Bienaventurados los pobres en espíritu (Entendiendo las bienaventuranzas)

 

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  • INTRODUCCIÓN

Martyn Lloyd Jones afirmaba que la característica más obvia de la vida de la Iglesia cristiana de hoy es, por desgracia, la superficialidad.

Hoy es más difícil que nunca distinguir entre un incrédulo y un cristiano. Especialmente si este tiene cierta educación y moralidad. El mundo ha entrado sutilmente en la iglesia y esta se ha vuelto muy mundana. La línea divisoria no es tan clara como antes.

Aquellos que han estudiado la Historia de la Iglesia sabrán que el cristianismo ha experimentado las mayores bendiciones y avivamientos en las épocas en que los cristianos más se diferenciaban del mundo. Y, ¿qué es lo que diferencia a un cristiano de un incrédulo?

Debemos saberlo porque el mundo lo que necesita son verdaderos cristianos que comiencen a vivir la verdadera vida cristiana. Las Bienaventuranzas muestran la diferencia esencial entre un cristiano y un inconverso. Son una descripción del carácter cristiano. Estas son una radiografía que saca a la luz la esencia que todo cristiano genuino debe poseer.

Las Bienaventuranzas no nos enseñan los que los hombres deben tener para ser salvos, sino lo que los hombres salvos deben tener.

  • TEXTO: Mateo 5:1-12.
  1. TRES CLAVES PARA ENTENDER LAS BIENAVENTURANZAS
  • Son una descripción de lo que ha de ser todo cristiano, y no lo que son algunos cristianos excepcionales.

La ICAR introdujo la idea de que hay dos grupos de cristianos: los religiosos (el clero) y los laicos (los feligreses); es decir, los que hacen de la vida cristiana su vocación y los que se dedican a los asuntos del mundo. Esta idea es totalmente antibíblica. En las Sagradas Escrituras no encontramos semejante distinción. La Biblia distingue entre oficios (apóstoles, profetas, evangelistas), pero las Bienaventuranzas no describen oficios sino el carácter distintivo del cristiano.

  • Todos los cristianos deben manifestar todas estas características.

Es un error pensar que solo algunos deben ser «pobres en espíritu», otros han de «llorar» y otros ser «mansos». Todos los cristianos hemos de tenerlas todas al mismo tiempo.

Esto no quita que unas sean más palpables que algunos que otras. Esto se debe a nuestro pecado e imperfección, pero se manifestarán plenamente conforme vayamos avanzando hacia la perfección.

  • Ninguna de estas descripciones son una tendencia natural. Sólo pueden ser producidas por la acción del Espíritu Santo en nosotros.

Existen cualidades humanas que se asemejan a estas descripciones y pueden confundirnos. Todos por naturaleza pueden llorar, pero no es a esto a lo que Jesús se refería cuando dijo: “Bienaventurados los que lloran”. Podemos conocer a alguien que no va a la iglesia, no lee la Biblia ni ora, no quiere saber nada del cristianismo, pero se muestra una persona educada, pacífica, mansa y que intenta actuar lo mejor que puede. No es esto lo que Jesús está describiendo al decir: “Bienaventurados los mansos”.

Lo que Jesús quiere enseñarnos es lo que el verdadero evangelio, por la gracia de Dios produce en nuestras vidas. Y Dios, puede coger al hombre que por tendencia natural es el más orgulloso del universo, y hacerlo «pobre en espíritu». Por tanto, las descripciones de las Bienaventuranzas son el resultado de la gracia y la obra del Espíritu Santo en nosotros. Por ello son la esencia distintiva entre el cristiano y el no cristiano.

2. IMPORTANCIA DE LAS BIENAVENTURANZAS

5:1 «Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos». Notemos el contraste entre los términos «multitud» y «discípulos». En primer lugar, parecen seguirle grandes multitudes provenientes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea, etc. (4:25). No obstante, viendo Jesús estas multitudes, subió al monte.

Pudo haber dos razones para subir al monte. Una, para ser mejor escuchado. Dos, para evadir a aquellas multitudes que le seguían con motivaciones egoístas o erróneas y que no estaban preparadas para entender, apreciar y recibir tan importantes enseñanzas. Pero el texto dice que: «vinieron a él sus discípulos». Sus discípulos era un grupo amplio, pero mucho más reducido que las multitudes. Que Jesús pretenda hacer esta enseñanza más personal y limitada muestra su importancia.

Por otro lado, dice que «subió al monte». La mayoría de eruditos, así como los Reformadores, veían en esta subida de Jesús al Monte un paralelismo con la subida de Moisés al Monte Sinaí. Así como Moisés subió al Monte para recibir por medio de la ley la ética divina, Jesús sube para impartir una nueva ley, superior a la ley anterior.

Y como ley, tiene dos propósitos divinos: 1) demostrar al incrédulo su incompleta capacidad para cumplirla llevándole de este modo a Cristo para ser justificado y 2) muestra al cristiano que ya ha sido justificado por Cristo cómo vivir de un modo que agrade a Dios. En este sentido, los Reformadores solían decir que la ley nos lleva a Cristo para justificarnos y que Cristo nos manda de vuelta a la ley (de Cristo) para santificarnos.

En tercer lugar dice que se «sienta». Los rabinos judíos solían enseñar de pie o andando, pero la enseñanza oficial la daban cuando se sentaban. De hecho, nosotros aún hablamos de la cátedra de los profesores o que un papa habla ex cáthedra cuando va a decir algo desde su posición de autoridad. «Ex cathedra» significa «desde la silla». Esto señala que la enseñanza que iba a impartir era central, oficial y con toda autoridad.

En cuarto lugar dice: «abriendo la boca, les enseñaba, diciendo». La pregunta es, ¿se puede enseñar sin abrir la boca? La respuesta es que Él frecuentemente enseñaba, y enseñaba mucho, sin decir una sola palabra. Su vida entera era una enseñanza, y Sus milagros y Sus obras de amor daban grandes lecciones.

Además, la expresión «abriendo la boca» es un modismo, o fórmula idiomática que indica que lo que se va a decir a continuación es de vital importancia.

  • ¿QUÉ ES SER POBRES EN ESPÍRITU?

Debemos entender que esta bienaventuranza no está al principio por casualidad, sino porque es la clave de todo lo que sigue. Jesús no predicó un sermón al arbitrio, sino que estableció un orden bien definido, con una secuencia espiritual lógica.

Podemos comparar las Bienaventuranzas con una escalera. El primer peldaño te permite alcanzar el segundo. El segundo peldaño te lleva al tercero. Pero no puedes estar en el segundo sin pasar por el primero. Debemos tener claro que cada una de las bienaventuranzas implica y exige las anteriores.

«Bienaventurados los que lloran» surge de «Bienaventurados los pobres en espíritu». ¿Por qué lloran? Lloran porque son «pobres en espíritu». Esto sucede con el resto de bienaventuranzas. Pues bien, el primer peldaño, el fundamento de todo lo demás, es ser «pobres en espíritu». Sin ella no hay acceso al reino de los cielos.

¿En qué consiste el primer escalón? ¿Qué es ser pobres en espíritu? La palabra «pobre» en griego comunica la idea de mendigo, pordiosero y desamparado. Denota una pobreza absoluta. La distinción que hace al decir «pobres en espíritu», manifiesta que no está hablando de una pobreza material, sino espiritual.

Jesús está llamando bienaventurados a aquellos que reconocen su banca rota espiritual, que reconocen que en sí mismos no hay nada bueno delante de Dios; que reconocen su miseria y lo arruinados que están sin Dios; lo trágico de su pecado y la dependía absoluta que tienen de la gracia de Dios.

Esta primera bienaventuranza no puede ser más contraria a la tendencia natural del mundo. El mundo insiste en lo importante de confiar y depender de uno mismo. Si queremos prosperar en la vida hay que creer en nosotros. Esta idea domina el mundo.

¿Cuál es la clave para vender según las ideas modernas? Dar la impresión de confianza y seguridad propia, de ser una persona de éxito, dando a entender que eres una persona de más éxito de lo que en realidad eres, y que las personas digan: “quiero ser como él”.

Ser «pobres en espíritu» es el vaciamiento total de nuestro orgullo. Trata de vaciarnos por completo, para luego llenarnos con el resto de bienaventuranzas. No puede ser lleno lo que primero no se ha vaciado. El Evangelio siempre tiene estos dos aspectos; derribar y luego levantar.

Lc. 2:34 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel.

La caída siempre es antes que el levantamiento. Antes de la conversión, está la convicción. El Evangelio primero te condena y después te salva. Pues ser «pobre en espíritu» consiste en entender tu caída, tu vaciamiento.

Imaginaos el reino de los cielos en lo alto de una montaña. Sabes que hay que escalar y ascender. Pero lo primero que tienes que tener en cuenta es que no puedes conseguirlo. Eres completamente incapaz. Cualquier intento de subir por tus propias fuerzas es la prueba de que no has entendido nada. Esto es ser «pobre en espíritu».

Es la clave de todo ministerio cristiano. Porque entender que eres pobre en espíritu te hace depender de Dios. Cada vez que predico he de recordarme que soy pobre en espíritu. Que no tengo nada que ofrecer excepto lo que Dios me da.

1Co. 2:3-5 Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Él no subió al púlpito con gran confianza y seguridad en sí mismo, sino confiando y descansando plenamente en el poder de Dios.

Reflexionemos en la siguiente ilustración:

Lc. 18:9-14 A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

El texto dice que el fariseo oraba consigo mismo. Dios ni le escuchaba. Dios no pierde el tiempo con personas arrogantes. Además, ni si quiera oraba. Estaba informando a Dios de lo bueno que era, presentando sus credenciales. La ley judía solo prescribía un ayuno obligatorio al año (Yom Kippur), pero los que querían ganar méritos lo hacía dos veces a la semana. Además, diezmaba más de lo que la ley prescribía. ¡Él creía ser alguien importante! ¡Un fenómeno espiritual!

El publicano ni si quiera se atrevía a levantar su cabeza. Estaba totalmente quebrantado por su pobreza espiritual, condición pecadora, naturaleza caída, su corazón depravado.

La RV60 se salta un detalle interesante al decir: «Dios, sé propicio a mí, pecador». El griego añada el artículo «el» delante de «pecador», por lo que una traducción literal diría: «Dios, sé propicio a mí, el pecador». Algunos traductores parecen no darle mucha importancia al artículo. Yo sí creo que la tiene. Lo que el publicano está haciendo es reconocerse como el pecador por antonomasia. El mayor de los pecadores.

Esta es la actitud de todos aquellos que tienen un verdadero encuentro con Dios.

Isaías exclamó: «¡Ay de mí! que soy muerto; porque soy hombre inmundo de labios».

Pedro dijo: «Apártate de mí Señor, porque soy hombre pecador».

Además, ¿con quién se comparaba el fariseo? Con el publicano. Todo depende de con qué nos comparamos. Cuando ponemos nuestra vida al lado de la de Jesús y la santidad de Dios, solo podemos decir: «Dios, ten misericordia de mí, pues soy pecador».

¿Sabéis cuál es el motivo de toda división, enfrentamiento, rencor entre hermanos? El motivo es que no somos lo suficientemente pobres en espíritu.

Spurgeon: «Si un hombre habla mal de ti, no te enojes con él, porque tú eres mucho peor de lo que él dice que eres».

Cuando alguien te enfrenta con tu pecado, tu debilidad, solemos decir: «¡Y tú!», cuando debiéramos decir: «¿Y Cristo?». Entonces, todas nuestras caretas se caerían.

Nuestro mayor ejemplo no es otro que Jesús. El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a la que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, se hizo hombre, asumiendo la semejanza de carne de pecado. ¿Y cómo vivió él su vida?

Juan 5:19 «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo».

Juan 14:10 «Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras».

Esto es ser «pobre en espíritu». Es la ausencia total de orgullo y seguridad en uno mismo. Y nuestro único socorro es acudir a la gracia y misericordia de Dios.

Aplicación: ¿Somos pobres en espíritu? ¿Cuándo estoy en oración delante de Dios, que pienso de mí mismo? Cuando acudo cada domingo a la iglesia, ¿qué pienso de mí mismo? ¿Me estimo superior a los demás hermanos? Si nuestro corazón guarda rencor o enemistad contra alguien, es porque aún no es lo suficientemente pobre en espíritu. Y por tanto, tampoco puede ser «bienaventurado», feliz.

3. ¿CÓMO PUEDO LLEGAR A SER POBRE EN ESPÍRITU?

No trates de hacer las cosas por ti mismo. Este fue el error del monasticismo. Esos hombres, en su deseo de hacerlo todo por sí mismos se apartaban del mundo, trataban de sacrificar la carne, someterse a todas las penalidades, mutilaban sus cuerpos. Pero cuanto más hacían esto por sí mismos, tanto menos pobres en espíritu llegaban a ser.

Si vienes trayendo tus buenas obras, Él declara que «No hay justo, ni aun uno. No hay quien haga lo bueno, no hay ni si quiera uno»; los piadosos pueden ofrecer sus ceremonias y cultos, pero Él dirá como escribió el profeta Jeremías: «Vuestros holocaustos no son aceptables, ni vuestros sacrificios me agradan»; los sabios pueden presentar sus invenciones teológicas, mas Él considera que su sabiduría es insensatez.

La puerta estrecha no es lo suficientemente ancha para permitir la entrada del que es grande en su propia opinión; es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un hombre engreído por sus propias riquezas espirituales entre en el reino de Dios.

Pero cuando los pobres en espíritu vienen a Él reconociendo su completa desgracia y deficiencias, los acepta de inmediato; sí, Él inclina los cielos para bendecirles.

Sal. 51:17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.

Aplicación: El único camino para llegar a ser pobres en espíritu es poner nuestra mirada en Dios. Compararnos con Jesucristo y no con ningún otro hombre. Deleitarnos en su ley, meditar en sus dichos. Entonces, iremos entendiendo poco a poco porqué los apóstoles reaccionaban así cuando al ver algo que Jesús acaba de hacer, decían: «Señor, aumenta nuestra fe». Sentían que su fe no era nada. Se sentían pobres y débiles. «Creíamos tener un poco de fe porque anteriormente habíamos expulsado demonios, habíamos predicado tu palabra, pero ahora sentimos que nada tenemos. ¡Señor, aumenta nuestra fe!».

Apo 3:17 Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.

Apo 3:18 Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.

Apo 3:19 Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.

Aplicación: Que Dios abra nuestros ojos y nos de entendimiento de nuestra bancarrota espiritual cuando no dependemos él. Que esa convicción nos haga más humildes, sencillos y dependientes de él. De lo contrario, nosotros no seremos aquellos bienaventurados de los cuales es el reino de los cielos, sino los más dignos de conmiseración y lástima.

Pero para aquellos a los que el Espíritu Santo les haya confrontado, no quiero terminar este mensaje tan alegra de una forma tan triste. Aún hay esperanza.

  • CONCLUSIÓN Y LLAMADO

Para que una escalera pueda ser útil, debe tener su primer escalón cerca del suelo, pues de lo contrario los escaladores débiles no serían capaces de subir nunca por ella. Habría sido un desaliento frustrante para los que tienen una fe tambaleante o débil que la primera bienaventuranza hubiera sido dada a los de limpio corazón; por nosotros mismos jamás hubiéramos podido llegar a esa excelencia; en cambio, sí podemos alcanzar la pobreza de espíritu.

Si Jesús hubiese dicho: «Bienaventurados los ricos en gracia», habría dicho una gran verdad, pero muy pocas personas habrían podido extraer algún consuelo de ello.

Debemos estar agradecidos de que esta bienaventuranza descienda al nivel exacto donde nos deposita la ley después que ha hecho por nosotros lo mejor que ha podido dentro de su poder y designio. Lo máximo que la ley puede hacer por nuestra humanidad caída es mostrarnos nuestra pobreza espiritual y convencernos de ella.

Esto es intencional, para que la gracia sea más manifiesta, poniendo su mirada primero, no en la pureza, sino en la pobreza; no sobre los que muestran misericordia, sino sobre los que necesitan misericordia; no en aquellos que son llamados hijos de Dios, sino en aquellos que claman: «no somos dignos de ser llamados Tus hijos». Es para aquellos que reconocen estar vacíos y desean ser llenados por Dios.

 

Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa.

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Acerca de José Daniel Espinosa Contreras

Graduado en Teología en la Facultad de Teología AD de Córdoba (España). Tesis de grado: «Dimensión Trinitaria del Culto Cristiano: Legitimidad de la formulación trinitaria como objeto de culto», calificada con: Matrícula de Honor. Masterando en Teología Dogmática en el CEIBI (Santa Cruz de Tenerife, España). Docente de la asignatura: «Fenomenología e Historia de las Religiones» en el Centro de Investigaciones Bíblicas de Santa Cruz de Tenerife. Sirve al Señor en España.
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