la Palabra de Dios como Escritura, pues no podemos limitar la revelación divina al espacio de la Escritura ni a los tiempos bíblicos. En este sentido, afirmaríamos como el apóstol: «Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido» (1 Corintios 13:12).

Tercero, las Escrituras hablan de Cristo y apuntan a Él, pero no son Él. En la Biblia encontramos ruidos incidentales, porque es el registro de humanos imperfectos como Moisés, Isaías, Pedro, Juan, Pablo, etcétera o bien porque, en diversas ocasiones, recoge las palabras del mismo Satán. Esto no quita que podamos referirnos al conjunto de todas estas recopilaciones como «palabra de Dios», pues Dios nos habla y enseña a través de ellas (Romanos 15:4; 1ª Corintios 10: 6, 11; 2ª Timoteo 3: 16-17, etc.). Pero que la Biblia sea inspirada por Dios no convierte las palabras del diablo en palabras de Dios. Por ende, debemos ser precavidos al decir que todo es «Palabra de Dios» en el mismo sentido.

Cuarto, si Cristo fuese «Palabra de Dios» en el mismo sentido en que lo es la Escritura, entonces, ambas tendrían el mismo valor, autoridad y trascendencia. Lo cual sabemos que no es así, pues el mismo Jesús exclamo: «Oísteis que fue dicho…pero yo os digo…» (Mateo 5), demostrando de esta forma su superioridad sobre la Ley de Moisés. Esta es la razón por la que las Escrituras deben leerse en clave cristológica.

Las palabras de Jesús son eternas y atemporales (Marcos 13:31); no obstante, en la Escritura encontramos muchas declaraciones que hace siglos perdieron su vigencia (como aquellas que declaraban ciertos alimentos como impuros: Levítico 11; leyes ceremoniales: Éxodo y Levítico), y que contrastan radicalmente con el espíritu de Cristo (leyes como aquellas que ordenaban apedrear a los hijos que persistieran en la desobediencia y rebeldía a los padres: Deuteronomio 21: 18-21 o la Ley del Talión). Y no solo del Antiguo Testamento, sino del Nuevo. Véanse por ejemplo las ordenanzas que el apóstol Pablo da a los esclavos del primer siglo: «Esclavos, obedezcan a los que aquí en la tierra son sus amos…» (Efesios 6:5, NVI; Cf. Colosenses 3:22). No entender que estos textos eran circunstanciales fue lo que llevó a muchos siervos de Dios, como George Whitefield, a defender la esclavitud sobre bases bíblicas. Que textos como estos estén recogidos dentro de lo que llamamos «Palabra de Dios» no significa que sean declaraciones permanentes y del mismo valor que la revelación recibida directamente por medio de Jesucristo. Por eso, la Escritura debe leerse siempre en clave Cristocéntrica (a la luz de Jesús, la máxima y más clara revelación de Dios).

Quinto, Jesús denunció el error de los fariseos de creer que la vida eterna se encontraba en las Escrituras como «palabra de Dios» y no en Jesús como «Palabra de Dios»: «Escudriñáis las Escrituras, porque os parece que en ellas tenéis vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí. ¡Y no queréis venir a mí para tener vida!» (Juan 5: 39-40, BTX). La Escritura como «Palabra de Dios» es un medio que nos presenta al Salvador; Jesucristo. En cambio, Jesús no es el medio, sino el fin, el Salvador. Dicho de otro modo, la vida es Jesús y no las Escrituras por sí mismas.

Sexto, Jesucristo es la plenitud de la revelación de Dios: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…» (Juan 14:9), pero no puede decirse lo mismo de la Escritura, que siendo parte de la revelación especial de Dios no es plena, y apunta a Cristo, quien es la plenitud de la revelación (Hebreos 1:1-2). De hecho, no todo el contenido de la Escritura es revelación. No hablo aquí en términos de la neo-ortodoxia («La Biblia contiene la Palabra de Dios, pero no es Palabra de Dios en su totalidad»). ¡Ni mucho menos! Creo en la inspiración plenaria de las Escrituras. Pero creer en la inspiración de las Escrituras no implica que todo lo contenido en la Biblia sea revelación. Hay que definir términos.

Revelación es aquello que Dios da a conocer a los hombres que antes estaba oculto y que a los hombres les era imposible conocer de forma natural o por sus propios medios. Dios tuvo que revelar sus atributos, doctrinas tales como la Trinidad, la gracia divina, el propósito de la existencia del hombre, los eventos futuros y la realidad del más allá de la vida terrenal. En este sentido, la Biblia contiene mucha revelación de Dios.

Pero lo que a los hombres les es posible conocer por sí mismos, no es en modo alguno revelación. Y la Biblia también está llena de este tipo de contenido. Ejemplo de ello son la mayoría de las genealogías bíblicas –que los judíos tanto cuidaban–; las historias de guerras del pueblo de Israel, las vidas de personajes como Salomón (1 Reyes 11:41); la lista de los reyes de Israel (1 Reyes 14:19) y de los reyes de Judá (1 Reyes 15:7), etcétera. Esto sigue siendo inspirado por Dios y entra dentro de la definición de «Palabra de Dios», pero no implica revelación alguna. Los acontecimientos históricos (que no son revelación) también son usados por Dios para nuestra enseñanza: «Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos» (1 Corintios 10: 11; Cf. Romanos 15:4).

En este sentido, el autor del libro Grandes Doctrinas de la Biblia, William Evans señala: «No todo lo que se encuentra en la Biblia ha sido “revelado directamente” al hombre. Contiene historia y el lenguaje de los hombres, aun de hombres malvados. Pero no hay parte alguna del relato bíblico que no haya sido inspirado».[2]

Séptimo, el cuarto evangelio presenta a la Palabra, Cristo, como una hipostasis divina (Juan 1:1), igual a Dios, lo cual nunca sucede con la Escritura. Quienes divinizan la Escritura hasta el punto de decir que: «El Verbo se hizo Escritura» o que «Jesucristo es la Escritura» comenten un grave error. ¡No! El Verbo (Cristo) jamás se hizo Escritura; el Verbo, según el testimonio bíblico, se encarnó (ο λογος σαρξ εγενετο). Decir que «la Palabra de Dios» (el Verbo de Dios en el sentido de Juan 1) se hizo Escritura es elevar la Escritura al nivel de Dios mismo, convirtiéndola en una cuarta hipostasis divina, junto con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¡Qué dislate! Esto, sin lugar a dudas, es bibliolatría. ¡Qué peligro!

Aquellos que divinizan a lo sumo la Escritura en aras de defenderla, están cometiendo un flaco favor. En realidad, están perjudicándola; peor aún, tergiversándola –diciendo de ella lo que no es y menospreciando la obra y la existencia del Verbo encarnado–. Pueden sonar muy espirituales, pero no lo son más que aquellos que en los primeros siglos del cristianismo cayeron en herejía al sobre enfatizar la divinidad de Cristo por encima de su humanidad. La imagen que estos tienen de la Biblia se acerca más a la idea que el islam tiene del Corán –como la palabra increada y nada humana de Dios–. Definitivamente, esa creencia está muy lejos de ser parte de la teología cristiana.

No. Jesucristo no es la Escritura. Él es infinitamente más valioso que ella.

Con afecto en Cristo:

José Daniel Espinosa Contreras.

[1] S. CAMACHO, HAROLDO. El comentario de Martín Lutero sobre la epístola a los Gálatas (1535/2011): justificados por la fe sola. EEUU: Editorial San Bernardino, 2011, p. 251.

[2] EVANS, WILLIAM. Las grandes doctrinas de la Biblia. Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 1974, p. 189.

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Sagrada Escritura: humana y divina

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Antaño, surgieron diversas herejías cristológicas por el desmedido énfasis que se hacía en la divinidad de Jesús, minusvalorando así su humanidad. Todas ellas fueron condenadas en los primeros concilios ecuménicos; docetismo, apolinarismo, monofisismo y monotelismo. Jesús no fue un superhombre que cayó del cielo con una aureola sobre su cabeza –aunque sí fue un superhombre en otros sentidos–. Fue más bien el Dios encarnado, es decir, hecho hombre; en el sentido más pleno de la palabra. Para identificarse con el hombre, el Hijo de Dios se hizo hombre; con todos sus limitantes humanos, pero sin pecado.

 
Hoy, muchos siglos después de aquellas largas controversias, volvemos a lo mismo, ya no en cuanto a cristología, sino en cuanto a la Sagrada Escritura. Pululan en nuestros días muchos creyentes que, en su deseo de defender y ensalzar la Escritura, menoscaban la humanidad de las Escrituras. ¡Qué peligrosa es esta posición! Es menester recordar que, así como Jesús no cayó del cielo, la Biblia tampoco lo hizo. La Biblia, aunque inspirada por Dios, fue escrita por hombres; con todo lo que ello implica. Para hablar al hombre, tuvo que ser humana; reflejando totalmente sus contextos y limitaciones culturales.

 
¿Caemos los que así pensamos en el mismo error de infravalorar el origen divino de las Escrituras? Por supuesto que no. Simplemente, tratamos de equilibrar la balanza, en su justa medida. Que Cristo se hizo humano –con las limitaciones espaciotemporales–, en nada contradice su divinidad. Que Cristo sea divino, en nada subestima su humanidad. De igual forma, afirmar que la Biblia es humana –con sus limitaciones por el idioma, el tiempo, la cultura o la autoría humana– no es tener en poco su origen divino.

 

Aquellos que divinizan a lo sumo la Escritura en aras de defenderla, están cometiendo un flaco favor. En realidad, están perjudicándola; peor aún, tergiversándola. Pueden sonar muy espirituales, pero no lo son más que aquellos que en los primeros siglos del cristianismo cayeron en herejía al sobre enfatizar la divinidad de Cristo por encima de su humanidad. La imagen que estos tienen de la Biblia se acerca más a la idea que el islam tiene del Corán –como la palabra increada y nada humana de Dios–, convirtiendo así a la Escritura en una hipostasis divina; junto con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Definitivamente, esa creencia está muy lejos de ser parte de la teología cristiana.

 

José Daniel Espinosa Contreras.

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¿Qué es un arminiano?

1. Si alguien dice «Ese hombre es arminiano», el efecto que producen estas palabras en quienes lo escuchan es el mismo que si se les hubiera dicho «Ese perro está rabioso». Sienten pánico y huyen de él a toda velocidad, y no se detendrán a menos que sea para arrojarle piedras al temible y peligroso animal.
2. Cuanto más incomprensible resulta la palabra, mejor. Las personas que reciben el apodo no saben qué hacer: como no saben lo que quiere decir, no están en condiciones de defenderse o de demostrar que son inocentes de los cargos en su contra. No es fácil acabar con prejuicios arraigados en personas que no saben otra cosa excepto que se trata de «algo muy malo» o de algo que representa «todo lo malo».
3. Por lo tanto, aclarar el significado de esta terminología ambigua puede ser de utilidad para muchos. A los que con demasiada facilidad aplican el término a otros, para impedir que utilicen términos cuyo significado desconocen; a quienes escuchan, para que no resulten engañados por personas que no saben lo que dicen; y a quienes reciben el apodo de «arminianos», para que sepan cómo defenderse.
4. En primer lugar, creo necesario aclarar que muchos confunden «arminiano» con «arriano». Pero se trata de algo completamente diferente; no existe ninguna semejanza entre uno y otro. Un arriano es alguien que niega la divinidad de Cristo. Creo que no hace falta aclarar que nos referimos a su filiación con el supremo, eterno Dios, ya que no hay otro Dios fuera de él (a menos que decidamos hacer dos Dioses: uno grande y uno pequeño). Ahora bien, nadie jamás ha creído con mayor firmeza, o afirmado con mayor convicción, la divinidad de Cristo, que muchos de los así llamados arminianos, y así lo siguen haciendo hasta el día de hoy. Por lo tanto, el arminianismo (sea lo que fuere) es completamente diferente del arrianismo.
5. El origen de la palabra se remonta a Jacobo Harmens, en latín, Jacobus Arminius, que fuera ministro ordenado en Ámsterdam y, más tarde, profesor de Teología en Leyden.
Habiendo estudiado en Ginebra, en 1591 comenzó a dudar de los principios que le habían inculcado hasta ese momento. Cada vez más convencido de lo errado de los mismos, cuando fue nombrado profesor, comenzó a enseñar y a hacer público lo que él consideraba que era la verdad, hasta que falleció en paz en el año 1609. Pocos años después de la muerte de Arminio, algunos fanáticos, liderados por el Príncipe de Orange, atacaron con furor a todos los que sostenían lo que ellos consideraban sus ideas. Habiendo logrado que este modo de pensar fuera formalmente condenado en el famoso Sínodo de Dort (menos numeroso y erudito que el Concilio o Sínodo de Trento, pero tan imparcial como aquél), algunas de estas personas fueron muertas, otras exiliadas, algunas condenadas a cadena perpetua; todos ellos perdieron sus puestos de trabajo y quedaron inhibidos de ocupar cualquier cargo público o eclesiástico.
6. Los cargos que los opositores presentaban en contra de estas personas (comúnmente llamados arminianos) eran cinco: (1) negar el pecado original; (2) negar la justificación por fe; (3) negar la predestinación absoluta; (4) negar que la gracia de Dios es irresistible, y (5) afirmar que es posible que un creyente se aparte de la gracia.
Con respecto a las dos primeras acusaciones se declaran inocentes. Los cargos son falsos. Ninguna persona, ni el propio Juan Calvino, afirmó la idea del pecado original o de la justificación por fe de manera más decisiva, más clara y explícita que Arminio. Estos dos puntos están, por tanto, fuera de discusión; hay acuerdo entre ambas partes. No existe al respecto la más mínima diferencia entre el Sr. Wesley y el Sr. Whitefield.

“Ninguna persona, ni el propio Juan Calvino, afirmó la idea del pecado original o de la justificación por fe de manera más decisiva, más clara y explícita que Arminio”

7. Existe, sin embargo, una clara diferencia entre los calvinistas y los arminianos con respecto a los otros tres puntos. Aquí las opiniones se dividen, los primeros creen en una predestinación absoluta y los últimos sólo en una predestinación condicional. Los calvinistas sostienen que: (1) Dios decretó con carácter absoluto, desde toda eternidad, que ciertas personas se salvarían y otras no, y que Cristo murió por ellas y por nadie más. Los arminianos sostienen que Dios decretó, desde toda eternidad, respecto de todos los que poseen su Palabra escrita, que el que crea, será salvo; pero el que no crea, será condenado. (Mr. 16.16) Para dar cumplimiento a esto, Cristo por todos murió (2 Co. 5.15), por todos los que estaban muertos en sus delitos y pecados (Ef. 2.1), es decir, por todos y cada uno de los hijos de Adán, ya que en Adán todos murieron (1 Co. 15.22).
8. En segundo lugar, los calvinistas sostienen que la gracia de Dios que obra para salvación es absolutamente irresistible; que ninguna persona puede resistirla así como no se puede resistir la descarga de un rayo. Los arminianos sostienen que si bien hay momentos en que la gracia de Dios actúa de manera irresistible, sin embargo, en general, cualquier persona puede oponer resistencia (y así perderse para siempre) a la gracia mediante la cual Dios deseaba otorgarle salvación eterna.
9. En tercer lugar, los calvinistas sostienen que un verdadero creyente en Cristo no puede apartarse de la gracia. Los arminianos, en cambio, sostienen que un verdadero creyente puede naufragar en cuanto a la fe y a la buena conciencia (1 Ti. 1.19). Creen que el creyente no sólo puede caer nuevamente en la corrupción, sino que esa caída puede ser definitiva, de modo que se pierda eternamente.
10. Estos dos últimos puntos, la gracia irresistible y la infalibilidad de la perseverancia, son, sin duda, la consecuencia natural del punto anterior, la predestinación incondicional. Si Dios decretó con carácter absoluto, desde la eternidad, que sólo se salvarían determinadas personas, esto significa que tales personas no pueden oponerse a su gracia salvífica (porque de otro modo perderían la salvación), y que así como no pueden oponer resistencia, tampoco pueden apartarse de esa gracia. De modo que, finalmente, las tres preguntas quedan reducidas a una: ¿La predestinación es absoluta o condicional? Los arminianos creen que es condicional; los calvinistas, que es absoluta.
11. ¡Acabemos, entonces, con toda esta ambigüedad! ¡Acabemos con las expresiones que sólo sirven para crear confusión! Que las personas sinceras digan lo que sientan, y que no jueguen con palabras difíciles cuyo significado desconocen. ¿Cómo es posible que alguien que no ha leído una sola página escrita por Arminio sepa cuáles eran sus ideas? Que nadie levante la voz en contra de los arminianos antes de saber lo que esta palabra significa, recién entonces sabrá que los arminianos y los calvinistas están en el mismo nivel. Los arminianos tienen tanto derecho a estar enojados con los calvinistas como los calvinistas con los arminianos. Juan Calvino era un hombre estudioso, piadoso y sensato, al igual que Jacobo Harmens. Muchos calvinistas son personas estudiosas, piadosas y sensatas, igual que muchos arminianos. La única diferencia es que los primeros sostienen la doctrina de la predestinación absoluta, y los últimos, la predestinación condicional.

“¿Cómo es posible que alguien que no ha leído una sola página escrita por Arminio sepa cuáles eran sus ideas?”

12. Una última palabra: ¿No es deber de todo predicador arminiano, primeramente, no utilizar nunca, en público o en privado, la palabra calvinista en términos de reproche, teniendo en cuenta que esto equivaldría a poner apodos o calificativos? Tal práctica no es compatible con el cristianismo ni con el buen criterio o los buenos modales. En segundo lugar, ¿no debería hacer todo cuanto esté a su alcance para impedir que lo hagan quienes lo escuchan, demostrándoles que constituye a la vez un pecado y una tontería? ¿No es, asimismo, deber de todo predicador calvinista, primeramente, no utilizar nunca, en público o en privado, durante la predicación o en sus conversaciones, la palabra arminiano en términos de reproche? Y en segundo lugar, ¿no debería hacer todo cuanto esté a su alcance para impedir que lo hagan quienes lo escuchan, demostrándoles que se trata de un pecado y una tontería al mismo tiempo? En caso de que ya estuvieran habituados a hacerlo, mayor empeño y esfuerzo deberá ponerse para erradicar esta conducta que, quizás, ¡fue alentada por el propio ejemplo del predicador!
Tomado de: Obras de Juan Wesley, Edición auspiciada por Wesley Heritage Foundation, Inc., TOMO VIII, pg. 425.
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La teología del sufrimiento en los “amigos” de Job

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Los amigos de Job son presentados en la Biblia como elocuentes defensores de la postura «tradicional». Según ellos, todo lo que sucede responde a la clara, explícita y matemática providencia divina. Como bien señala R. A. F. MacKenzie:

«Son víctimas de la deformación profesional del teólogo, que llega a olvidarse de que el tema que trae entre manos es un misterio. Han “estudiado” a Dios como un tema que pudiera analizarse, predecirse y entenderse. Pero al forzar los hechos para que encajen en su manera de entender las cosas terminan por hacerse voluntariamente deshonestos».

Se acercan a Job no tanto como amigos, sino como teólogos que pretenden hacer una apología de Dios. Sus discursos pueden saciar al teólogo, pero son un insulto para el afligido y el desafortunado. Consideran que Dios es justo y el causante de todo lo que sucede en el mundo, por ende, nada de lo que sucede es injusto. Detrás de las aparentes injusticias hay una sabia razón divina, aunque nosotros no las entendamos. Detrás de esta teología no hay deseo alguno de reconfortar al afligido, sino únicamente de justificar a Dios y defender su honor. Su concepto de justicia retributiva les llevaba a creer que detrás del sufrimiento humano se encontraba el pecado que daba razón al sufrimiento. Creían que toda acción justa conforme a la ley de Dios daría como resultado consecuencias positivas y favorables, mientras que toda mala conducta resultaría necesariamente en castigo y aflicción. Convirtieron esta creencia en un absoluto, en un dogma sin limitaciones, pues no estaban dispuestos a dejar un margen para la incertidumbre. No podían admitir que su manera de entender las cosas tuviera limitaciones. La postura de ellos, que también se encuentra a lo largo del Antiguo Testamento, no es ajena a la creencia de otras religiones orientales. Guarda algunas similitudes con la doctrina de Karma en las religiones dhármicas.

La teología insensible de estos “amigos”, en aras de defender la justicia divina y que Dios es el causante de todas las cosas con algún sabio propósito, les llevó a dudar de la bondad de Job. —Algo habrá hecho para merecer esto —pensaban ellos. Pero Job no estaba dispuesto a sostener este sistema teológico. Quizá no era perfecto, pero no era peor que los demás. De ahí su interés en los primeros versículos del capítulo primero de demostrar su bondad humana. Si él merecía un castigo, ¿cómo podía Dios justificar que tanta gente malvada no fuera castigada de una forma tan horrible como la de él? Sin duda, algo fallaba en esta teología y, él, no estaba dispuesto a asumirla.

No negamos la validez total de esta teología (de justicia retributiva), pero creemos que es un peligro y una exageración considerarlo un axioma absoluto. Jesucristo mismo corrigió esta idea en Juan 9:1-3. A menudo, la exageración de ciertas verdades conduce al absurdo y desvirtúa la imagen del Creador. Así sucedió con los llamados “amigos” de Job, que tenían una idea de Dios muy similar a la de Satán, cuando dijo: «¿Acaso teme Job a Dios de balde?… Quítale todo lo que tiene y verás cómo blasfema contra ti…» (Job 1: 9-11). Satán establecía una relación de reciprocidad entre las bendiciones de Dios y el comportamiento de Job (pues quitando lo uno desaparecería lo otro); y los amigos de Job hacían lo mismo al establecer una relación de reciprocidad entre los sufrimientos de Job; que provenían –según ellos–, de un Dios justo, y el comportamiento de Job –según ellos malo–, que daba razón a sus sufrimientos.

Sin duda, necesitamos repensar nuestra teología sobre el sufrimiento a la luz de Jesús.

José Daniel Espinosa Contreras.

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EL CRISTIANO, LA MUERTE Y LA ESPERANZA

 

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Esquilo, dramaturgo griego del siglo V a.C., escribió: «Una vez que un hombre muere, no hay esperanza de que resucite». Teócrito, poeta griego del siglo III a. C., escribió: «Mientras hay vida hay esperanza, pero no la hay para los muertos».

De más está decir que Grecia fue la madre de la cultura occidental, por lo que nuestra sociedad actual aún sigue impregnada de tal pensamiento. ¿Ha escuchado alguna vez el refrán: «Mientras hay vida hay esperanza»? Seguro que sí, no es nada nuevo.

Al parecer, esta misma filosofía impregnó los escritos de algunos autores veterotestamentarios, como claramente refleja el libro de Eclesiastés al declarar:

«Pero hay esperanza para todo el que está entre los vivos, pues mejor es perro vivo que león muerto. Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos nada saben, ni tienen más recompensa, porque hasta su memoria es puesta en el olvido. Han perecido con su amor, con su odio y con su envidia, y nunca más tendrán parte alguna en todo lo que se hace debajo del sol» (9:4-6).

Puesto que el Cohelet o Predicador (autor de Eclesiastés) no tenía acceso a la revelación del Nuevo Testamento sobre la retribución de la vida futura, no puede sino lamentarse de que tanto los justos como los impíos tengan el mismo fin y suerte; a saber, la muerte. Pero, si la vida de los justos e impíos acaba inexorablemente con la muerte, ¿no es esto un incentivo para que los malvados sigan en su impiedad entregándose sin temor a los instintos e inclinaciones que les marca su propia naturaleza?

Versículos como este ponen de manifiesto las creencias de Cohelet y de los judíos de su tiempo sobre la muerte y la esperanza. Además, estos textos hacen resaltar las ventajas de nuestra vida terrena, según las creencias que ellos tenían, sobre la muerte. Y es que, por muy mal que nos vaya en esta vida terrena, mientras uno vive tiene la esperanza de alcanzar días mejores; más felices y prósperos.

El refrán popular usado por el Predicador: «mejor es perro vivo que león muerto» (vs. 4) solo adquiere su sentido más amplio cuando se conoce el contexto del mismo. El perro era considerado un animal impuro y despreciable para los orientales (1 Samuel 17:43; 1 Samuel 24:14; 2 Samuel 9:8) y el león el más poderoso (2 Samuel 1:23; 2 Samuel 17:10; Salmos 30:30), símbolo de fuerza y nobleza. Por tanto, la idea que nos transmite el refrán es que es preferible ser el animal más vil estando vivo, que el mejor y más valorado de todos ellos estando muerto.

Para ellos, solo los vivos pueden disfrutar de los bienes y felicidad temporales que Dios les conceda en esta vida, por lo que ésta llega a ser tan querida y apreciada, por más que esté llena de incontables miserias. No así con los muertos, pues incluso el recuerdo que de ellos se tenga desaparecerá (vs. 5). No hay esperanza para ellos y esto constituye para Cohelet una gran desilusión. La muerte no es ningún consuelo.

No es que los escritores del Antiguo Testamentos negaran una esperanza tras la muerte, es que la ignoraban. Este es un buen testimonio que demuestra que la revelación divina se ha ido dando de forma progresiva. Y este es un factor importante a tener en cuenta en nuestra hermenéutica bíblica.

Volviendo al refrán, presumo que tal afirmación supondría que el fin de toda esperanza es la muerte. Quizá, esta sea una de las muchas razones por la que las personas tienen temor a la muerte. Pero, ¿qué sucede entre esta triste y pesimista concepción de la muerte y la ulterior concepción cristiana que llevó a confesar a un converso del judaísmo: «Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Filipenses 1:21)?

Jesucristo y su mensaje han supuesto un cambio radical en nuestro modo de entender la muerte y la esperanza. A lo largo de la historia del cristianismo no han faltado declaraciones de creyentes que han visto la muerte de una forma muy distinta. Por ejemplo, Teresa de Jesús escribió: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…». ¿Cómo pudo decir que «muere porque no muere»? La razón, es que ella había tenido un encuentro con Jesucristo y su mensaje. Ella había adquirido una correcta comprensión de la muerte. Sí, ella no veía la muerte como una penalidad que va a suceder inevitablemente, sino como Alguien que venía a recibirla alegremente; Cristo.

Con Cristo, la muerte no es el fin de la esperanza, sino el cumplimiento de ella. Cristo es la razón de nuestra esperanza y quién da sentido a la muerte.

Oh hermano, como bien expresó Norman Macleod:

«Nos imaginamos a la muerte como algo que viene a destruir; imaginémonos, más bien, a Cristo que viene a salvar. Pensamos en la muerte como en un final: pensemos mejor en una vida que comienza más abundantemente. Pensamos que vamos a perder algo; pensemos que vamos a ganar mucho. Pensamos en una partida; pensemos en un encuentro. Pensamos que vamos a marchar; pensemos en que vamos a llegar. Y cuando la voz de la muerte nos susurre al oído: “Tienes que dejar la tierra”, oigamos la voz de Cristo que nos dice: “¡Estás llegando hacia Mí!”».

Gracias Cristo. Tú eres nuestra esperanza.

Escrito por José Daniel Espinosa Contreras.
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