¿Es importante el estudio de las diversas religiones?

simbologia religiosa

INTRODUCCIÓN

Trataremos de dilucidar en este breve ensayo el porqué de la importancia de conocer las diversas religiones existentes en el mundo. En un mundo cada vez más globalizado, la pluralidad religiosa se hace poco a poco más evidente en cada rincón de la Tierra. Por otro lado, las creencias condicionan nuestra identidad como individuos y nuestro comportamiento. Difícilmente entenderemos nuestro entorno o seremos efectivos en nuestra sociedad si desconocemos las creencias de nuestro prójimo.

La historia ha demostrado que, desgraciadamente, las diferencias religiosas han sido motivo de grandes discordias y desvergonzadas actuaciones con trágicas consecuencias. La intolerancia ante los diversos sistemas de creencias que a priori desconocemos suele ser un factor característico aún en nuestro siglo. Sólo el diálogo interreligioso –lo que supone, al menos, un previo conocimiento del fenómeno religioso y de su diversidad– puede crear puentes hacia la tolerancia, el respeto y la paz. Esto, dicho sea de paso, no supone un riesgo para nuestras tan personales creencias –como algunos creen–, sino un enriquecimiento espiritual o, al menos, intelectual.

La temática cobra aún más importancia cuando en pleno siglo XXI, a diferencia de lo que muchos auguraban, el fenómeno religioso se mantiene en nuestras sociedades y aquello que algunos denominaban «el mito de lo sagrado» se sigue extendiendo.

  1. IMPORTANCIA DEL ESTUDIO DE LAS RELIGIONES

Las estadísticas muestran que las religiones dominan el mundo. El inexorable paso del tiempo nos ha demostrado que no hay razones para que esto cambie. El fenómeno religioso o sentimiento de lo divino es tan antiguo como la historia de la humanidad. Allá donde retrocedamos en el tiempo siempre encontraremos caracteres religiosos. Podemos concluir sin miedo a equivocarnos que la religión ocupa un ámbito esencial en el ser humano. Por tanto, es menester reconocer que la religión está indisolublemente unida a la sociedad, por lo que para conocer y entender a los individuos que conforman una sociedad hay, al menos, que interesare por sus respectivas creencias.

En un mundo cada vez más globalizado, la pluralidad de religiones se convierte en algo habitual, aunque en algunos contextos esta diversidad aún no sea del todo visible. Por ejemplo, la España que hasta hace algo más de cuarenta años mostraba una actitud plenamente intolerante hacia la pluralidad religiosa –acompañada en no pocas ocasiones por un mayor o menor grado de violencia– solo fue muestra de una sociedad intransigente e inflexible, que se caracterizó por la falta de respeto a la libertad individual de las personas, así como por una descarada imposición religiosa. Tanto es así que llegaron a formularse una serie de leyes totalmente incoherentes con la realidad, como la del dos de Febrero de 1939 que deroga la de Confesiones y Congregaciones Religiosas del día dos de 1939:

Entre todas las disposiciones de carácter laico promulgadas por la República, ninguna tal vez tan violenta, como la de Confesiones y Congregaciones Religiosas de dos de junio de mil novecientos treinta y tres, dictada en ejecución de los artículos veintiséis y veintisiete de la Constitución de nueve de diciembre de mil novecientos treinta y uno.

Ante todo, partía aquella Ley de una base absolutamente falsa: la coexistencia en España de pluralidad de confesiones religiosas, cuando es notorio que en nuestra Patria no hay más que una, que los siglos marcaron con singular relieve, que es la Religión Católica, inspiradora de su genio y tradición.[1]

Mucho han cambiado las cosas desde entonces. Aunque la mayoría de la población española aún se reconoce como católica, ya es innegable la coexistencia de diversas fes como la musulmana, evangélica, cristiana ortodoxa, judía, la de los Testigos de Jehová, mormones, budistas, hinduistas, etcétera.[2] De hecho, existen leyes en pro de la libertad religiosa y de la cooperación del Estado con la multiplicidad de creencias, aunque aún haya que reconocer que existen ciertos privilegios con la Iglesia Católica Apostólica Romana. Esta globalización religiosa debiera ser motivo suficiente para tener una actitud más aperturista y humilde con nuestro prójimo.

Los individuos suelen estar convencidos de que sus fes son las correctas, creando así un sentimiento –más o menos explícito– de superioridad sobre los que opinan distinto. La «salvación» u obtención de una vida mejor es asegurada cuando los seguidores de una religión particular se adhieren con firmeza a los dogmas o prácticas que sus respectivas religiones aseguran es «la verdad». Esta actitud frente a los otros es propensa al distanciamiento y marginalización de las personas que conforman una sociedad, llegando, en el peor de los casos, a la violencia. De hecho, las disputas religiosas suelen ser más crueles e intensas que las de tipo económico, pues como señala el profesor de ética social Roger Shinn: «Cuando la gente pelea por territorio o por ventajas económicas, lo hace hasta cuando ya no vale la pena costear la lucha, entonces se transige. Cuando la causa es religiosa, el transigir y la reconciliación se ven como una apostasía o un abandono de la propia fe, de allí que es más peligroso pelear por motivos económicos».[3] Con razón se ha dicho que: «Hay amplios sectores de la sociedad que están convencidos que una de las principales barreras que impiden la paz es la religión, siendo las principales culpables las religiones mayoritarias con su pretendida superioridad».[4] En este sentido, el conocimiento de tradiciones diferentes a las nuestras puede darnos importantes aportaciones e incluso marcar los límites de nuestro propio contexto religioso, así como ayudarnos a respetar y apreciar la diversidad –no suponiendo ello una renuncia a nuestra fe–, propiciando un diálogo pacífico para la humanidad.

No seré yo quien niegue la superioridad de unas religiones respecto a otras, pues un estudio comparativo pone de manifiesto que no todas ellas enseñan lo mismo y que las éticas que presentan pueden ser de lo más antagónicas. Pero, ¿cómo sabremos que una religión es superior a otra cuando ni si quiera estamos interesados en conocer las creencia que hay más allá nuestra limitada mente, familia o región? Para contestar a esta pregunta siempre podremos recurrir a la subjetividad de nuestras particulares experiencias, pero estas experiencias nunca serán un aval que garantice que nos encontramos en una religión superior a las demás, pues no podremos negar similares experiencias en aquellos que profesan una religión diferente a la nuestra y que poco o nada conocemos.

Además, hay que admitir que el contexto en el que nacemos y crecemos como individuos juega un papel no determinante, pero sí fundamental, en lo que posteriormente serán nuestras creencias. Es obvio que si nacemos en la India, dentro de una determinada familia hinduista, esto condicionará nuestra creencia. Si nacemos en un país católico, donde hasta hace poco se negaba la existencia de cualquier tipo de pluralidad religiosa y, por ende, sólo conocemos la religión católica romana, lo más lógico es que tendamos hacia esa única fe que conocemos. Lo mismo sucedería si nacemos en un país islámico, budista, etcétera. En parte, tiene sentido la afirmación del historiador Arnold Toynbee, quien considera que el que una persona se adhiera a una religión particular suele responder al «accidente geográfico de dónde haya nacido».[5]

Ahora bien, ¿es lógico suponer que la religión que nos ha sido impuesta (o enseñada) desde niños es necesariamente la correcta o verdadera? Quizá, algunos acallen sus conciencias evitando responder a esta pregunta o yendo por el fácil camino de las experiencias subjetivas. Sin embargo, para muchos otros la fe es un pilar fundamental, por lo que es importante tener buenas razones para estar convencidos de que lo que creen es la verdad. En este sentido, el estudio de las religiones se hace de vital importancia, pues solo así tendremos conocimiento de causa y, al menos, una fe más independiente y razonable que, a fin de cuentas, es una fe más sólida y segura. Como reconoce el historiador norteamericano Groffrey Parrinder: «El estudiar diferentes religiones no necesariamente implica que uno sea infiel a su propia fe; esta, más bien, puede ampliarse cuando se ve como otros han buscado la realidad y han sido enriquecidos por su búsqueda».[6] Sin embargo, esta disposición e interés por las diversas religiones resulta bastante incómodo para aquellos que se han acostumbrado a la comodidad de una fe heredada, que sirve para paliar el miedo a lo que ignoran. A lo que habría que preguntarse: ¿hasta qué punto una fe que no es sometida a examen puede ser una fe correcta o superior a otras? Se caería en un insoslayable fideísmo –que fundamenta la fe en la fe misma–. Estamos convencidos que el estudio de las religiones podría ayudarnos, en mayor o menor medida, a adquirir una fe más firme y razonable.

Podríamos decir que el estudio de las religiones es importante incluso para los irreligiosos o ateos; no solo por los motivos mencionados previamente, sino también porque todo individuo tiene una ética o normas de conducta que deben ser enjuiciadas y valoradas. Empero, una posición ética solo puede ser juzgada a la luz de otra posición ética que, en definitiva, es otra «postura religiosa». En este sentido, el historiador C. John Sommerville ha afirmado que: «Una religión puede ser juzgada solo desde la perspectiva de otra religión».[7] Por ende, el estudio de las religiones y el diálogo entre ellas son imprescindibles para señalar las importantes diferencias que hay recíprocamente –y así sopesar la superioridad de unas sobre otras– y, quizá, las destacadas similitudes que puedan ser señal de una ética universal por la que luchar y trabajar conjuntamente.

Para aquellos que se adhieren a una religión específica, el estudio de las religiones puede hacerles ver como estas, o en particular la propia, han experimentado una serie de cambios y desarrollos con el irremediable paso del tiempo. Este conocimiento puede cooperar a formar personas menos fundamentalistas que, a pesar de estar plenamente convencidos por su fe, recuerden que «la Verdad» siempre es mayor que la persona que la capta y, esto, haga una humanidad más humana; tolerante, respetuosa y pacífica.

 CONCLUSIÓN

Como hemos visto, el estudio de las religiones es importante porque nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y al entorno en el que habitamos. Contribuirá a un acercamiento más eficaz a nuestro prójimo, así como a crear un ambiente más humano; donde la marginación, la violencia y la opresión brillen por su ausencia. Nos permitirá corregir los trágicos errores del pasado y afirmarnos en una fe mucho más sólida y segura.

Como cristiano, vienen a mi mente las palabras del teólogo y apóstol Pablo cuando dijo: «¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Porque, ¿quién entendió la mente del Señor?» (Romanos 11:33-34). Si esto lo dijo el apóstol Pablo, ¿qué podemos decir nosotros?

Estamos convencidos de que, como evangélicos, demasiadas veces condenamos lo que no entendemos y hablamos de lo que no sabemos. Nos parece una actitud funesta que una persona, debido al sistema de creencias que le ha sido inculcado en su comunidad, se auto-convenza de poseer el monopolio de «la Verdad» y la correcta interpretación de las Escrituras, desprestigiando a todos aquellos que opinan diferente. Pero lo cierto es que tras dilucidar, en parte, la Verdad de Dios, no queda otra posibilidad que tornar nuestra actitud en una humilde y tolerante. La tolerancia por la que abogamos no se trata de tener «manga ancha» con todo lo que se escuche; sino de entender que «la Verdad» tiene una magnitud mayor a la de nuestras «cabezas» (mentes). Y es que ya estamos cansados de ver cómo personas que proclaman tener la «Verdad absoluta» y la ética más suprema, se caracterizan por la arrogancia de sus afirmaciones y la ignorancia de otras confesiones. Sin duda, el estudio de las religiones nos facilitará un camino mejor para la sociedad.

Con sincero afecto:

José Daniel Espinosa.

 

[1] DÍEZ DE VELASCO, FRANCISCO. Religiones en España: historia y presente. Madrid: Ediciones Akal, 2012, p. 7.

[2] DÍEZ DE VELASCO, FRANCISCO. Religiones en España: historia y presente. Madrid: Ediciones Akal, 2012, p. 22.

[3] GÓMEZ A., JOSÉ ARLÉS. Las grandes religiones hoy: núcleo problémico: ¿cuáles son los aportes de las grandes religiones a la problemática del hombre contemporáneo? Bogotá́, D.C., Colombia: Universidad Santo Tomás, Departamento de Comunicaciones, Editorial y Publicaciones, 2006, p. 59.

[4] KELLER, TIMOTHY. La razón de Dios: creer en una época de escepticismo. Barcelona: Publicaciones Andamio, 2014, p. 35.

[5] El hombre en busca de Dios. New York: Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania, 1990, p. 8.

[6] SALAM NAAMAN, RAAD. En el nombre de Dios de las tres religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam). San Vicente, Alicante: Editorial Club Universitario, 2012, p. 22.

[7] SOMMERVILLE, C. JOHN. The Decline of the Secular University. Oxford: Oxford University Press, 2006, p. 63.

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Acerca de José Daniel Espinosa Contreras

Graduado en Teología en la Facultad de Teología AD de Córdoba (España). Tesis de grado: «Dimensión Trinitaria del Culto Cristiano: Legitimidad de la formulación trinitaria como objeto de culto», calificada con: Matrícula de Honor. Masterando en Teología Dogmática en el CEIBI (Santa Cruz de Tenerife, España). Docente de la asignatura: «Fenomenología e Historia de las Religiones» en el Centro de Investigaciones Bíblicas de Santa Cruz de Tenerife. Sirve al Señor en España.
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