¿Qué habré hecho para merecer esto?

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Ayer veía con mi esposa una hermosa película llamada “Los milagros del cielo” («Miracles for Heaven»). En una de sus escenas volví a ver la tan repetitiva y, desgraciadamente, no siempre ficticia escena de un grupo de creyentes que insinúan a otra persona de la iglesia donde se congregan que la enfermedad de su hija puede deberse a algún pecado. Así, sin ningún tipo de sensibilidad ni rastro de conmiseración alguna, hunden aún más en el sufrimiento a esta familia que experimenta sin descanso los duros varapalos de esta vida. Ahora, no solo deben afrontar el sufrimiento y el profundo dolor de una preciosa hija que muere poco a poco mientras la enfermedad avanza sin piedad y sin posibles soluciones médicas, la presión de una economía que continúa en pique y que dificulta el sostenimiento de la familia, el temor a que la situación laboral les lleve a la ruina, etcétera; sino, también, el terrible y pesado sentimiento de culpabilidad que estos creyentes habían echado sobre los hombros de esta familia. Y es que ante el sufrimiento es muy humano preguntarse: «¿Qué habré hecho para merecer esto?». Esa fue la reacción de la viuda ante Elías cuando su hijo murió (1 Reyes 17:18); también la de los amigos de Job al ver sus horribles sufrimientos (Job 8:4; 11:16), o la de los discípulos de Jesús ante el ciego de nacimiento (Juan 9:1-3). Pero debemos recordar que el libro de Job rechaza la manera de pensar de los amigos de Job, que Jesús rechazó la lógica de sus discípulos y que la viuda de Sarepta estaba equivocada. Aunque es cierto que la enfermedad puede deberse en ocasiones al pecado, la Biblia no presume que haya una conexión inevitable de causa y efecto entre pecado y enfermedad; ¡ni si quiera entre rectitud y bendición!

Las Sagradas Escrituras dejan lugar para el sufrimiento que no se merece y que, al menos desde el punto de vista humano, no tiene ninguna explicación. Ya lo dijo Jesús: «En el mundo tendréis aflicción» y él mismo debió soportarla. ¿Acaso por su pecado? Claro que no. Por eso, él entiende nuestros sufrimientos, se conmueve por ellos, llora con nosotros. A diferencia del panteón griego, donde solo hay dioses fríos y distantes, nosotros (cristianos), tenemos un Dios que comparte el dolor con la humanidad herida. Un Dios que, de verdad, puede compadecerse de nosotros, nos entiende y, por experiencia sabemos, nos ayuda a enfrentarlos. Ese es el Dios que nos ha sido revelado en Cristo. Como bien señaló Moltmann: «Un Dios que no puede sufrir es más desgraciado que cualquier hombre. Pues un Dios incapaz de sufrimiento es un ser indolente. No le afecta sufrimiento ni injusticia. Carente de afectos nada le puede afectar, nada conmoverlo. No puede llorar, pues no tiene lágrimas. Pero que no puede sufrir, tampoco puede amar. O sea que es un ser egoísta». A mi juicio, sólo un Dios sufriente es un Dios «cercano», que puede compartir nuestro sufrimiento, tal y como se nos revela en el Jesús crucificado. Cuando escucho esas frases asépticas de creyentes inmaduros, lanzadas cuales piedras de condenación, solo me consuela pensar en Cristo, en su amor, su compasión, su identificación con nosotros.

¿Reduce esta idea de Dios su soberanía u omnipotencia? ¡Claro que no! Su sufrimiento no se debe a la falta de Omnipotencia sino, todo lo contrario, el corolario de ella; pues ha elegido sufrir voluntariamente. Y por si fuera poco, nos da esperanza, pues ha demostrado ser un Dios con potestad para salvarnos de nuestra sufriente condición, tal y como se nos revela en el Jesús resucitado.

Que el Señor nos ayude a ser más como Cristo; prudentes, compasivos, humildes, misericordiosos…

Con sincero afecto en Cristo:
José Daniel Espinosa Contreras.

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Acerca de José Daniel Espinosa Contreras

Graduado en Teología en la Facultad de Teología AD de Córdoba (España). Tesis de grado: «Dimensión Trinitaria del Culto Cristiano: Legitimidad de la formulación trinitaria como objeto de culto», calificada con: Matrícula de Honor. Masterando en Teología Dogmática en el CEIBI (Santa Cruz de Tenerife, España). Docente de la asignatura: «Fenomenología e Historia de las Religiones» en el Centro de Investigaciones Bíblicas de Santa Cruz de Tenerife. Sirve al Señor en España.
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5 respuestas a ¿Qué habré hecho para merecer esto?

  1. superjonas dijo:

    Hola José Daniel! Siempre es un placer y un gusto leerte.
    Te comento que, luego de haber visto la peli, precisamente eso fue lo que desató algunos comentarios entre mi esposa y yo.
    Fue tan evidente esa escena y lo tan realista que logra convertirse que nos dio tanta tristeza.
    Le decía al Señor “Padre, cómo es posible que el mismo cuerpo nos haga sentir tan mal…”
    Dar por hecho y decir que un hermano en Cristo está sufriendo alguna enfermedad a causa del pecado es muy probablemente uno de los juicios más temerarios que el mismo cuerpo está endosando a sus propios miembros. Eso ha traído gran multitud de pesar y sentimiento de culpa que se hace muy difícil de sobrellevar.
    Agradecido siempre al Señor por tus aportes.
    Recibe un fuerte abrazo.
    Jonathan
    Caracas, Venezuela.

  2. Hola hermano, gracias por tu comentario. Sí, como dices, en ocasiones somos el mismo cuerpo el que provoca más sufrimiento en el miembro que se duele. Y es una ideología que está metida en las iglesias más de lo que parece. Por eso es importante tocar estos punto en la enseñanza. Un fuerte abrazo y saludos desde una isla de España, Tenerife.

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